Los blogs nacen, se reproducen en otros (de alguna manera, los enlaces, citas, son como aquello de “vivirás mientras no te olvidemos) y mueren. En muchas ocasiones son los propios blogueros los que van dejando que el ocaso inunde las venas de las nuevas entradas y comentarios.
El mío no se muere, al menos no de momento, pero no progresa, tras más de un año y medio. Aunque cada día paso más tiempo consumiendo más información (y más interesante) en internet, noto que a este invento le falta algo, que padece los primeros síntomas del agotamiento. Es por eso que llevo unos días sin escribir y unos meses pensando en qué golpe de timón he de dar para que me siga pareciendo interesante escribirlo. Me da la sensación de que escribo mucho de lo mismo, que no es nada original y distinto. Para colmo añado mis sermones. Como creo que la originalidad es algo que debiera exigirme yo mismo, trataré de pensar nuevos temas, nuevos enfoques o nuevas maneras de contar historias.
No sé si lo conseguiré, porque no tengo muy claro lo que estoy buscando. En todo caso, cuando recupere la ilusión por escribir cada día en este espacio que ya llega a muchas personas, volveré a amenazaros con zumbidos de animales más propios del verano. Será que es invierno y hace frío.
Entre tanto, me meto en el laboratorio. Y no solo por dentro, sino también por fuera. Si la fórmula funciona, quiero que el frasco sea bonito. Por eso estoy buscando nueva plantilla para Wordpress, nuevos plugins y posibilidades técnicas y a alguien que me ayude a crear un logo para darle de una vez por todas un aire más personal. Aunque ya tengo a algún colega en el ajo, todas las ideas, en todos los sentidos, son bienvenidas.


En los setenta comenzó a construir un poblado en un desierto de Nuevo México (EEUU) con latas de cerveza, botellas de plástico y neumáticos viejos. Los seguidores de este arquitecto estadounidense han construido en todo el mundo cerca de 2.000 viviendas 
Precario quiere decir sueldos miserables y a veces en negro, un convenio colectivo como un arma de una novela de ciencia ficción e indefensión total ante las empresas, que lejos de remunerar con dignidad las muchas horas que un periodista trabaja habitualmente se dedican a publicar grandes reportajes sobre los jóvenes mileuristas o el problema de la vivienda.
Sólo así se explica cómo los periodistas somos capaces de denunciar la represión en Birmania (aunque nos afecte poco), la dudosa conveniencia de vender armas al tercer mundo, los derechos de los animales o la emergencia de cambiar de tecla en las emisiones de CO2 pero no seamos capaces de preocuparnos un poquito más por las tropelías laborales a las que asistimos cuando, por otra parte, nos obsesiona nuestra imagen pública y que nuestros artículos tengan el espacio suficiente y visible el los respectivos medios. Y no lo hacemos ni los que tenemos blogs personales, al margen de la actividad laboral, por miedo a que una actividad personal nos mande directamente al paro. Con todo, el problema es complejo, porque no se puede exigir heroísmo al joven que trata de abrirse camino o al que tiene una hipoteca o hijos. Primero es comer y después la filosofía, pero… ¿por qué reclamar dignidad ha de ser un acto heroico?
En España hay quien emigra. No me refiero a los que lo hacen