Rincón del viejo Caribe
con la igualdad por cabeza,
madrina de las razones,
de la guajira botella;
cantemos juntos un grito,
venga Guevara y lo vea…
Parecía que La Habana debía ser el momento de alcanzar conclusiones. Último puerto, cierre de maletas. Pero diluviaba y la ciudad se preparaba para el huracán precintando ventanas y ánimos contra el agua y el corte de suministro elétrico. Lo bueno de la lluvia es que al guarecerse en cafés da tiempo a hablar con mucha gente. Por supuesto, eso es en Cuba el mayor antídoto contra las conclusiones definitivas.
La primera impresión es, en cualquier caso, que la Habana es una ciudad de barrios. De partes, como todo en este país. También de que es una ciudad cayendo. A menudo parece que a las casas las sostiene sólo un poco de empeño, y que se vendrán abajo al menor soplo de viento.
Barrios y caída. Si hay tres calles principales, con la cara lavada, cuatro plazas en que la restauración ha hecho milagros, pocos pasos más allá se prolongan las otras, la tristeza de las calles en que las grietas parecen crecer por momentos y la puerta abierta deja ver que dentro vive demasiada gente y entra demasiada agua.
Caída y barrios. Justo detrás del Capitolio hay un parque donde la gente lleva a sus niños a tomar clases de artes marciales al aire libre, un balcón desvencijado en que la ropa tendida se codea con las cúpulas del monumento.
Y si la ciudad son partes, vamos por partes.
La Habana Vieja es, sobre todo, música. Uno camina y nunca hay más de tres zancadas en las que se oiga el ruido de los pies contra el suelo: los segundos de tránsito entre, digamos, la flauta de un bar y la guitarra del siguiente. Los instrumentos y los ritmos se mezclan, dibujan espirales sobre la ciudad.
Es curioso que no sea esta Habana decadente la que hace caerse los mitos. En realidad, esas piedras en equilibrio precario más bien los refuerzan: uno imaginaba esa ciudad así, en colores pastel desconchados, con ventanas desenganchadas, ropa tendida, bicis serpenteando entre coches viejos, autobuses atestados, callejones sin más luz que un hilo, gritos de balcón a balcón que no logran elevarse del todo sobre las notas del son que se canta en la esquina de abajo ni sobre el reggaeton que sale de la ventana de enfrente.
El Vedado es otra cosa. Embajadas, edificios altos, el hotel Nacional. Estamos de nuevo en la zona del dólar. Fue allí donde, en un día de mucho tráfico, un taxista enfadado me hizo ver otra cara más de las cosas.
- Les gusta Cuba, ¿eh? Claro, a mí también me gusta España. Pero yo no puedo ir. De hecho yo no puedo hacer lo que ustedes hacen en mi país. Yo no puedo recorrerlo. No me dejan. Lo más que he ido ha sido a Varadero, a llevar turistas. Y al llegar a la puerta del hotel me dan ya la vuelta, rápido. ¿Cómo? ¿Que si con divisa puedo ir? No, no… Ni con dólares, ni con euros, ni con llibras esterlinas: NO. A mí no me dejan entrar en los lugares de turistas. El país es de ustedes. Nosotros trabajamos para ustedes.
Y entonces, un volantazo y un pitido dan por finalizada la conversación, descargan el mal humor fuera de las palabras. Y el taxista entra en un mutismo pensativo.
Esa misma mañana, desde la mesa de al lado de la heladería Coppelia, una mujer, también enfadada con el mundo, contaba que ella era médico y quería venir a España a un congreso, y que no tenía permiso para ello. Yo recuerdo, decía, que cuando yo era niña aquí había un Corte Inglés: cuando vaya a España iré, primero, al Corte Inglés, ¿cuánto cobra un médico en su país, da para mucho?
Y horas más tarde, paseando Chinatown, un joven se acercó furtivo en un soportal: ¿son vascos, ustedes? Miren, llévenme a España esta carta. Les pido ayuda. Estamos presos. Esto es una revolución socialista, pero estamos presos. ¿Sacarán mi carta?
Lo bueno de los disidentes es que cuando llueve -y llueve mucho, llega Ernesto- se refugian en taxis, bares, soportales y hablan tanto que cuentan casi todo.
Hay algo en Cuba que me sorprende: las matrículas de los coches. Siguen un raro código cromático. Son amarillas para los ciudadanos del país, verdes para los militares, blancas para los mandatarios, negras para el personal diplomático, naranjas para la Iglesia, azules -creo recordar- para los extranjeros residentes. Cada vez que veo una resuena en mi mente aquel ideal comunista que hablaba de una sociedad sin clases. Las matrículas me hacen pensar más bien en el mundo feliz de Huxley, en compartimentos estancos.
Entre las grietas, las matrículas y las charlas, la conclusión habanera se hace imposible, como cabía esperar. Porque pese a todo, hay música en cada esquina de la calle. Pero me llevo la impresión de que va a ser el enfado el que lo salve todo cuando llegue el momento. Aquí nadie va a consentir que las cosas vayan a peor. Para algo llevan años sacando fuerzas de la nada.
El orgullo, las banderas, el pasado, serán con suerte la coctelera de un sabio daiquiri de nuevos tiempos.
Y luego está el Malecón. Se adentra como una flecha en un mar que es al mismo tiempo la frontera y la demostración de que más allá debe haber algo. Por el día, es intrasitable: el sol cae a pleno y no hay modo de cruzar entre cadillacs veloces. Pero al llegar la tarde, el tráfico se relaja, la gente se acerca. Empiezan los bailes, las charlas, las celebraciones de decimoquintos cumpleaños con vestido de princesa. El malecón de los sueños es La Habana en estado puro, el momento en que uno olvida si quería alcanzar conclusiones. Todos conversan, todas las casas tienen de pronto la puerta abierta. Al fondo, la silueta de los edificios pone cierre a la playa y la ciudad, y las banderas negras sólo ondean, sin que se sepa qué colores llevan. Tal vez vuelve a lloviznar, tal vez los coches encuentran charcos. Ahí es cuando uno mira al mar, cuando piensa que quiere volver, cuando teme que al regreso las grietas se hayan hecho más largas y la ciudad haya claudicado antes su evidencia. Todos conversan, sí, y las opiniones hablan de un futuro que es salvable. Imagino a mi taxista enfadado compartiendo un ron con algún adalid del régimen sin que la sangre llegue nunca al mar de fondo. Las olas rompen, la lluvia arrecia. Uno corre a refugiarse, una vez más, sigue la búsqueda de verdades inciertas. Mañana saldrá el avión, veremos Cuba hacerse más pequeñas, en medio del agua.
Una vez, hace tiempo, encontré un reportaje que hablaba de una exposición de arte en algún centro de La Habana. Eran obras con un poco de protesta, con un punto de ese enfado que parece que va a sacar adelante el país, pese a las grietas. Había una, recuerdo, que representaba una moneda nacional. Y la frase inscrita, en un guiño a los lemas de la revolución, rezaba: “patria o suerte”.
Eso cabe desear, para el futuro. Patria, y suerte.
Y, como dice en su canción mi amigo Alfredo,
… que no se caiga La Habana, y a guarachar borracheras.