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Cuento oriental

Tuesday, September 26th, 2006

“Bueno, aquí no tenemos Ahmadinejad, porque políticamente eso es más sensible y preferimos evitarlo. Pero Chávez sí tenemos, porque él representa a los pocos líderes que apoyan la causa árabe en el mundo y además es simpático”, respondió el vendedor de dátiles a la BBC.

La admiración y el desprecio tienen caminos insospechados. Cuenta un tal Karim Hauser en BBC que cuando llega el Ramadán los dátiles son uno de los manjares nocturnos más apreciados, en el mundo musulmán. Y que entonces, los mercados de Oriente Medio se convierten en un baremo de la política mundial.

Sí, exactamente. Se trata de poner nombre a los dátiles y hacerlos cotizar en función de cómo caiga al comprador cada personaje.

En 2003, cuando estalló la guerra en Irak, el dátil más caro era el Chirac, ya que los egipcios apreciaron la postura antibélica del presidente francés. El más barato, por lógica, era el dátil Bush. Y los dátiles Intifada, mucho más redondos de lo normal, parecidos a piedritas, eran los favoritos de los niños.

Surrealista, pero al menos se trata solo de fruta. No sé muy bien si me recuerda más al ajedrez o a algún tipo de promoción de regalos en las cajas de cereales.

De momento, yo me voy a por una caja de manzanas. Iré bautizándolas, desde Cortázar a Satán, según cuanto crujan al morderlas.

Diques al mar

Sunday, September 24th, 2006

Leo que en Bélgica los dueños de los medios le han dicho a google que no lleve a la gente a sus páginas, que se enfadaran y le pondrán multas. Como si no se hubieran enterado de por dónde van los tiros a estas alturas.

Leo que en Cataluña están de uñas para lograr que a la feria de Frankfurt sólo se lleven, ya que les dan sección, libros en catalán. Como si la calidad del arte se midiera en términos booleanos y casillas ideológicas. (Como cuando, un domingo más, un sector del pensamiento que debe tenerse denosta todo lo que haya escrito Vargas Llosa -ciudades, guerras, cachorros- por mera inercia gregaria, al ver su artículo.)

Leo que “el cobro de cánones generará en Europa ingresos de 2.120 millones en 2009“. Como si a las ideas se les pudiera poner código de barras y PVP.

Y que Suiza ha decidido que de su dinero no come nadie, y ha recrudecido sus leyes de extranjería hasta cotas inéditas en Europa. Como si fuera tan fácil.

Como si de pronto a todo el mundo, cada cual en lo suyo, le hubiera dado por poner diques al mar.
Cuando, siempre se supo, lo que hay que ponerle son puertas. Abiertas, a poder ser.

De la sierra a la Costa: Guantanamera (Mitos y ritmos de Cuba III)

Friday, September 22nd, 2006

(Seguimos viaje. Los incidentes tecnológicos nos han tenido unos días parados, como si de un huracán -de los de aquí o de los de allá- se tratase. ¡Pero ya pasó la tormenta! Regresen a sus asientos, el bus arranca de nuevo…)

Guantanamera. Es difícil, para todos, amoldarse al paso del tiempo; ir cambiando lo que haya que cambiar sin que el eje cambie, mientras pasan los años. Guajira guantanemera… En Cuba siempre suena la música. En cada esquina, restaurante o soportal hay un par de soneros poniéndole, al tiempo que pasa, buena cara. Cuando empiezan su repertorio, hay tres canciones inevitables. Hasta siempre Comandante. La Yolanda de Pablo Milanés. Y eso: Guantanamera.

Aunque en un tema tan cantado hay mucho que decir, y las leyendas se cruzan, las historias populares suelen coincidir en que, cuando Cuba era una tierra de casinos y hoteles por donde las mafias se movían a su antojo, Guantánamo era uno de los puntos fuertes de ese mundo; y en que esa canción que todo el mundo conoce, Guantanamera, fue la ofrenda del cantante a una puta de uno de esos casinos. Que se enamoró y la sacó de allí. De ahí la primera versión, la Guantanamera de Joseíto Fernández, con sus flores y sus buenas intenciones.

Guajira guantanamera. Si uno llegase a Cuba sin saber nada de su historia, quizá diría que la revolución acaba de producirse y justo ahora se están dando los cambios. Por todas partes consignas, pintadas en los muros o en enormes carteles, por todas partes “viva Fidel”. Por todas partes los héroes de la patria, los héroes en postales, los héroes en banderas, merchandising, museos. Cuando la Guantanamera se fue popularizando, se extendió la costumbre de que cada cual la cantase con la letra que le viniera en gana, como los viejos romances. Y alguien tuvo la idea de adaptarla a unos versos de José Martí, padre de la patria. De lirios y jazmines pasamos a muertes heroicas. Igualito que en los campos ahí a la orilla del arcén.

Hoy Guantánamo no es una tierra de casinos y cabareteras. Ni de lirios y jazmines. Ni siquiera de héroes de boina y estrella. Hoy Guantánamo, ya se sabe. La ciudad es un páramo de casas semiderruidas y grisáceas. El autobús la atraviesa como a esos pueblos fantasma que ocultan todo clase de secretos. Las dos veces que pasé por ella, llovía. Se sale de la ciudad y el campo está vallado. “Este es nuestro territorio, este el de ellos”, explican. Señales de peligro apartan la curiosidad de las vallas. Al fondo, junto al mar, se intuye esa base norteamericana que se aferra a una cláusula constitucional no muy clara para seguir sentada en suelo priviegiado y exento de responsabilidades -ojos ue no ven…-. Un escalofrío acecha a la vuelta de una curva, cuando aparece la garita destartalada en que un jovencísimo militar cubano da paso -o no- a quienes viven en los dos pueblos que están dentro del cercado. Uno recuerda noticias, recuerda películas. Y el escalofrío se prolonga, se hace eterno, como los minutos al lado de las vallas, mientras se intuyen las siluetas militares, la torre, los aviones, mientras alguien explica “este es uno de los territorios más minados del mundo. Una vez más, el autobús recorre desde los márgenes una realidad que no soportaría ver más de cerca. Guantanamera. Guajira guantanamera. Quieran o no las cosas adaptarse a los tiempos, a veces los tiempos corren más, y la adaptación deja un saldo de minas, de campos fantasmas. Nadie podría cantar Guantanamera, en Guantánamo. Tal vez se llama nostalgia.

Hay una Guantanamera más, de las que conocemos. Esta vez cantada en celuloide. Esta deja atrás los cuentos, y también las leyendas. Es una historia irónica, crítica, que no sentó muy bien a Fidel. En ella, a un funcionario le toca enfrentar en carne propia las absurdas dificultades de uno de esos programas eficientes, uno que el mismo había diseñado: cómo trasladar a un difunto de un lugar a otro de la isla sin meterse en las competencias ajenas. El cortejo va de Bayamo a Santa Clara, encontrándose problemas, amores, pasados, trapicheos, pasos a nivel que se suben a mano si la guardiana no está demasiado ocupada. Como la vida misma. En los tramos de carretera, esta road movie a la cubana canta una Guantanamera diferente, igualmente llena de bromas entre estribillo y estribillo.
Por supuesto, de esa yo no oí ni una estrofa, allá en la isla.

De la sierra a la costa, en Cuba, uno escucha muchas Guantanameras. Y, como ellas, va bandeándose entre la historia, la leyenda y la ironía. Entre el son y el silencio del escalofrío.

De la sierra a la costa hay, sobre todo, consignas. La carretera la flanquean todo el tiempo frases revolucionarias, mensajes de apoyo al Comandante, moralinas e instrucciones. En las paredes de las casas, en el suelo, en pancartas que salen de entre los arbustos. Cualquier lugar es bueno para las profesiones de fe.

 

En Cuba no hay ni una sola valla publicitaria. Se agradece la ausencia de Motorola y Flex. Uno es feliz viendo consignas, tan bienintencionadas siempre. “Un mundo mejor”, se dice, contento. Ni Coca Cola, ni Dove: “viva Fidel”. Uno recuerda aquello que le explicaron de la diferencia entre propaganda y publicidad. Pega la nariz al cristal, observa todo con gran interés. Dos días más tarde, se ha acostumbrado a los nuevos carteles del paisaje. Trata de recordar cómo era aquello que le explicaron, la diferencia entre propaganda y publicidad. Mira los carteles. Parpadea confuso.

Por todas partes, los héroes. Castro, Cienfuegos, Guevara. Las postales de los centros turísticos son fotos en blanco y negro de los revoucionarios, de los discursos. Marcadores, camisetas. No hay ni un sólo museo que no sea, al menos un poco, museo de la revolución. Y luego están los otros héroes. Los de ahora. Por todas partes -sobre edificios, bajo ascensores, la frase: “los cinco héroes volverán“. Son cinco compatriotas detenidos en EEUU por presunto espionaje. De la sierra a la costa, ya se codean con el Che y con Camilo. Vuelvan o no, ya son parte del imaginario de los carteles.

Pasar por ciudades es, casi siempre, bajar de las nubes. Sigue habiendo carteles, en mercados o autobuses. Pero las miradas no siempre dicen exactamente lo mismo que esas letras. Hay veces que los niños sonríen. Hay veces que los adultos echan cortes de manga. Todas las consignas siguen insistiendo en que “patria o muerte, venceremos”. Pero han pasado ya cincuenta años. Decíamos que es difícil caminar al mismo paso que los tiempos. Decíamos que al llegar a la isla uno diría que la revolución acaba de tener lugar.

Los logros son muchos, pero no han pasado cinco años. Han pasado cincuenta. Y aunque todas las consignas insisten en que “la cultura nos hace libres”, ninguna librería ofrece textos más allá de Marx, Martí y García Márquez.

Historia, leyenda, ironía. En ninguna parte se escucha la tercera Guantanamera. Y el Che y Camilo están muertos, mal que nos pese -a nosotros y a las utopías-.

Llueve mucho, en Cuba. Las gotas de agua resbalan por el cristal y dan a la ventana del ómnibus un efecto de caleidoscopio. Los verdes, rojos, naranjas del paisaje se difuminan, se mezclan. Todas las ciudades podrían ser la misma. Y todos los carteles. De la sierra a la costa, va habiendo cada vez menos consignas.

La sierra son montes tupidos que escondieron a los revolucionarios. Pueblos pequeños por los que se sigue andando a caballo. Escuelas para tres niños en medio de la montaña. Hospitalidad y cascadas. Allí las pintadas son a mano y hablan de que otro mundo mejor es posible.
La carretera se asfalta cada vez más camino a Occidente. Los carteles son de imprenta y hablan más de Fidel, menos del pueblo. Ciudades fantasma y propinas al que te cante, guantanamera.
La costa son cayos y calas inmensas. Hay autopisas sobre el mar, las llaman pedraplenes, que unen los resorts con la isla sin que el tipo más frecuente de turista tenga por qué ver un solo cartel, del aeropuerto a la playa. Sin duda un negocio cómodo: el extranjero deja la pasta sin pisar la realidad. Uno se entera más tarde de que los cubanos no tienen permitido el acceso a estas zonas, dominio del peso convertible. Ni en Varadero ni en Cayo Coco verá usted un nativo, si no es uno que trabaje allí. Sigue sin haber vallas publicitarias, al menos, pero tampoco aquellas otras que decían que todos iguales.

Historia, leyenda, ironía. Guajira guantanamera.

En una pared de Santiago leí que “revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado”. En cincuenta años, creo, da tiempo a bastante. A lo mejor el problema es de concepto. Cuando “revolución” pasa a ser un estado de cosas, algo no marcha -cuando Juventud Rebede es un periódico oficial, algo no marcha-.
La tercera Guantanamera, la de celuloide, contaba en voz en off un cuento antiguo:

Obbatalá hizo la vida, pero se le olvidó hacer la muerte. Pasaban los años, y los hombres y las mujeres cada vez se ponían mas viejos, pero no se morían…La tierra se llenó de viejos que tenían miles de años y que seguían mandando de acuerdo a sus viejas leyes; los jóvenes tenían que obedecerlos y cargar con ellos, porque siempre habían sido así las cosas…

En una pared de Baracoa leí que Cuba nunca volverá al capitalismo.
¿Historia? ¿Ironía? ¿Leyenda?

Guajira guantanamera.

 

Baracoa, la aislada (Mitos y ritmos de Cuba II)

Friday, September 8th, 2006

Cuando los aruacos, los primitivos habitantes de Cuba, empezaron a dar forma en su extremo oriental a una ciudad, le pusieron el nombre de Baracoa, “la presencia del mar”. Y por estar junto al mar estuvo en el lugar en que atracaron los españoles al llegar a la isla, y se convirtió en la primera villa fundada en este nuevo territorio y su centro político y religioso. Pero cuando el adelantado Diego Velázquez trasladó, unos años más tarde, su residencia a la cercana Santiago, el aislamiento de Baracoa llegó para quedarse.
Durante siglos, su situación y malas comunicaciones la mantuvieron aislada del resto de la isla. Aun hoy, el acceso a la ciudad es en sí una odisea que serpentea entre montañas y puentes colgantes, a través del llamado viaducto de La Farola.
La huella de ese aislamiento no sólo se deja ver en lo peculiar de calles y edificios. Hay algo más, un poso en el aire, que da a la villa primada un sentido especial, una personalidad que escapa a todas las tipologías que puedan encontrársele al país.

Cuando llegué allí pensé en Macondo. En realidad pensé porque en la ciudad sólo hay tres fábricas, y una es de hielo. (Las otras dos fabrican chocolate y dulce de coco, respectivamente). Pero también podría haber pensado por los colores de las casas y la calma de la gente sentada en sus puertas. Pensé en Macondo, que es como decir que pensé en en el realismo mágico que rezuma cualquier pueblo sudamericano que linde un poco con el Caribe y al que queden fuerzas para pedalear entre partida y partida de dominó.

Pero lo cierto es que, si se intenta encajar en el molde que funden los pueblos rurales en países vecinos, Baracoa resbala y se escapa. Y es que allí no hay nadie que no tenga que comer.
Por ser un ecosistema tan pequeño y puro, en esta ciudad los logros de la revoución se ven muy bien.

A media mañana de un día cualquiera, la tienda de ultramarinos -¿cómo se llaman allá?- se ve vacía. Sus estantes desnudos angustian. Pero un par de días al mes, los que toca, los camiones llegan y la bodega se llena. Es entonces cuando todos y cada uno de los habitantes de la ciudad pueden acudir allí con sus libretas de racionamiento -racionamiento que, recordemos, no es capricho del régimen sino imposición de la escasez que se sufre por, entre otras cosas, el bloqueo- y llevarse a casa lo que corresponde según sus necesidades. Tanto de arroz, tantos frijoles, tantos huevos. Tanto de leche si hay niños, la pastilla de jabón de cada uno. En Cuba, el salario mínimo permite adquirir todos los bienes necesarios para subsistir. Y nadie está fuera o por debajo de ese salario: jubilados, impedidos, todo el mundo cumple un papel en la sociedad, y recibe a cambio el dinero que le corresponde. Hasta los estudiantes universitarios, si no dependen de sus padres, tienen derecho a él.
De ahí en adelante, sí hay diferentes sueldos, claro. Como en todas partes. Un neurocirujano no cobra lo mismo que un auxiliar de enfermería. Pero ese “plus” de dinero en ningún caso urge: lo básico está cubierto. Ése lo que hace es facilitar unos, digamos, lujos. Y quizá sea este momento para recordar que al hablar de nivel de vida es necesario cambiar los ojos y mirar las cosas con los de allá, baremar según sus valores y contexto.
La cuestión es que el día que toca reparto, todos y cada uno de los ciudadanos de Baracoa pasan por la pequeña tienda de la calle central y llenan su despensa.

Y no es sólo comer. En una esquina no lejos de la plaza central está el hogar de las embarazadas. Las jóvenes que estén a punto de dar a luz pueden acudir allí un mes antes del parto, y quedarse un mes después. Así se asegura que estén bien alimentadas, que tengan tiempo para cuidar de sí mismas y del pequeño que viene. Se sientan en sus mecedoras mirando a la calle, leen, descansan.
Y es que dicen que en Cuba la muerte de un niño es la mayor de las tragedias. Ellos sí que son los protegidos del régimen. Como quería Platón, durante la infancia uno pertenece a la comunidad, el niño es de todos y todos se alían para que le vaya bien. Por ejemplo, en el país hay escasez de leche y de carne de res, pero la casa en que viva un niño recibe puntualmente su buena ración. Ningún vecino se negaría a cuidar al crío de otro en cualquier momento, en criarlo incluso si fuera necesario.
Por no hablar de las escuelas. En lo alto de las montañas, en los pueblos más recónditos, en todas partes uno encuentra una escuela, así sea para tres alumnos; y los campamentos donde esos pequeños “pioneros” se entrenan para parecerse a los héroes nacionales salpican el paisaje de la isla. Todo lo que tenga que ver con la educación se cuida sobremanera. La Universidad es accesible para gran parte de la población, y se cuenta con multitud de ayudas para poder estudiar fuera de la propia ciudad, o para hacerlo a la vez que se trabaja, o cuidando al tiempo de una familia. Y para los menos aplicados, una suerte de formación profesional con la que el Estado se encarga de que cada cual reciba una formación adecuada a sus capacidades.

El buen funcionamiento del sistema educativo, como el del sanitario se basa en gran medida en una fuerte conciencia de lo social, en una mentalidad moldeada desde pequeños para servir a la comunidad y poder recibir lo que ella ofrece. Los primeros años de trabajo, por ejemplo, hay que ponerlos al servicio del Estado. Eso supone ir al lugar que a uno le toque y cumplir la función que más falta haga -sea dentro del país o fuera, como está ocurriendo últimamente con contingentes de médicos enviados como cooperantes a distintos lugares-. Este servicio se entiende como una retribución al país por la inversión que ha hecho en uno.

Esa mentalidad es en sí un logro. El cubano es un pueblo convencido de los ideales en los que vive, convencido de que “otro mundo es posible”. Habrá tiempo a hablar de consignas y contradicciones, pero lo cierto es que la gente de la calle, en general, cree en los valores que sirven de pilar ideológico al régimen, y su ilusión por ellos es firme hasta el punto de desafiar las evidencias. Se agarran contra viento y marea a la convicción de que la revolución, su revolución, es el mejor de los modos de vida.
En Baracoa, esto es cierto. Este pequeño Macondo junto al mar, aislado sin que le importe, unido al mundo de las otras cosas por once puentes colgantes, es una isla Utopía donde las cosas van bien.
Si toda Cuba es un mundo aparte, especialmente este pedazo se me aparece como aquel poblado en el que vivía Astérix:

(…) Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil (…)

Sobre el pueblo de Asterix había una lupa. Uno se va de Baracoa con una sonrisa amarga. Por un lado, al mirar con la lupa ve que las ideas podían funcionar, y que a ese lado de los puentes colgantes casi existe la Utopía. Por otro, retira la lupa y ve que funciona por microsistema, por aislado. Como un ensayo de probeta que se mantuvo puro por circunstancias inducidas.
Pero qué bueno si cada aldea fuera un reducto resistiendo ahora y siempre al invasor. Qué bueno si cada pueblo de África, de Ámerica, tuviera una bodega que se llenase puntualmente dos días al mes.

(La misma realidad admite siempre distintas palabras. Ricardo Menéndez Salmón, un compañero en este viaje, publicó ayer en El Comercio las que para él cuentan la que encontramos en Cuba. Os recomiendo que os paséis a verlas, su mirada siempre estaba atenta a huecos insospechados).

Recordemos: no es normal

Thursday, September 7th, 2006

35 personas por hora llegando a las costas canarias…

Una encuesta que no se sabe si muestra más miedo, más perplejidad o más rechazo…

Las altas esferan tirándose los trastos a la cabeza

…y ninguna solución en el horizonte cercano.

En serio, cuándo empezó a parecernos normal tomar con el desayuno que un total de 345 inmigrantes indocumentados han llegado este miércoles a bordo de cuatro cayucos a las costas canarias.

PLAYA DE TARIFA, CÁDIZ

Encontramos los zapatos en la playa,

por la tarde, un día que bajamos

de merienda. Los vimos nuevos,

como comprados para la ocasión,

dos escarabajos gigantes brillando,

entre la arena. Al rato tú gritabas:

“Mira, aquí hay otros. Y otros”, volvías

a gritar: “seguro que los ha traído la marea”.

Aquello fue todo: sólo zapatos nuevos

apilados sobre la arena.Y no saber qué hacer

con tanta desolación.

(Berta Piñán, “Un mes”)

Santiago o la duplicidad (Mitos y Ritmos de Cuba I)

Wednesday, September 6th, 2006

No sé hasta qué punto es buena idea empezar por Santiago un viaje a Cuba. La idea de que este país es en realidad muchos, y que en el mito de tierra de la igualdad no es oro todo lo que reluce, acaba, me temo, por ser inevitable tras varios paseos tranquilos por la isla. Pero puede que sea Santiago el lugar donde esa realidad azota al foráneo de manera más violenta.

Nunca antes en un viaje me había ocurrido como allí que la distancia entre el viajero y el nativo resultase insalvable. Todo lo que rodea al turista se convierte en una suerte de parque temático, una irrealidad acorazada que parece no ir a permitir nunca entender nada en absoluto sobre qué se cuece realmente allí.

El hotel es Occidente: tv, agua mineral, aire acondicionado. A sus pies se extiende la ciudad, con sus techos de ropa tendida y la insignia inconfundible del cuartel Moncada, blanco amarillo de batallas históricas, enfrente de casi cualquier ventana. El camino que los une, hotel y calles, es traquetear unos minutos en bici-taxi o uno de esos Chevrolets recuperados que se quedaron anclados en la isla cuando los ricos se fueron. Pasados esos minutos, se ha cambiado de mundo y de tiempo.
Uno desembarca en el centro de la ciudad. Digamos la plaza de la catedral. Y entonces descubre que la calle comercial de la segunda ciudad de Cuba es un paseo empedrado con paredes desconchadas.
Apenas tres segundos más tarde, todo extranjero tendrá a sus espaldas una avalancha de santiagueros pidiendo una ayudita.

Ahí es cuando los mitos empiezan a pedir auxilio. Si parte del leiv motiv del aterrizaje allá había sido encontrar un reducto donde aun hubiera otros valores y deseos, oir peticiones de pintalabios o camisetitas lindas -de las que ninguna mujer escapa- resulta cuando menos chocante. Y si eso no funciona, modelo b: un euro, un dolar. Con el cable totalmente cruzado, el recién llegado intenta procesar en su cabeza por qué en un país donde todo el mundo tiene la manutención asegurada existe esta clase tan rara de mendicidad. Porque es rara: quien te pide es alguien que al mismo tiempo tal vez te habla de la carrera que está estudiando en la universidad, alguien vestido correctamente, alguien que tiene casa y come a diario.
Uno no entiende nada hasta que por fin comprende cómo diablos hay que leer realmente los precios en los escaparates.

Se trata simplemente de un sistema monetario ad hoc creado por Fidel Castro para mayor beneficio del régimen. En el país conviven dos monedas. La nacional es el peso. En ella cobran sus salarios los trabajadores, y con ella compran los productos básicos, regulados por una cartilla de racionamiento. Y luego está la moneda que funciona como divisa, la que deben utilizar en el país todos los extranjeros. Hasta el 2004, era el dólar el que cumplía esa función. Pero como todo lo americano es non grato para Fidel, en noviembre de ese año se puso en circulación otra moneda, el peso convertible, en principio de valor equivalente a aquel.

La gracia del asunto es que el peso convertible equivale a veinticuatro pesos cubanos. Y que, aunque todo lo que se supone de primera necesidad pueda adquirirse en moneda nacional, todo producto de importación lleva su precio en divisa. Y al precio que paga quien paga en divisa. De este modo, la ropa, los zapatos, y todo aquello que se considere producto de lujo tiene un precio abusivo para el cubano, que ahorra para comprarlo en una moneda veinticuatro veces más débil.
De ahí la picaresca. Los ciudadanos se lanzan sobre el turista porque la moneda que él suelta tan fácilmente no vale para ellos lo mismo, sino lo que resulte al cambio. Una propina pensada en euros es mayor que el sueldo diario del que la recibe, que piensa en pesos. Por otra parte, bienes nimios para el extranjero, como un bolígrafo o una pastilla de jabón, allí constituyen productos de lujo, porque, al ser siempre de importación, su precio se dispara para la moneda nacional.

Evidentemente, el turista sólo puede moverse por los lugares que estipulan el valor en convertible. Bares, hoteles y tiendas se convierten en terreno inaccesible para los cubanos; y los locales de estos están prohibidos para el turista, que comete una ilegalidad si maneja moneda nacional.

De pronto, el vertiginoso abismo que uno percibía entre extranjero y local muestra sus razones más evidentes. Y al orgullo de haber entendido el porqué se le mezcla una temprana amargura: acceder a los secretos de esta tierra no sólo es intrínsecamente difícil, además es institucionalmente difícil. Va a haber que andar siempre esquivando la frontera entre dos mundos.

Tal vez al final si era buena idea escoger Santiago para empezar trayecto: bautismo de fuego. Mejor si los mitos se tambalean ya los primeros días y algunas claves de comprensión van ocupando el hueco que han dejado en la mente.

En cualquier caso, encontrar consuelo al desasosiego no es difícil. A los lados de las calles hay siempre un árbol de flores naranjas que se ve perfecto entre el azul del mar, y al fondo de la ciudad se alzan el castillo del Morro y las historias de piratas. Santiago, heroica siempre según dicen los carteles, es la patria chica del Comandante, y se muestra orgullosa de ello. Me duermo con imágenes de Chávez en la 6 y despierto con imágenes de Chávez en la 7. Veo los huecos de las balas de las paredes del Moncada, los primeros cantantes de la nueva trova. Empiezo a entender de qué modo el ron quita el calor; y vuelve a sorprenderme que los muertos se cuiden más que los vivos cuando en el cementerio de Santa Ifigenia veo tan grande el mausoleo de Martí, custodiado por jóvenes guardias, y cuando salgo, venerado ya el idealista, me cruzo las casas más pobres de la ciudad. Hago un par de amigos y me cuentan que el Granma ni lo busque, que el papel es escaso y al sur no llega casi nada que lo use.
Un tal Eduardo se asusta, una noche en el mirador, de que en España sea posible comprar todo lo que uno quiera, sin cartillas de racionamiento. Sonríe al saber que en España puede pasar que si uno no tiene dinero no tenga qué comer. Luego me hace asustarme si comenta que a Raúl Castro le ha parado los pies su hermano porque nada le gustaba más cuando le dieron este trocito de poder que ponerse a hacer volar aviones militares de un lado a otro de la isla; que es un loco de la guerra. Me hace sonreír cuando me explica que allí lo que va mal es porque Fidel no lo sabe; que él es como un dios, que le despliegan alfombras rojas para que pase. Un tal Eduardo se sorprende de que en España todo el mundo pueda, si tiene el dinero, entrar en todas partes.

Santiago deja, más que nada, una profunda sensación de irrealidad. De duplicidad a cargo de un espejo convexo. De mirada a través de una ventana de un ómnibus climatizado del que no siempre es momento de bajarse, que se aleja de allí.

Esténse atentos, porque seguimos viaje.
De Este a Oeste, como siempre se hizo la Revolución.

(De repente me encuentro, con mi post ya a medias, un artículo en Le Monde que va por los mismos derroteros. En francés, pero aquí os lo dejo).

Regreso y anuncio

Saturday, September 2nd, 2006

A cada rato, de repente, una bofetada húmeda de aire del Caribe me recordaba que, en efecto, tras tanto tiempo de esperar ese viaje, estaba en Cuba justo en el momento en que los ojos del mundo se clavaban en ella más aun de lo corriente.

Esa ha sido una de las razones de mi prolongada ausencia. Llegué a la isla más o menos cuando Fidel mostraba su chándal al mundo; cuando aun ni siquiera se hablaba de los pasos de Ernesto. En principio, la idea era ir contando sus historias entonces, mientras yo me movía por el país y ellas se acumulaban en la trastienda de una libreta marrón. Pero si algo aprende uno en ciertos lugares es a bandearse cuando la imprevisión se convierte en norma: poco a poco las circunstancias mutaron el propósito de breve crónica a largo reportaje, y a mí no me quedó más opción que acomodarme a ellas y seguirles la corriente.

Fundamentalmente, porque encontrar un cyber allí es tarea imposible -fuera de las zonas agresivamente turísticas, claro: en éstas, pagar veinte dólares por hora de conexión es lo más sencillo del mundo-. Y de igual modo que buscar Internet es una quimera, saber qué ocurre mas allá de las fronteras que marca el mar se convierte allá en un lujo reservado a momentos de suerte: no hay posibilidad de encontrar ningún tipo de prensa internacional, y los canales de televisión que escapen a las emanaciones de Telesur son también patrimonio exclusivo de los hoteles de alto standing. Lo que no quiere decir que uno se entere especialmente de lo que ocurre de puertas adentro. La prensa escasea y se agota pronto, y en cualquier caso tampoco se caracteriza precisamente por ser muy informativa; y en cuanto al canal nacional de Televisión, tiene más de instrumento oficial, por un lado, y servicio a la comunidad, por otro, que de vocación periodística.
Así, durante todo mi viaje tuve la sensación de que cabía la posibilidad de que, en efecto, Fidel hubiese muerto y el mundo entero estuviese especulando con el futuro, y en Cuba todo siguiera sucediendo a su ritmo cadencioso y tranquilo. Allí, las reglas de la realidad son otras. Así que algo le dijo a mi mente, por lo demás acostumbrada al frenetismo de la información continua, que si quería contar ese país, debía dejarlo que posara, esperar a que estableciera su mapa vital entre mis ideas. Acostumbrarme a sus normas y ritmos, tratar de mirarlo con sus propios ojos y no con todo lo que los míos llevaban en la recámara. Y acercarme a una pantalla de ordenador durante mis días allí sólo habría servido para dificultar mi aclimatación y contaminar las impresiones. El mero hecho de abrir el correo habría supuesto acercar al viaje un pedazo demasiado grande de casa.

Y total, al fin y al cabo, quién iba a tener prisa, siendo precisamente de Fidel enfermo del que no iba a poder contar ni palabra.
Ahora he vuelto, han pasado suficientes días y páginas como para poder pensar con calma. Mis excusas en forma de jetlag se quedaron viejas, las vacaciones terminaron, Chávez en su papel de cariñoso visitante ha vuelto a sacar a Cuba a los titulares.
Me parece buen día para ponerme a la tarea de empezar a darle forma a una pequeña serie de posts sobre lo que me encontré por allá.
Mañana, pues, empezamos el viaje. Les espero en Santiago de Cuba.

(Por lo demás, septiembre ha llegado golpeándome en el hombro con cara de Pepito Grillo: se acabó el tiempo de trenes.
Regreso al blog para quedarme, la normalidad ha vuelto.)

Un buen profesional

Friday, July 21st, 2006

Siguiendo las indicaciones de otromundoesposible llego hasta una respuesta de Maruja Torres en una entrevista que me deja pensando toda la mañana:

“Mientras continúe la precariedad laboral el periodismo será éticamente superficial, estéticamente barato y socialmente lameculos del lector, que ahora se llama cliente. Y me refiero a todo el periodismo, sea escrito o audiovisual. Pero hay otra cosa que quiero decir: ¿por qué a todos los periodistas jóvenes les importa más tener un empleo que hacerse un buen profesional? Si de joven no te acostumbras a pasarlas canutas y a luchar por tu herramienta, ¿cuándo?, ¿al ser nombrado redactor-jefe?”

Un buen profesional. Probablemente, “dícese de aquel capaz de que al levantarte cada mañana durante esta semana en que las portadas traen más y más horrores cada vez busques su crónica antes de hacer ninguna otra cosa”. Porque es cierto: lo que a mí me informa fundamentalmente sobre el Líbano estos días no es la avalancha de datos y cifras, ni la sucesión de apariciones desafortunadas de unos y otros, sino el modo en que Maruja Torres y otros pocos saben contar exacto el aire que sopla en Beirut. Lo que hace que se me pongan realmente los pelos de punta no son las fotos de moda y los comentarios que generan sobre su rigor, sino la manera en que esta señora me habla de sus conocidos, que siempre se llaman Ahmed, Mohammed.

Un buen profesional. El otro día comentaba con alguien que es curioso que en los periódicos no abunde este tipo de periodismo si, como apuntaba mi interlocutor, la diferencia “es que esta crónica la leo y las otras no”. A lo mejor no es la percepción que manda, pero, para mí, un buen profesional del periodismo no es el que consigue el titular que más grita. Salir a la calle y conseguir un par de fotos y una frase resultona, eso, a mí entender, lo puede hacer casi todo el mundo. Lo que no consiguen tantos es meterte en el salón de casa a un tipo que vende lencería en Beirut y hacer que el llanto continuo de los niños de la ciudad no se te salga en todo el día de la cabeza. Ni mi interlocutor ni yo comprendemos por qué se entiende que la profesión de periodismo tiene que ser escribir sota, caballo y rey, escribir de modo impersonal y aburrido, asumir que “para qué trabajarse un buen texto si nadie pasa de la entradilla”. Ni él ni yo tenemos pensado aceptar que eso sea lo que la gente pide. Estamos seguros de que las crónicas de estos días desde Beirut se han leído mucho más que todo el resto del periódico que las acoge.

Un buen profesional. Escribir periodismo como la necesidad de enviar una carta desde un lugar lejano para que otro reciba lo mismo que tus ojos. Las columnas de Maruja, sí. Y también lo que dibuja El Roto. Lo que hace Hernán Zin en su blog. O Chrystelle Barbier en el suyo. Los libros de Kapuscincki. Las tortugas también vuelan. Vicent nos lo explicaba el otro día. La descripción de la manifestación de Madrid que hace hoy Guerra y Paz. El motivo para pagar la National Geographic. Los viajes de Reverte. Un buen profesional. Acercar todos los lugares del mundo, toda la gente.

A mi interlocutor y a mí se nos ocurre que no puede ser tan difícil. Se nos ocurre el modelo que ensaya Le Monde Diplomatique, no escribiendo al uso los textos centrales y añadiendo los datos que la creatividad deja fuera en cuadros al margen. No acabamos de entender que la prensa que nos informa cada día se empeñe en un modelo de ser insulso en general y tener de vez en cuando a una estrella en Beirut.

Que sí, Maruja, yo tampoco entiendo que los jóvenes busquemos a todo correr un empleo y se nos olvide lo de ser buen profesional. Pero es que nos han contado que un buen profesional es el que consigue un titular muy grande, aunque luego ya no escriba nada; que los que dan empleo no creen que escribir cartas sea hacer buen periodismo, salvo cuando sois tú o Tomás Alcoverro los que estáis en Beirut.

O a lo mejor hay que ser menos maniqueo y entonar también un poco el mea culpa: es que es mucho más fácil escribir un titular grande que una buena carta.

Al final de la mañana, me queda la sensación de que la pescadilla se muerde la cola también porque es mucho más fácil que cazar.
Eso, y los niños que me cuenta Maruja, que siguen llorando en el Líbano.

Santa Patrona de la Foto y el Café

Monday, July 17th, 2006

Existe una iglesia donde al acabar las oraciones puede decirse, en lugar de “amen”, “así son las cosas y así se las hemos contado”. En serio.

En la City, zona de encorbatados ejecutivos en el corazón de Londres, hay unas calles que son, según todas las guías y un par de novelas, tierra de periodistas. Allí están, en efecto, las míticas oficinas del Sunday Post y los bares donde se emborrachaba Rupert Murdoch.

Y, en una esquina, la iglesia de Saint Bride -lo que entiendo como Santa Brígida, corríjanme si me equivoco-. Como había leído que tal templo era el patrón de los de nuestro oficio, qué menos que pasarme, aprovechando a la vez un rato de sombra y la posibilidad de algún tipo de inspiración divina que aprovechar en el futuro. No es que sepa yo mucho de iglesias con advocaciones profesionales, la verdad. Pero si todas están ambientadas tan ad hoc a los fieles como la nuestra, voy a empezar un tour, porque la cosa es curiosa.
Me explico, y teniendo en cuenta -sin que sirva de precedente- que en casos como este una imagen vale más que mil palabras. En las paredes no había escenas bíblicas ni de santo alguno, sino las captadas a lo largo del tiempo y el mundo por fotoperiodistas de renombre. En sus paredes, los nichos de otros colegas difuntos, con, en lugar de epitafio, la especificación de dónde y de qué trabajaron en vida: “Fulano de tal, tal año, tal año, redactor jefe en el periódico cuál”:

Lo más curioso, a mi entender, los bancos reservados. Uno acostumbra a verlos aderezados de nombres de nobles y obispos, pero estos tenían, para guardar el sitio, las plaquitas de los distintos medios nacionales (lo que daba al religioso lugar un curioso aspecto de tribuna para ruedas de prensa):

Obviaré el hecho de que a la entrada había unos cortinajes de colores, pero no el cartel que anunciaba vigilias “para apoyar a nuestros compañeros en las ajetreadas noches de la redacción”: ya se sabe que el estereotipo del periodista tiene mucho de crápula, miren qué alternativa tan maja a la perdición, si la jornada se prolonga.Más cosas: un rincón dedicado a los periodistas fallecidos en Irak, con placas, esquelas y más fotos.

Y para homenajear a los muertos en servicio -informativo- en las Guerras Mundiales, una cripta subterránea con retablo fluorescente:

Como el buen periodista nunca descansa, la congregación tiene una revista, justo al lado de los misales (y una página web, por si alguno quiere saber más):

Por lo demás, una oración preparadita para ahuyentar los pecados que nos acechan:

[Dios Todopoderoso, guía y fortalece,
te rogamos, la voluntad de aquellos
cuyo trabajo es escribir lo que muchos leen,
y hablar lo que muchos escuchan.
Que seamos capacecs de enfrentar
la maldad y la injusticia; entendiendo y
compadeciendo la debilidad humana;
rechazando de igual modo la media verdad
que engaña y la palabra interesada que
corrompe. Que el poder que tenemos,
para lo bueno o lo malo, sea siempre empleado
con honestidad y valentía, con respeto e
integridad, de tal modo que, cuando aquí
todo hay sido escrito, dicho y hecho, podamos,
sin avergonzarnos, encontrarte cara a cara,
por medio de Jesucristo Nuestro Señor, Amen.]

Prometo que no es novelar la historia si os cuento que el único fiel que vi por allí -no eran horas de estar fuera de la redacción, en efecto-, llevaba en la mano un vaso enorme de café.

Así que ya saben. Becarios agobiados, profesionales sin vacaciones, titulados a la caza de trabajo: encomiéndense a Santa Brígida, sigan este rezo café en mano. La patrona vela por nosotros, y durante toda la noche, en una esquina de Fleet Street, entre fotos y capillas fluorescentes.

Lazos para terminar (Un curso con Vicent, IV y final)

Friday, July 7th, 2006

A mi amigo le pareció bien la respuesta que Vicent, sin saberlo, dio a su conflicto. Sin embargo, me comentó que por más que escribir para el córtex esté muy bien, “también tiene su mérito dirigirse a esa parte del cerebro que procesa los sentimientos“. Me comentaba que, aunque manipular los sentimientos sea algo bastante sencillo, ”es cierto que esa unión sentimental entre todos los mamíferos existe para darle una emoción irracional a la vida”. La recta final del nuestro curso ha atendido a esa parte del cerebro y las páginas: las que se ocupa de emociones, recuerdos, colores y estampas.

Después de que hablase durante un rato de sus novelas, alguien le preguntó a Manuel: ¿por qué son tan importantes para ti los sentidos? “Porque son el conocimiento”, contestó sin dudarlo. Por eso, empieza hablando de Contra Paraíso, una novela que se desenvuelve en el terreno de sus memorias de infancia, en el tiempo en que naturaleza y conciencia eran lo mismo. En ella, dice, se propuso contar “las sensaciones de antes de crecer, cuando la memoria no embellece la verdad. Porque más tarde “parece que uno quiere embellecer su pasado, pero no es así: es que la memoria y la imaginación llega un punto en que se confunden“.

Nos había quedado pendiente saber si Vicent era de los que escribían en cuanto algo se les pasaba por la mente o de los que al que nunca carecen de ideas a la hora en que presiona el editor. Ayer quedó claro: lo suyo es la presión.

Antes de escribir otra novela anterior, La Balada de Caín, estaba, cuenta, volcado a escribir en el periódico. Viajes, retratos, reportajes: el caso es que “el acicate de la imaginación era la última llamada desde la redacción, ahí salía lo bueno (…) si hasta la columna del domingo acabé decidiendo escribirla el sábado de doce a una…” Total, que cuando le proponen escribir una novela para presentar al Nadal, descubre que, si no recupera la prisa de la preofesión de periodista, no saldrá nada. De este modo, esa novela, y también Contra Paraíso, son escritas a base de estética y sentidos, para nada afines a este oficio, y, sin embargo, aprovechando como fórmula la experiencia de reportero: cada tantos días, enviar al editor tantas páginas. Y seguir escribiendo sin releer lo anterior, hasta que la historia terminara. Igualito que la Historia del mundo que cuenta la prensa, entonces: a su ritmo, fugaz, disparatada y sin memoria más allá de lo inmediato.

¿Otras cuestiones de estilo? Dos importantes. Una ya la concluimos hace un par de días: “es importante evitar la batallita personal, elegir aquellas compartidas por todos”. En estos cuatro días, hemos visto que es posible y deseable contar el mundo a través de una historia muy concreta, toda la Historia en un cuento medianamente pintoresco.

La segunda, esa sí es deformación profesional de la parte periodista del maestro: “de noche, todos los filósofos son pardos; lo difícil es decir las cosas claras“.

Por lo demás, ayer y hoy sí han sido ya sin más Literatura, porque lo de que la claridad y la belleza o las ideas no tienen por qué estar necesariamente en guerra también es uno de los mandamientos que nos llevamos de Santander. Pero aunque nos ha quedado claro a todos que las fronteras entre géneros son difusas, lo cierto es que los cuentos de hoy (los devaneos saxofonistas de la Balada de Caín; “la maldición de crecer, el nudo de la infancia, que se deshace a lo largo de la vida” de este Contra Paraíso; los ritos iniciáticos para una vida que reúne Tranvía a la Malvarrosa; los nombres resonantes -Pasionaria, Solanas y Bustelos- que paseaban por el combativo Jardín de Villa Valeria; el modo en que el amor cambia de dueño en Cuerpos sucesivos; las olas -o tan mitológicas al cabo- de Son de mar) no vienen tanto a cuento por aquí. Probablemente tampoco los de la última sesión, “La experiencia cinematográfica”: los problemas de ir escribiendo un libro pensando en que sea película – “en cine, cada adjetivo cuesta tres millones (…) si piensas así, en vez de un submarino acabas poniendo una zodiac”-, o los de que tu libro se haga fotogramas (pasó con su son y su tranvía); las leyendas de rodaje.

Mejor, supongo, hacerse eco de aquel consejo que decíamos ayer, y parar antes de seguir sin rumbo. Los dos últimos días la labor no ha ido hacia el córtex, pues, sino a esa otra mente que se ocupa de crear lazos entre seres racionales. Los psicólogos tienen claro que se aprende mejor lo que se recuerda con sentimientos que apetezcan: cuatro días de cuentos y verdades de un escritor que a mí me sigue pareciendo un marinero acumulan sin duda muchas lecciones que se graban mejor que todas las asignaturas de las que nos hemos examinado hace apenas un par de semanas.

Ya se acaba esto de desayunar al lado de Goytisolo o Subirats, de tener entradas gratis para casi todo lo que ocurre en la ciudad con el carnet de alumno, de que en los pasillos no haya quien no quiera siempre hablar de algo. Uno se va con esa ilusión que a veces flaquea bien repuesta, con una voz certera en mente y con ganas de escribir todas las historias que quepan en las páginas de un mundo.

La Universidad era esto, ¿no?

En fin, al menos en vacaciones se encuentra.

 

(Más fotos de todo esto, en nuestro huequito Flickr, por cierto. Ahora, a recoger mi alma en alguna ciudad, unos días de descanso absoluto: como os decíamos… ¡paciencia! El ritmo habitual volverá pronto. .)