Cuando los aruacos, los primitivos habitantes de Cuba, empezaron a dar forma en su extremo oriental a una ciudad, le pusieron el nombre de Baracoa, “la presencia del mar”. Y por estar junto al mar estuvo en el lugar en que atracaron los españoles al llegar a la isla, y se convirtió en la primera villa fundada en este nuevo territorio y su centro político y religioso. Pero cuando el adelantado Diego Velázquez trasladó, unos años más tarde, su residencia a la cercana Santiago, el aislamiento de Baracoa llegó para quedarse.
Durante siglos, su situación y malas comunicaciones la mantuvieron aislada del resto de la isla. Aun hoy, el acceso a la ciudad es en sí una odisea que serpentea entre montañas y puentes colgantes, a través del llamado viaducto de La Farola.
La huella de ese aislamiento no sólo se deja ver en lo peculiar de calles y edificios. Hay algo más, un poso en el aire, que da a la villa primada un sentido especial, una personalidad que escapa a todas las tipologías que puedan encontrársele al país.
Cuando llegué allí pensé en Macondo. En realidad pensé porque en la ciudad sólo hay tres fábricas, y una es de hielo. (Las otras dos fabrican chocolate y dulce de coco, respectivamente). Pero también podría haber pensado por los colores de las casas y la calma de la gente sentada en sus puertas. Pensé en Macondo, que es como decir que pensé en en el realismo mágico que rezuma cualquier pueblo sudamericano que linde un poco con el Caribe y al que queden fuerzas para pedalear entre partida y partida de dominó.
Pero lo cierto es que, si se intenta encajar en el molde que funden los pueblos rurales en países vecinos, Baracoa resbala y se escapa. Y es que allí no hay nadie que no tenga que comer.
Por ser un ecosistema tan pequeño y puro, en esta ciudad los logros de la revoución se ven muy bien.
A media mañana de un día cualquiera, la tienda de ultramarinos -¿cómo se llaman allá?- se ve vacía. Sus estantes desnudos angustian. Pero un par de días al mes, los que toca, los camiones llegan y la bodega se llena. Es entonces cuando todos y cada uno de los habitantes de la ciudad pueden acudir allí con sus libretas de racionamiento -racionamiento que, recordemos, no es capricho del régimen sino imposición de la escasez que se sufre por, entre otras cosas, el bloqueo- y llevarse a casa lo que corresponde según sus necesidades. Tanto de arroz, tantos frijoles, tantos huevos. Tanto de leche si hay niños, la pastilla de jabón de cada uno. En Cuba, el salario mínimo permite adquirir todos los bienes necesarios para subsistir. Y nadie está fuera o por debajo de ese salario: jubilados, impedidos, todo el mundo cumple un papel en la sociedad, y recibe a cambio el dinero que le corresponde. Hasta los estudiantes universitarios, si no dependen de sus padres, tienen derecho a él.
De ahí en adelante, sí hay diferentes sueldos, claro. Como en todas partes. Un neurocirujano no cobra lo mismo que un auxiliar de enfermería. Pero ese “plus” de dinero en ningún caso urge: lo básico está cubierto. Ése lo que hace es facilitar unos, digamos, lujos. Y quizá sea este momento para recordar que al hablar de nivel de vida es necesario cambiar los ojos y mirar las cosas con los de allá, baremar según sus valores y contexto.
La cuestión es que el día que toca reparto, todos y cada uno de los ciudadanos de Baracoa pasan por la pequeña tienda de la calle central y llenan su despensa.
Y no es sólo comer. En una esquina no lejos de la plaza central está el hogar de las embarazadas. Las jóvenes que estén a punto de dar a luz pueden acudir allí un mes antes del parto, y quedarse un mes después. Así se asegura que estén bien alimentadas, que tengan tiempo para cuidar de sí mismas y del pequeño que viene. Se sientan en sus mecedoras mirando a la calle, leen, descansan.
Y es que dicen que en Cuba la muerte de un niño es la mayor de las tragedias. Ellos sí que son los protegidos del régimen. Como quería Platón, durante la infancia uno pertenece a la comunidad, el niño es de todos y todos se alían para que le vaya bien. Por ejemplo, en el país hay escasez de leche y de carne de res, pero la casa en que viva un niño recibe puntualmente su buena ración. Ningún vecino se negaría a cuidar al crío de otro en cualquier momento, en criarlo incluso si fuera necesario.
Por no hablar de las escuelas. En lo alto de las montañas, en los pueblos más recónditos, en todas partes uno encuentra una escuela, así sea para tres alumnos; y los campamentos donde esos pequeños “pioneros” se entrenan para parecerse a los héroes nacionales salpican el paisaje de la isla. Todo lo que tenga que ver con la educación se cuida sobremanera. La Universidad es accesible para gran parte de la población, y se cuenta con multitud de ayudas para poder estudiar fuera de la propia ciudad, o para hacerlo a la vez que se trabaja, o cuidando al tiempo de una familia. Y para los menos aplicados, una suerte de formación profesional con la que el Estado se encarga de que cada cual reciba una formación adecuada a sus capacidades.
El buen funcionamiento del sistema educativo, como el del sanitario se basa en gran medida en una fuerte conciencia de lo social, en una mentalidad moldeada desde pequeños para servir a la comunidad y poder recibir lo que ella ofrece. Los primeros años de trabajo, por ejemplo, hay que ponerlos al servicio del Estado. Eso supone ir al lugar que a uno le toque y cumplir la función que más falta haga -sea dentro del país o fuera, como está ocurriendo últimamente con contingentes de médicos enviados como cooperantes a distintos lugares-. Este servicio se entiende como una retribución al país por la inversión que ha hecho en uno.
Esa mentalidad es en sí un logro. El cubano es un pueblo convencido de los ideales en los que vive, convencido de que “otro mundo es posible”. Habrá tiempo a hablar de consignas y contradicciones, pero lo cierto es que la gente de la calle, en general, cree en los valores que sirven de pilar ideológico al régimen, y su ilusión por ellos es firme hasta el punto de desafiar las evidencias. Se agarran contra viento y marea a la convicción de que la revolución, su revolución, es el mejor de los modos de vida.
En Baracoa, esto es cierto. Este pequeño Macondo junto al mar, aislado sin que le importe, unido al mundo de las otras cosas por once puentes colgantes, es una isla Utopía donde las cosas van bien.
Si toda Cuba es un mundo aparte, especialmente este pedazo se me aparece como aquel poblado en el que vivía Astérix:
(…) Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil (…)
Sobre el pueblo de Asterix había una lupa. Uno se va de Baracoa con una sonrisa
amarga. Por un lado, al mirar con la lupa ve que las ideas podían funcionar, y que a ese lado de los puentes colgantes casi existe la Utopía. Por otro, retira la lupa y ve que funciona por microsistema, por aislado. Como un ensayo de probeta que se mantuvo puro por circunstancias inducidas.
Pero qué bueno si cada aldea fuera un reducto resistiendo ahora y siempre al invasor. Qué bueno si cada pueblo de África, de Ámerica, tuviera una bodega que se llenase puntualmente dos días al mes.
(La misma realidad admite siempre distintas palabras. Ricardo Menéndez Salmón, un compañero en este viaje, publicó ayer en El Comercio las que para él cuentan la que encontramos en Cuba. Os recomiendo que os paséis a verlas, su mirada siempre estaba atenta a huecos insospechados).
“Que bueno si cada pueblo de África, de América, tuviera una bodega que se llenase puntualmente dos veces al mes”… Un amigo me decía que no se puede apoyar un régimen en que uno no pueda leer lo que quiera. Y tiene razón, aunque quizá antes habría que garantizar que todos sepan leer. Pero no es sencilla la cosa, porque no se debería apoyar tampoco ningún sistema que generara desigualdades, ningún sistema en que un niño no tuviera educación, ningún sistema que permitiera vivir sin techo, ningún sistema en el que hubiera niños esclavos, ningún sistema… Creo en el valor de la libertad, pero casi estoy por creer antes en el valor de “las necesidades básicas” cubiertas para toda la población. ¿Podrán ser posibles las dos cosas?.
Que bueno si cada pueblo de Europa tuviera, para toda su población, una bodega que se llenase puntualmente dos veces al mes. Ana
¿Son cosas mías o este post tiene un tono completamente distinto al primero de esta saga?
Disfruta del viaje Laura
Carlos, ni pretendo echar por tierra ni ensalzar nada. Sólo contar lo que vi durante dos semanas allí que, si algo hicieron, fue llenarme la cabeza de dudas y contradicciones. Quedan tres jornadas: si sigues leyéndolas habrá cosas que te muevan a comentarios como este y a comentarios como el otro. Pero me gustaría que llegaras conmigo hasta el final del viaje para copnocer completa mi visión. Y entonces, me encantará debatirla contigo, aquí o con unas cañas. Pero no esperes ni medallas ni sepulcros: si mis ideas tuvieran una dirección clara, si no dudara, entonces probablemente no dedicaría mis horas a escribir de viajes sino a militar en donde correspondiese. Pero no es así, y sólo sigo preguntándome sobre todo esto, sobre qué y cómo pensar…
Y Ana, por las moismas, qué bueno si hubiera un sistema sin contradicciones ni desigualdades. Qué difícil admitir que todos los que salen adelante contienen la renuncia a algo fundamental para ser lo perfecto. Qué complejo establecer la proridad sin caer en la duda. Qué duro ampliar la lupa y ver que los reductos entran en conflicto con sus fronteras. Qué complicado todo.
“TODA metáfora enmascara la incertidumbre del conocimiento. Cuando el conocimiento no es perfectible, sino cartesiano, no precisa de metáforas”.
En La Calzada que ye un barrio obrero de Xixon,,no entendemos que quier decir eso,,,asi como vamos a poder decir que las revoluciones son de todos y no solo de una élite leida y refalfiada??
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allí no hay nadie que no tenga que comer.
Por ser un ecosistema tan pequeño y puro, en esta ciudad los logros de la revoución se ven muy bien (…)
todos y cada uno de los habitantes de la ciudad pueden acudir allí con sus libretas de racionamiento
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Como quería Platón, durante la infancia uno pertenece a la comunidad, el niño es de todos y todos se alían para que le vaya bien
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Los primeros años de trabajo, por ejemplo, hay que ponerlos al servicio del Estado
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la gente de la calle, en general, cree en los valores que sirven de pilar ideológico al régimen, y su ilusión por ellos es firme hasta el punto de desafiar las evidencias
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Humm, sólo una pregunta. O mejor dicho, dos:
-Te gusta lo que has visto, sinceramente?
-Prefieres eso a España? Vivirías allí sin problema alguno?
[...] Yo sigo diciendo lo mismo que decÃa entonces. Creo. [...]