La Universidad de verano es quizá la Universidad que uno querría en invierno. Tras un año de dudar y protestar en torno a la Complu, en un julio que se supone útil para aclararse yo he venido a Santander a que me cuenten historias.
La Universidad que uno querría encontrar cuando llega a otra ciudad en el septiembre de los dieciocho años, entonces. Se trata sólo de un grupo pequeño de gente, veinte o treinta, que, de entre una lista amplia, escogen con quién quieren aprender. Buscan una asignatura o un tema acerca del cual estar charlando una semana con alguien que les parece que puede enseñarles lo que buscan. Charlando una semana quiere decir clases-coloquio mañana y tarde, comedores donde los profesores se mezclan con los alumnos. Profesores quiere decir los tuyos o los de otros: tal vez el ejecutivo del programa de calidad de la primera planta o los juristas chiflados del cuarto. Alumnos quiere decir gente que aterriza en un aula porque realmente le interesa lo que se cuenta, sean jubilados o doctorandos, fans del ponente o estudiantes confusos. Quiere decir que toda la gente es de fuera y comparte cuartos y paseos con desconocidos, que no hay quien no busque la manera de colarse en alguna clase más que las suyas (¡!), por ver qué se cuentan los otros. Por ósmosis también se aprende.

La Universidad Menéndez Pelayo sólo funciona en verano. Es un palacete en un parque, sobre una colina, mirando al mar.
Pero yo he venido, decía, a que me cuenten historias. De la lista en cuestión me decanté por el curso impartido por Manuel Vicent. Quizá porque estoy de vacaciones y me apetece que me hablen del viajes e islas. Quizá porque quiero saber cómo amar a dos y no estar loca: del curso espero salir con una ligera idea de cómo se las apaña este señor para haber vivido tantos años a caballo entre el periodismo y la literatura y aun así conservar voz de cuentacuentos y mirada de marinero.
Las primeras sesiones, las de ayer, eran una búsqueda de los motivos que le llevan a uno a escribir. “¿Qué es lo que hace que a alguien de pronto le dé por meterse donde no le llaman de tal manera?”, se preguntaba el ponente. Historias de infancia, novelas vividas, libros encontrados, cuentos que nunca se lograron encontrar. Al final, los motivos de casi todo el mundo son los mismos, a la hora de empezar con este lío de poner palabras a las cosas: la necesidad de inventar un mundo que no se encuentra. “Un escritor es un tipo que, ya que no sabe hacer nada, decide que va a salvar a la Humanidad”.
Con su estilo que media siempre entre la ironía y las imágenes de delfines azules, que sabe recortar en el aire siluetas de personajes que alguna vez vivieron, que se las apaña para que nadie respire en una hora y que todos se rían cada cinco minutos, Vicent sigue repasando una vida en que todo conduce a los libros para contar su llegada a Madrid, “una ciudad en la que, si nadie quiere morirse allí, debe ser por fuerza una ciudad para vivir”, el Madrid de los 60, con su Gijón y su Boccaccio y sus tantos escritores borrachos, poetas malditos. Y así llegamos al fotograma narrado que casi tenemos en la cabeza al escoger este oficio: las primeras noches en un diario que pasa la censura, que cuenta lo que puede, donde los periodistas nunca están pero siempre cumplen, donde la pasión por contar lo que pasa desborda los peligros y las cárceles.
Y es contando esos inicios periodísticos como llegamos a la pregunta que planteábamos: ¿cómo el que quería escribir ficciones, el que ganaba premios de novela, se traslada a los entresijos de un diario apresurado? Dice Vicent que lo que le gusta de la prensa es el tempo, los ritmos. El que la gente lea las palabras de uno mientras vive la realidad, en el metro o el desayuno. Que el hecho de que al día siguiente hayan olvidado tu artículo te mueva a estar siempre escribiendo, para que no te olviden del todo. Por la cura de humildad de “ver un domingo en un café que alguien está leyendo tu columna y…. vaya…. dobla el periódico antes de haber llgado a la mitad…”
Cree que la belleza cura, que detrás de la destrucción está lo que puede salvarnos. Por eso, si las cosas se cuentan bonito, se llenan de la luz que se trae de los mares de Levante, sí que se puede salvar a la Humanidad como sueña todo niño que escribe.
“Si pudiera escribir literatura en este soporte, cotidiano y que se mueve…”
Aunque el coloquio sigue hablando del mercado del libro en la economía de mercado, de best-sellers y caras be, de “hay autores, obras, que no venden nada pero son los auténticos: qué tiempos aquellos en que no vender era un timbre de gloria”; para alguien que ha venido aquí a averiguar cómo amar a dos y no estar loca, y a que le cuenten historias, la charla se queda suspendida en esa frase llena de ironía, delfines azules y voz de marineros cuentacuentos.
(Hoy las clases irán de vivencias de periodista. Mañana, de relatos de viajes. Pasado, de novelas y cuentos. A ver si averiguamos o no recetas, aunque sea por ósmosis.)
Qué sana envidia por el curso y por la ciudad! El fin de semana estaré por allí visitando a la familia. Saludos. Tíscar.
La verdad es que resulta envidiable…
Me temo que no coincidiremos, el viernes a media tarde me estaré yendo… ¡Disfruta también por aquí! Saludos.
casino bonus no deposito…
At this point jeu du poker giochi seven card stud inlinea…
Of course, what a magnificent site and educative posts, I definitely will bookmark your site.Have an awsome day!
Just right with this particular post, I really think this web site would like rather more thing to consider. I will probably be once again to see far more, many thanks for which info.