De la sierra a la Costa: Guantanamera (Mitos y ritmos de Cuba III)
(Seguimos viaje. Los incidentes tecnológicos nos han tenido unos días parados, como si de un huracán -de los de aquí o de los de allá- se tratase. ¡Pero ya pasó la tormenta! Regresen a sus asientos, el bus arranca de nuevo…)
Guantanamera. Es difícil, para todos, amoldarse al paso del tiempo; ir cambiando lo que haya que cambiar sin que el eje cambie, mientras pasan los años. Guajira guantanemera… En Cuba siempre suena la música. En cada esquina, restaurante o soportal hay un par de soneros poniéndole, al tiempo que pasa, buena cara. Cuando empiezan su repertorio, hay tres canciones inevitables. Hasta siempre Comandante. La Yolanda de Pablo Milanés. Y eso: Guantanamera.
Aunque en un tema tan cantado hay mucho que decir, y las leyendas se cruzan, las historias populares suelen coincidir en que, cuando Cuba era una tierra de casinos y hoteles por donde las mafias se movían a su antojo, Guantánamo era uno de los puntos fuertes de ese mundo; y en que esa canción que todo el mundo conoce, Guantanamera, fue la ofrenda del cantante a una puta de uno de esos casinos. Que se enamoró y la sacó de allí. De ahí la primera versión, la Guantanamera de Joseíto Fernández, con sus flores y sus buenas intenciones.
Guajira guantanamera. Si uno llegase a Cuba sin saber nada de su historia, quizá diría que la revolución acaba de producirse y justo ahora se están dando los cambios. Por todas partes consignas, pintadas en los muros o en enormes carteles, por todas partes “viva Fidel”. Por todas partes los héroes de la patria, los héroes en postales, los héroes en banderas, merchandising, museos. Cuando la Guantanamera se fue popularizando, se extendió la costumbre de que cada cual la cantase con la letra que le viniera en gana, como los viejos romances. Y alguien tuvo la idea de adaptarla a unos versos de José Martí, padre de la patria. De lirios y jazmines pasamos a muertes heroicas. Igualito que en los campos ahí a la orilla del arcén.
Hoy Guantánamo no es una tierra de casinos y cabareteras. Ni de lirios y jazmines. Ni siquiera de héroes de boina y estrella. Hoy Guantánamo, ya se sabe. La ciudad es un páramo de casas semiderruidas y grisáceas. El autobús la atraviesa como a esos pueblos fantasma que ocultan todo clase de secretos. Las dos veces que pasé por ella, llovía. Se sale de la ciudad y el campo está vallado. “Este es nuestro territorio, este el de ellos”, explican. Señales de peligro apartan la curiosidad de las vallas. Al fondo, junto al mar, se intuye esa base norteamericana que se aferra a una cláusula constitucional no muy clara para seguir sentada en suelo priviegiado y exento de responsabilidades -ojos ue no ven…-. Un escalofrío acecha a la vuelta de una curva, cuando aparece la garita destartalada en que un jovencísimo militar cubano da paso -o no- a quienes viven en los dos pueblos que están dentro del cercado. Uno recuerda noticias, recuerda películas. Y el escalofrío se prolonga, se hace eterno, como los minutos al lado de las vallas, mientras se intuyen las siluetas militares, la torre, los aviones, mientras alguien explica “este es uno de los territorios más minados del mundo. Una vez más, el autobús recorre desde los márgenes una realidad que no soportaría ver más de cerca. Guantanamera. Guajira guantanamera. Quieran o no las cosas adaptarse a los tiempos, a veces los tiempos corren más, y la adaptación deja un saldo de minas, de campos fantasmas. Nadie podría cantar Guantanamera, en Guantánamo. Tal vez se llama nostalgia.
Hay una Guantanamera más, de las que conocemos. Esta vez cantada en celuloide. Esta deja atrás los cuentos, y también las leyendas. Es una historia irónica, crítica, que no sentó muy bien a Fidel. En ella, a un funcionario le toca enfrentar en carne propia las absurdas dificultades de uno de esos programas eficientes, uno que el mismo había diseñado: cómo trasladar a un difunto de un lugar a otro de la isla sin meterse en las competencias ajenas. El cortejo va de Bayamo a Santa Clara, encontrándose problemas, amores, pasados, trapicheos, pasos a nivel que se suben a mano si la guardiana no está demasiado ocupada. Como la vida misma. En los tramos de carretera, esta road movie a la cubana canta una Guantanamera diferente, igualmente llena de bromas entre estribillo y estribillo.
Por supuesto, de esa yo no oí ni una estrofa, allá en la isla.
De la sierra a la costa, en Cuba, uno escucha muchas Guantanameras. Y, como ellas, va bandeándose entre la historia, la leyenda y la ironía. Entre el son y el silencio del escalofrío.
De la sierra a la costa hay, sobre todo, consignas. La carretera la flanquean todo el tiempo frases revolucionarias, mensajes de apoyo al Comandante, moralinas e instrucciones. En las paredes de las casas, en el suelo, en pancartas que salen de entre los arbustos. Cualquier lugar es bueno para las profesiones de fe.
En Cuba no hay ni una sola valla publicitaria. Se agradece la ausencia de Motorola y Flex. Uno es feliz viendo consignas, tan bienintencionadas siempre. “Un mundo mejor”, se dice, contento. Ni Coca Cola, ni Dove: “viva Fidel”. Uno recuerda aquello que le explicaron de la diferencia entre propaganda y publicidad. Pega la nariz al cristal, observa todo con gran interés. Dos días más tarde, se ha acostumbrado a los nuevos carteles del paisaje. Trata de recordar cómo era aquello que le explicaron, la diferencia entre propaganda y publicidad. Mira los carteles. Parpadea confuso.
Por todas partes, los héroes. Castro, Cienfuegos, Guevara. Las postales de los centros turísticos son fotos en blanco y negro de los revoucionarios, de los discursos. Marcadores, camisetas. No hay ni un sólo museo que no sea, al menos un poco, museo de la revolución. Y luego están los otros héroes. Los de ahora. Por todas partes -sobre edificios, bajo ascensores, la frase: “los cinco héroes volverán“. Son cinco compatriotas detenidos en EEUU por presunto espionaje. De la sierra a la costa, ya se codean con el Che y con Camilo. Vuelvan o no, ya son parte del imaginario de los carteles.
Pasar por ciudades es, casi siempre, bajar de las nubes. Sigue habiendo carteles, en mercados o autobuses. Pero las miradas no siempre dicen exactamente lo mismo que esas letras. Hay veces que los niños sonríen. Hay veces que los adultos echan cortes de manga. Todas las consignas siguen insistiendo en que “patria o muerte, venceremos”. Pero han pasado ya cincuenta años. Decíamos que es difícil caminar al mismo paso que los tiempos. Decíamos que al llegar a la isla uno diría que la revolución acaba de tener lugar.
Los logros son muchos, pero no han pasado cinco años. Han pasado cincuenta. Y aunque todas las consignas insisten en que “la cultura nos hace libres”, ninguna librería ofrece textos más allá de Marx, Martí y García Márquez.
Historia, leyenda, ironía. En ninguna parte se escucha la tercera Guantanamera. Y el Che y Camilo están muertos, mal que nos pese -a nosotros y a las utopías-.
Llueve mucho, en Cuba. Las gotas de agua resbalan por el cristal y dan a la ventana del ómnibus un efecto de caleidoscopio. Los verdes, rojos, naranjas del paisaje se difuminan, se mezclan. Todas las ciudades podrían ser la misma. Y todos los carteles. De la sierra a la costa, va habiendo cada vez menos consignas.
La sierra son montes tupidos que escondieron a los revolucionarios. Pueblos pequeños por los que se sigue andando a caballo. Escuelas para tres niños en medio de la montaña. Hospitalidad y cascadas. Allí las pintadas son a mano y hablan de que otro mundo mejor es posible.
La carretera se asfalta cada vez más camino a Occidente. Los carteles son de imprenta y hablan más de Fidel, menos del pueblo. Ciudades fantasma y propinas al que te cante, guantanamera.
La costa son cayos y calas inmensas. Hay autopisas sobre el mar, las llaman pedraplenes, que unen los resorts con la isla sin que el tipo más frecuente de turista tenga por qué ver un solo cartel, del aeropuerto a la playa. Sin duda un negocio cómodo: el extranjero deja la pasta sin pisar la realidad. Uno se entera más tarde de que los cubanos no tienen permitido el acceso a estas zonas, dominio del peso convertible. Ni en Varadero ni en Cayo Coco verá usted un nativo, si no es uno que trabaje allí. Sigue sin haber vallas publicitarias, al menos, pero tampoco aquellas otras que decían que todos iguales.
Historia, leyenda, ironía. Guajira guantanamera.
En una pared de Santiago leí que “revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado”. En cincuenta años, creo, da tiempo a bastante. A lo mejor el problema es de concepto. Cuando “revolución” pasa a ser un estado de cosas, algo no marcha -cuando Juventud Rebede es un periódico oficial, algo no marcha-.
La tercera Guantanamera, la de celuloide, contaba en voz en off un cuento antiguo:
Obbatalá hizo la vida, pero se le olvidó hacer la muerte. Pasaban los años, y los hombres y las mujeres cada vez se ponían mas viejos, pero no se morían…La tierra se llenó de viejos que tenían miles de años y que seguían mandando de acuerdo a sus viejas leyes; los jóvenes tenían que obedecerlos y cargar con ellos, porque siempre habían sido así las cosas…

En una pared de Baracoa leí que Cuba nunca volverá al capitalismo.
¿Historia? ¿Ironía? ¿Leyenda?
Guajira guantanamera.
Guajira… No sé cuántas crónicas tienes pensadas, pero ojalá sean muchas. En cualquier caso, la de Hesperya estará a tu disposición en cuanto la tengamos en papel. No tardando. Guantanamera… Como si cinco años de revolución, como si no hubiera más interpretaciones que dos de la canción… Curiosa Cuba…
hola como estassi estas bien chau