El gran bazar
Todos los colores se encuentran en la misma paleta, que está boca arriba mientras las pinturas se van mezclando, poco a poco. Con mucho abanico y mucho tinto de verano (o rebujito) la feria de Almería va alcanzando su ecuador, y por lo tanto el lienzo se va volviendo anárquico.
Para el que viene de fuera puede resultar fatigoso, pues desde media mañana hay fiesta en Almería, y la hora de recogerse no la marca ningún reloj. En la feria de Mediodía luce el sol, que le da aspecto de realidad a una hipérbole de sentimientos aletargados el resto del año. La feria de Almería, en realidad, no existe. Y no porque los servicios de limpieza sean muy eficaces, que también, al menos en esta edición. El año pasado la ciudad permaneció sitiada por la piel muerta de la juerga, pero este año la diversión más o menos irresponsable tiene una conciencia (todavía) más frágil.
- Abanicos de todos los colores
Verdes: Como los que vende La Voz de Almería, Localia y Cadena Ser (ah! las promociones del papel de pago), que en estas fechas viven en continuo estrés. Varias horas de televisión y radio en directo, un cuadernillo especial que abraza a la edición habitual del diario (va dentro de la información de feria) y muchas fotos. Es la semana del año de más venta del periódico porque, si no sales en La Voz es que no has estado en la feria. Y todo el mundo quiere estar, y salir; claro. Además, hay decenas de actos que cubrir y mil personas a las que entrevistar. Es aquí donde se comprueba la verdadera identidad de un periódico local, con esfuerzos como estos. El periódico se vuelve más cercano, pegado a la gente… y busca ser el reflejo de la ciudad (casi todas las páginas del especial de feria van en color).
Amarillos: Las calles engalanadas se emborrachan también con cerveza en vaso de plástico, como todos los propios y extraños. La gran feria de agosto trae a muchos visitantes y a muchos retornados. Junta a muchas familias con miembros en la emigración, que han cruzado el charco que separa a esta provincia del resto de España, fundamentalmente de las grandes ciudades. También hay mucho ‘guiri’ que se lo pasa en grande reforzando sus prejuicios sobre España o simplemente disfrutando el momento.
Rojos: La afición taurina se deja sentir en la ciudad. Muchos han comprado sus abonos para toda la semana, donde torean maestros locales y foráneos. La plaza revienta con las oreja de Ruiz Manuel, el arte de ‘El Juli’ o Enrique Ponce. Ayer estaba Acebes, luciendo bronceado en un espectáculo que da repelús a la progresía y vigor a los patriotas, según a quién le salte la sangre, según quién escuche las estocadas.
Blancos: El postín y la política juegan un buen papel en la feria. En el recinto de casetas, hasta la CNT o el CSIF tiene la suya, muy cerquita de la de los bancos o las grandes empresas. Algunos, como los jóvenes comunistas, resisten colocando al Ché en la puerta y a la bandera tricolor en el corazón, bajo un paraguas que lleva bastante mal el paso del tiempo. El poderío del PP y el PSOE se ve en dos casetas enfrentadas, separadas por una calle, mientras los guardias de seguridad de la puerta se miran, ajenos al protocolo y los paseos en caravana de líderes locales y familiares adyacentes. El teatro político se escenifica, por una vez, en un espectáculo que sólo tiene una semana de función.

Azules: Mis preferidos, porque son los que llevan las parejas o grupos de amigos que escapan del tiempo y del trabajo para vivir el momento, con un brindis al sol, a la vida o a lo que tercie. Azules que hacen juego con el mar de Almería, que en estos días se enfría por los soplidos del Poniente, como si fuese una gran sopa. Las parejitas y los amigos (que me lío) aprovechan estos últimos días de agosto para festejar sin motivo, que es la mejor manera de festejar, igual que no hacer nada debe de ser la mejor manera de descansar. Por eso no pesan las ojeras, las voces roncas o las manchas en las camisetas. El motivo (esa feria que decimos es ficticia) no tiene fin concreto.
- Sol y luna
Sol de mediodía son las callejuelas del centro donde, vayas donde vayas, te gritan desde la nada fiestas y gente, mucha gente, tratando de invitarte. No es un cóctel para la élite (que es, paradójicamente, la que mejor se lo pasa), porque a veces suena el reaggeton o la estrella local de rizos perfectos, pero las tapas de migas o paella saben, junto a una caña o un tinto de verano, como si fueran viandas del mejor banquete griego. Las peñas de amigos se hacen camisetas para la ocasión, y no es difícil ver a los voluntarios de tal o cual obra social de gran calado (y bla bla bla) bañados en vino que sale de botas a toda velocidad. O al cura de turno dejándose seducir por el demoníaco silbido de la música. Todo es posible.

La luna, pese a su atrevimiento, acaba siendo la más tímida de todas, porque para atrevidos ya están los chiringuitos y casetas del recinto ferial, lejos del corazón de la ciudad y la feria del mediodía. Aquí todavía el enredo todavía es mayor. Adornos que no falten, a ver si cuela el cuento: millones de tómbolas, puestos de turrón (que aquí, como en toda Andalucía, preside el postre de las grandes comidas), atracciones de ruido ensordecedor o casetitas donde muñecos articulados te ofrecen vino de batalla. Y luces, muchas luces, que hacen pensar que las fiestas de pueblo permanecen en la misma forma durante siglos. Creo que las tómbolas (y las voces de los tomboleros, que son siempre idénticas unas a las otras) tienen éxito desde que los dinosaurios gobernaban los destinos del planeta. La feria de noche es más bien una metáfora, que hace seguir creyendo al visitante en la inocencia de la fiesta de algodón de azúcar o de churros llenos. Eso sí, siempre que se lleve la cartera llena. Por lo demás, la feria de noche está llena de casetas, de asociaciones, hoteles, partidos, medios, discotecas, donde la gente (más o menos joven) funde un poco de su noche, haciendo vida social, política o simplemente divirtiéndose. Hay algunas, como la de Localia, que tienen parqué, mesas, sillas pijas y hasta aire acondicionado. Nadie dijo que fuera discreto.
Día tras día, los colores se van mezclando, gastando, y tras diez días de feria, llegará el momento en que el batiburrillo de pigmentos sea tal que haya que ir pensando en una nueva paleta y unos nuevos colores para el año que viene. Eso sí, comprados en la misma tienda.
(Ya sé que es largo, pero estando donde estoy, era necesario. La primera y la tercera de las fotos son del gran Fran Leonardo, un científico de la fotografía y capturador de realidades y emociones; la segunda es de Ricardo García, una joven promesa).
Por lo que veo me equivoqué de semana. Estuve el pasado finde en Almería y disfruté mucho con el inicio festivo. Me gustó mucho que la marcha no sólo estuviera en las callejas del centro-centro, sinjo se extendiera desde el Paseo a la Rambla. Había un gran ambiente, pese a los desfasados de siempre.
Un saludo
Me gusta la feria en Almería, aunque es un trote del copón. La ciudad parece tomada por no sé qué espíritu, que innunda todo, desde la mañana a la noche. Desfasados, pues bueno, es lo de siempre. Un placer tenerte por aquí!