Historia de tres ciudades (Mitos y ritmos de Cuba IV)
Gina, una mujer que conocí allá, repetía, cada vez que contaba una historia, que los cubanos son “ingenieros en la casa y en la calle”. A los supervivientes siempre les toca aguzar el ingenio: muchos tiempos de escasez y derrotas a plazos han entrenado en Cuba las ideas para que nadie se quede ya parado ante los problemas. Nunca faltan remiendos sencillos que poner a los rotos más irremediables.
El caso es que hasta los reductos con más carácter tienen, decíamos, que adaptarse de un modo u otro a los tiempos que corren -o vuelan-. Si algo se le presenta a Cuba es un futuro incierto. E igual que a sus habitantes cuando enfrentan huracanes y embargos, le va a tocar sacar fuerzas de la flaqueza para encajar maneras de ir tirando.
Ya lo hace. En todas las esquinas se inventan maneras de sacar unos pesos extra, artimañas que al cabo son el entrenamiento para la nueva época que va estrechándole las fronteras.
Santa Clara, Trinidad y Cienfuegos son tres de las villas centrales de Cuba. En ubicación, en historia, y en suerte. En cada una de ellas, los años que pasan juegan de una forma diferente. No son Varadero. Mantienen las grietas de sus cristales, la dignidad de sus sonrisas, la lentitud de sus movimientos. Pero ahí andan, sobre la cuerda floja, inventando a su modo remiendos para el siglo XXI.
Empecemos por Trinidad. Una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad tiene que tener las piedras muy bien puestas. Viajar allí no es ir de playa caribeña, exactamente. Sin embargo, el modo de viaje que acoge una villa con título no difiere mucho del que ofrecen los packs de vacaciones. El turismo, por supuesto, está presente en casi todas las opciones de adaptación -el aislamiento se revela cada vez más imposible y en esta isla hace sol-; pero de las tres historias, es la de esta primera ciudad la que más se parece a lo que podríamos llamar una invasión del mundo de afuera en toda regla. Es como Santillana del Mar, como Carcassonne, como Erice. Preciosas ciudades en alcanfor, decorados brillantes que saben a cartón piedra. En Trinidad, como en aquellas, todo es perfecto, todo adoquines, todo colores. Hasta el hombre del burro se para en la esquina que debe. Uno camina entre casas coloniales, ve la iglesia católica y la capilla del santero, prueba el cóctel del lugar, come donde debe. Pasa el calor adecuado, se mete en los charcos exactos. Y de pronto, a la vuelta de la esquina, se encuentra un mercadillo de artesanos.
Los souvenirs tienen, en todo el mundo, la extraña capacidad de ser iguales. La torre Eiffel y la de Londres pueden intercambiarse en imanes y camisetas sin mayor perjuicio. En los mercadillos cubanos de recuerdos, cambia el soporte, pero no el concepto: son maracas, gorritas y collares de cuentas los que sostienen los símbolos. Por lo demás, lo de siempre.
El mercadillo debería tener el contratiempo de romper el decorado. Sin embargo, parece que en las ciudades de alcanfor los souvenirs resultan aderezo indispensable.
El caso es que esa es una opcion, una ciudad, una historia. Disecar un pasado que vende y conservarlo ahumado entre mercadillos y merchandisings.
Luego está Santa Clara. Es, podría decirse, uno de los pilares del régimen, en todos los sentidos. Es conocida como la ciudad de la guerrilla heroica, porque en ella se libró la batalla que marcó la caída definitiva de Batista. En una de sus plazas centrales, un monumento recuerda al tren blindado que los revolucionarios hicieron reventar para que ni un refuerzo llegara adonde no debía. Además, hoy por hoy, Santa Clara es uno de los centros universitarios del país. Pero, sobre todo, la villa es central porque se ha convertido en la patria póstuma del Che.
Es cierto, como decía antes Dani, que la imagen de Guevara ha dado vuelta a sus significado para convertirse en logo comercial ad hoc de casi todo. Yo me temía, camino a Santa Clara, encontrarme delante del mausoleo una tienda con la imagen de Korda repetida hasta una saciedad insoportable. En realidad, ni siquiera lo temía: lo daba tan por hecho que ni me planteaba que fuera a ser de otra forma.
Sin embargo, el alcanfor con que se eterniza el pasado en Santa Clara no es del mismo tipo que el de Trinidad. El respeto a la figura del Che es máximo, Aleida no tendría queja.
El mausoleo alberga una exposición donde ni siquiera se pueden sacar fotos, y un silencio que impone más silencio. La tumba guarda los principios por los que se visita: está camuflada entre otras muchas de sus camaradas muertos, todas con el retrato y el nombre por el que se conocía, con un lirio blanco junto a cada nicho y una llama eterna a los pies de todos. Afuera, lo farónico, el monumento inmenso, las frases lapidarias de Martí. A los pies de la piedra, brigadas de jóvenes, quizá de excursión, comiendo sus bocadillos. Carteles enormes que dicen “queremos que nuestros hijos sean como el Che“. Y ni una postal, ni una camiseta. Ni un guía, ni un ticket, ni una consigna. El mito, el icono de los utopistas, se puede seguir creyendo. Uno casi olvida su conversión a marca comercial. Casi se olvida de su cara, de hecho. De pronto sólo piensa en el Congo, sólo piensa en Bolivia. Sólo piensa en que, icono o no, algo dijo.
(Luego también piensa en qué son los héroes. En que lo mismo de no haber muerto ahora sería otra duda. En que Fidel también luce así en las fotos de la guerrilla, cuando las intenciones no habían tenido tiempo de volverse realidades.)
La segunda historia de ciudad es, entonces, otro alcanfor. En este caso uno que pasa por ideas. Que no hace maquetas lindas sino el recuento de lo que hizo de Cuba un mito que hasta puede no caer, si se trata con cuidado. El respeto de los héroes y lo que aun debe intentar soñarse.
Por fin Cienfuegos, regresando a la costa. Allí, en un palacete convertido en restaurante con marisco, canta cada noche Carmencita Iznaga, una especie de Celia Cruz sin tanta fama. Si uno llega de mañana, la encuentra sin arreglar, pintándose compulsivamente los labios antes de sentarse al piano. De la caja saca, haciendo vibrar las cuerdas, bolsas de plástico llenas de cosas. Rebusca, encuentra un recorte de periódico de una vez que cantó en Moscú, de una vez que llegó a París. Y luego canta, coqueta, tira besos a los hombres que se crucen. Si alguien le compra un CD, se emociona y da las gracias más escandalosas de la ciudad: “¡cuántas cositas voy a comprarme yo con esto, reina!” Aquí no hay alcanfor que valga: la reina del cabaret cienfueguino podría, ya que se pone, cantar a Sabina: no habrá revolución, es el fin de la utopía… que viva la bisutería.
Sin embargo, en la plaza de la ciudad se vive una ciudad bien diferente. Un ejército de batas blancas invade los bancos del parque. Es la graduación, nos explican, de una promoción de medicina. Eso no es poca cosa, allá. Se parece más a una reunión de embajadores. Cuba tiene un programa de estudios que permite a jóvenes de otros países de Latinoamérica ir a su Universidad, si en su país no pueden permitírselo. Estos estudiantes son acogidos en iguales condiciones que los nativos, son subvencionados y casi mantenidos por el Estado durante el tiempo que dure su carrera. Además, en titulaciones en que sus facultades tienen un prestigio, como es Medicina, hay gran afluencia de alumnos incluso europeos o estadounidenses, que sí se pagan sus años allá (y con ellos, imagino, los de estos estudiantes con menos recursos). Pude escuchr un trozo de la ceremonia de graduación desde una esquinita del teatro Terry. Los estudiantes extranjeros daban un pequeño discurso al recibir su título. El agradecimiento a Fidel, la adhesión al comunismo, la convicción en los valores que permitían la solidaridad que los tenía allí eran genuinos. Lógica y evidentemente. Programas como este permiten seguir creyendo, al menos durante un rato. Esos estudiantes, al volver a sus pueblos, pueden prestar un servicio del que habría carencia si no pudieran haberse formado fuera. A cambio, llegan imbuidos de unas ideas determinadas.
No hay alcanfor en Cienfuegos. En su plaza está más claro el mundo de fuera, se oyen otros acentos y se intercambian jóvenes y ciudades. Es otra opción, otra historia, ocupar un lugar en el contexto, cambiar de atalaya. Es quizá la que más se parece a renovarse, a prepararse con propias armas para el cambio.
Ante el futuro incierto, hay sin duda muchas vías que pueden tomarse, sin caer en rendición ni Varadero. Hacer maquetas que resulten bellas y atraigan al dólar y a la Unesco. Guardar en urnas los principios y hacerse un feudo del pasado más glorioso. Adaptar a las nuevas necesidades las viejas propuestas, y hacer de las capacidades una buena baza. Tantas opciones como ciudades e historias, si no se juega al todo-o-nada.
¿Que se corre el riesgo de ser Carmencita, de cantar a coro con Sabina El Muro de Berlin? Pues sí, siempre. Pero en Cuba yo vi en una iglesia una batería a la que no faltaba ni un detalle para el rock.
- ¿Y esto?, pregunté.
- Hacemos las misas más amenas, cantamos rock para que los jóvenes vengan.
- ¿Y vienen?
- Mucho. Son muy creyentes acá.
Loa mayores también, por cierto. Mezclaron la Biblia con sus viejos santos africanos y se montaron a su gusto una religión convincente.
¿En un país comunista?
Claro, ya saben. Ingenieros siempre, decía Gina. Ni Dios renuncia a ir tirando.

(Y llegados aquí, sólo nos queda una jornada… Mañana, señores, desembarcamos en la Habana, con una canción en los labios.)
Consuela, quizá, que no haya en Santa Clara la típica tienda de museo, con reproducciones y souvenirs diversos. Consuela bastante…