No me entristeceré si Sadam Hussein muere en la horca, tal y como indica la sentencia que le ha condenado por el asesinato de 148 paisanos (chiíes) en 1983. Nadie lo hará.
Supongo que no habrá quién lo llore, fuera de una comunidad (la chií suní), desorientada tras la marcha de un líder que les dio el poder siendo minoría.
Hussein ha hecho méritos, durante toda su vida, para una dura sentencia. Eso es lo que nos han contado los medios de comunicación, sobre todo desde que EEUU decidió invadir Irak en base a pruebas falsas.
George Bush considera la sentencia “un hito” enmarcado en los “esfuerzos del pueblo iraquí por cambiar el mandato de un tirano por el mandato de la ley”. Estas declaraciones supusieron un breve respiro en la campaña electoral marcada por Irak.
El presidente de los EEUU no quiso hablar mucho del tema, consciente de que se juega en esta campaña la cara y su credibilidad (ya muerta en Europa).
La pena de muerte es una salida muy fácil para Sadam, aunque se le haya negado el dudoso honor de morir en un pelotón de fusilamiento en vez de en la horca, la pena que él solía aplicar.
Una salida tan fácil como demandada por las víctimas para su consuelo. Tan demandada como injusta.
No es casualidad que hoy haya elecciones en EEUU. Tampoco que no sean los iraquíes los que juzgan, como dice Bush, sino los tribunales impuestos por un gobierno impuesto por EEUU.
Se ha escrito mucho sobre el tema. Me quedo con José Luis Barreiro en La Voz de Galicia:
Un tribunal títere, al servicio de un Gobierno títere, y bajo el control de una potencia invasora, acaba de condenar a muerte al ex dictador Sadam Huseín. Y así culmina, para vergüenza de Occidente, la operación liberadora con la que hemos distinguido la Mesopotamia. [...] En términos absolutos la muerte de Sadam puede quedar asimilada a una venganza necesaria, o a una operación política que impide la vuelta atrás del disparate iraquí. Pero, hablando en términos conceptuales, el hecho de ahorcar al dictador iraquí es la evidencia de que no existe Justicia internacional, y una invitación a que los pueblos más humillados -¡que razón tenían los serbios!- manden a tomar viento a un tribunal como el de La Haya que, sobre el hecho de no atreverse más que con los pobres y los derrotados, ni siquiera tiene arrestos para poner de manifiesto la rebeldía americana ante los balbuceos de la Justicia mundial.

Daniel, yo sí me entristeceré.
Yo no. Claro que no me parecerá bien que lo maten, claro que todo ha sido un teatro, pero me parece ingenuo pensar que habrá mucha gente que se entristezca por la muerte de Sadam. No se derramarán muchas lágrimas, no habrá ningún sentimiento de melancolía. Eso sí, las cosas así no se hacen. Saludos!
Mentiría si dijese que sí me entristece el ahorcamiento de Sadam, pero, pese a que pueda o no ser el caso, me pregunto que dónde está la justicia, ya no hablando a nivel nacional, sino a nivel mundial.
El poco derecho que ando estudiando, me dice que lo justo o lo injusto no lo marca nadie más que nosotros, con lo cual la justicia no es más que algo subjetivo, donde se puede llegar a esconder la cobardia, donde nos escondemos y nos tiramos a la via más fácil.
Conclusión: no me parece que las cosas se deban hacer así.
Sólo una corrección, Daniel.
Son los sunnitas la comunidad en minoría y principal defensora del régimen de Saddam, no los chiíes. También me entristece que este asesino vaya a acabar en el cadalso en vez de en una celda.
Un saludo.
Cierto, no sé cómo se me ha podido pasar. La anormalidad en Irak era que, siendo minoría, los sunitas mandaban en el ejército y en el gobierno. Saludos y gracias!