Los caminos de la publicidad son inescrutables
Uno no se explica muchas campañas de publicidad, tan altamente creativas como estúpidas. En La Fragua (no os perdáis el resto) veo el último berrido.
Esta roza el mal gusto, aunque poco importa. La publicidad es experta en apropiarse y rentabilizar sentimientos dignos para convertilos en santo y seña de una marca.
Eso sí, también hay campañas brillantes, graciosas o cuyos métodos justificamos si lo que tratan de vender son los derechos humanos o la seguridad vial.
Algunos periodistas (sólo algunos) miran de reojo a la publicidad, como una contaminación, como un pecado con el que conviene flirtear poco.
Es lógico. Pese a que la venta de un producto se enseñe en las mismas aulas que la información de un acontecimiento de interés público (me refiero a las universidades), no tienen nada que ver, aunque convivan íntimamente y un cónyuge no sea posible sin el otro, como en una historia de amor. Precioso, ¿verdad?
Otros periodistas lo tienen claro, les encanta escribir sobre las promociones del periódico de turno y dejarse engatusar por empresas que subvencionan viajes, regalan cacharros o libros.
Le Monde, según cuentan, también ha caído en la lógica del mercado. Los diarios españoles ya están curtidos.
Baste ver las dos páginas de El Mundo dedicadas a la promoción de la ‘nueva’ serie que venderán con el periódico, o la defensa a ultranza de Cervantes de El País.