Palabras que no dicen nada
La campaña electoral empieza antes que nunca, aunque nadie sabe muy bien cuáles son realmente los comicios que se celebran, pues aunque en dos meses se renuevan todos los ayuntamientos, los partidos intentan jugársela a nivel nacional.
Un columnista de El Mundo recordaba la semana pasada que los medios están entrando muy rápido al trapo de los políticos, amplificando debates que quizás no son tan acuciantes, o que los partidos inflan buscando el rédito electoral.
Los políticos cuentan con dos armas muy viejas, pero muy efectivas: la simplificación y la repetición. Escuchando emisoras de uno y otro signo uno puede llegar a aceptar como buena una versión de la realidad política que es siempre y por fuerza incompleta.
Lemas de campaña muy simples, de perogrullo y generales, palabras vacías a las que los medios le dan las vueltas que sean necesarias para escribir titulares muy rimbombantes.
La otra arma con la que juegan los políticos es la del periodismo declarativo. El sábado, acto de los líderes. El domingo, portavoces. El lunes, ejecutivas nacionales, el miércoles, sesión de control. Y en el medio siempre hay quien tiene algo que decir. A los medios no les importa si es nuevo o inédito, sólo quién lo diga.
Todo está programado, todo está en la agenda para que a nadie se le escape ni una coma del discurso del líder, que dice casi siempre lo mismo y para colmo en algunas ocasiones no admite preguntas.
Yo empiezo a coleccionar palabras que no dicen nada.
La batalla política no es de ideas (que hay pocas y, tal vez, no venden mucho), sinó de titulares y de lucha simple y llana por el poder. Por controlar los nombramientos y los presupuestos. Lo demás son excusas, pero son el envoltorio con el que han de presentarse para hacer digerible el proceso al ciudadano que, pese a todo, terminará dejándose embaucar más o menos. Porque ¿cuál es la alternativa que le queda?
¿Alternativa? Que se vayan todos de una puta vez.