Me comentaba el otro día un amigo uno de los mayores problemas que asaltan a todo el que se pone a escribir: alejar de uno los sentimientos hasta el punto que las vivencias propias interesen al resto, se hagan universales. Me contaba el conflicto de coger el boli haciendo que los pensamientos que sólo se mueven dentro de su propia cabeza cobren suficiente vida como para dar la vuelta al mundo.
Creo que a mi amigo le habrían gustado las sesiones de ayer. Aunque a Vicent le han contratado para hablar de su vida, eso supone a menudo hacer la crónica entera de una época en la Historia de España. Supongo que esa es exactamente la cuestión: cómo hacer que lo que uno vive en un momento y lugar concretos se convierta en reflejo exacto de la Humanidad, durante un rato.
El ponente nos hablaba de la vida de los primeros setenta a través de un conducto que conseguía por una vez salirse al menos un poco de los tópicos que coresponden inevitablemente a esos años: iba describiendo el mundo a través de las estéticas con que se difrazaban los jóvenes. Estaban los beatniks, cuya vida se basaba en caminar; los hippies, que decidieron asentarse y abosrber karma. Y los progres, que “llevaban revistas bajo el brazo“. Así empezamos a entrar en harina, porque las revistas-aderezo en cuestión eran precisamente aquellas en las que Vicent, según contó, colaboraba con exaltado entusiasmo. Por un lado, Triunfo, capitaneada -y escrita casi por entero por un Haro Tecglen que “se había convertido en el paradigma del progre: nadie opinaba antes de leer sus artículos”. Por otro, Hermano Lobo, una suerte de experimento en que se habían reunido Forges, el Roto y algún optro para echarle humor a un tiempo que casi nunca tenía tanta gracia. Así, a través de sus artículos, sus sustos, sus triunfos, todas y cada una de sus pequeñas historias, Vicent va contándonos la Historia más contada de este país, con un aire un poco distinto del habitual, político y crispado que configura para nuestra generación el aire sin duda mítico de aquellos años. Entre los alumnos, la boca abierta de los que no lo vivimos contrasta con las sonrisas ladeadas de los más mayores, que sí pueden recoger todos los guiños.
Y así llegamos al nacimiento de El País (el hombre tira para casa), que, parece, pasa a ser lo que toca llevar debajo del brazo para ser alguien a quien reconocer, causando la muerte por agotamiento de aquellas otras revistas. Cuando nos cuenta que nace esquivando el entierro de Franco -cuando ya ha pasado, para no contarlo-, llega la inevitable pregunta, desde algún lugar en la segunda fila: ¿y en qué cree usted que ha cambiado en estos años? Dado el debate que tenemos por aquí con lo que pasa entre sus páginas, aguzo especialmente la oreja en esta parte: “antes, como se vivía menos, había héroes: no daba tiempo a cambiar de ideología, ni de mujer, ni a que se te cayeran los dientes… ahora es otra cosa, hay que ir ensamblando vidas, pasando crisis”. Pero, dice, “será muy decantado… pero al menos aún es un periódico que no te averguenza leer“. Y nos explica por qué:
Dice que la primera condición de un buen periódico es la capacidad de distinguir bien información de opinión. Y que cuando “Aznar y Telefónica montaron esa operación para llevar a Cebrián y Polanco a la cárcel y arruinar al grupo, El País tuvo que bajar a la calle para pelear con navaja, y ahí perdió un poco de esa seriedad”. Pero en la segunda condición sí que lo salva: “un periódico serio es el que, para empezar, no considera idiotas a los lectores”. Su idea es que hay que recordar que hay tres cerebros en el hombre. Uno, el que compartimos con los reptiles y se ocupa de los instintos (entre los que incluye el territorial, gracia que no cala demasiado en el amplio sector catalán del alumnado). Otro, el que compartimos con todos los mamíferos y procesa sentimientos. Y por fin el córtex, racional y humano. De ahí tenemos que “es que el córtex es al que hay que dirigirse. No a las emociones, que son muy fáciles. Y por supuesto no al reptil. Hay periódicos que se dirigen a los otros cerebros. Y eso te avergüenza”. Evidentemente, a nadie le gusta sentirse tratado como lagarto o ratón.
Le damos vueltas a esta lección durante el café y volvemos para enterarnos de que la siguiente clase habla del dilema entre periodismo y literatura. Digamos que me froto las manos con la esperanza de respuestas.
“A todos los becarios que me entrevistan les pido por favor que no empiecen con esa pregunta, con que cuál es la diferencia. Siempre lo hacen, es un clásico”. La seisón empieza así, y no sé si saber que cometo el mismo error que todos me asusta o me alegra. Poco a poco me doy cuenta de que lo que ocurre es que, en realidad, para Vicent no hay diferencia:
“Todo lo que dicen los periódicos es mentira, como se ve al leer cualquier noticia que a uno le ataña. La realidad es otra cosa”. Porque se fragmenta, porque hay errores, porque hay visiones, porque todo está sobrecargado. “Es un magma irreal, la realidad filtrada por algodoncitos azules y rosas”; “el cadáver no es del tamaño del cadáver real”. Eso, asegura, ya empieza a ser literario: “todo periodista que escribiendo un telegrama dude un adjetivo, ése ya es un escritor”.
¿Y por qué, Manuel, importan siempre más las malas noticias? “Por un lado, consuelan porque no te ha moridido a ti el azar con la desgracia, esta vez son los otros. Por otro, porque permiten ser piadoso. (…) Si la Tv sólo diera buenas noticias, todo el tiempo gente a la que le haya tocado la lotería, la romperías del cabreo, diciendo: ¿y yo qué?”
Pero decíamos que habíamos llegado al punto enque decíamos que el periodismo tenía algo de falso, y algo, pues, de literario. Por una vez, desde la tarima habla una voz que no escupe por todas partes el mito de la objetividad. Nos lee un par de noticias escritas de modo literario, contenidas en uno de sus libros. Boquiabierta aún por que un periódico permita (está claro, no obstante, que hay que tener una firma de mucho peso para estas cosas) contar el mutuo asesinato de dos viejitos a través de la historia del cuchillo del crimen, no puedo evitar una pregunta: nos hablaba ayer de que la belleza cura, ¿cree que si este modo de escritura abuindara más en los medios por los que nos enteramos de que pasa en el mundo sería más fácil curar algunas realidades, algunas miradas?
Se ríe con gesto de yo-también-tuve-veinte-años: “verás, si en una calle han atropellado a tres niños y tú haces un cuento sobre ello, si lo haces bien, la gente se quedará en la belleza de lo escrito y olvidará que los niños han muerto realmente. Pero si escribes una noticia al uso, y lo haces bien, lo mismo consigues que el alcalde ponga un semáforo en ese cruce. (…) Lo que sí hace la belleza es refinar la sensibilidad, hacer que sientas más eso de lo que te enteras. Pero aunque Kant haya cambiado las mentes del mundo, el aceite de oliva ha hecho feliz a mucha más gente que toda la filosofía del mundo”.
Definitivamente, Vicent no ve que sea necesario distinguir. Por la tarde nos habla de su experiencia como cronista en las Cortes. De nuevo, sus pequeñas vivencias consiguen hacer el mapa de lo que ocurría en el hemiciclo y en España en los tiempos convulsos en que se redactaba la Constitución, Carrillo y Fraga se cruzaban sin saludarse y en el bar del Parlamento “los comunistas sólo bebían café con leche”. Por árido que parezcan el género, también de ahí sacó Literatura. Queda entonces demostrado que no hablamos de géneros sino de actitudes, no de estilos sino de miradas. Habiéndonos explicado antes que “siempre que escribes de política te da la impresión de que tienes que bajar dos grados el nivel de inteligencia”, ahora nos cuenta que “yo estaba allí para escribir del aire; lo que decían los diputados apenas me importaba“. Exploraba el modo en que poco a poco tal diputado se apartaba más o menos para dejar o no paso a otro, según el aire. Del aire que hacía enamorarse a las periodistas jóvenes de los políticos y llevarlos luego a casa en el transportín de su vespa; del aire turbio que empañaba las ventanas y los discursos, del aire de circo que envolvía todo aquello y le parecía “una peligrosa frivolidad”.
No estuvo en el 23-F, por variar. Pero nos lo contó a través de la huida de los estorninos de Valencia.
Vicent nos demostró a lo largo de todo el día de ayer que la frontera entre Periodismo y Literatura es sólo otra ficción del que escribe, que no sabe hacer más que reinventar el mundo. También que se puede contar la vida de un país con la vida de un hombre. No sé si esto va a servirle o no a mi amigo para esperanzarse, como yo, pensando que tal vez cuando tengamos casi setenta años y perspectiva en los ojos aprendamos a hacerlo.
Qué maravilla, Lau, no sabía que ibas a pasarte una semana escuchando a Vicent por esos lares. Por lo que he leido, estas clases están hechas para tí, aunque tampoco tienes muchos problemas con eso de amar a dos. En el fondo ya sabes con quien quisieras pasar el resto de tu vida.
Cuídate, me voy mañana a Galicia en busca de música celta, nos leemos en mi regreso. Disfruta al máximo.
Mil gracias por tu comentario, Gen! Siempre un placer verte por aquí.
Y eso de tenerlo claro… ¿para qué renunciar a uno de los amantes siendo ambos tan estupendos? ¡Lo malo es encontrar horas a la vida para ir quedando con cada uno un rato!