En este caso, Guatemala. Carlos Santos, periodista de Radio Nacional, ha escrito un reportaje de casi 400 páginas sobre la situación de miles de indígenas en este país, dejándose guiar por el testimonio de su tío, Luis Gurriarán, un misionero que lleva más de 40 años en Guatemala.
En “Guatemala: el silencio del gallo” se da una visión de la Iglesia distinta, predicando, como el propio Santos dice, “del más acá en vez del más allá”. También una dramática historia de sufrimiento y miseria en unas tierras donde ser indígena suponía no tener ninguna posibilidad de acceder a ningún cargo público. Aunque eso poco importa cuando no tienes nada que comer, claro.
-Se ha sumergido en una realidad estremecedora en buena medida olvidada.
Olvidada o nunca conocida. No sabía, por ejemplo, que las sucesivas dictaduras militares habían estado tras la muerte de 250.000 personas, la mayoría indígenas mayas. Que para ello se habían utilizado los métodos más crueles de todo el siglo XX con excepción de los de Hitler o Pol Pot. Que la iglesia había tenido allí el papel más digno de su historia contemporánea. No tenía mucha idea de la tragedia colectiva de los mayas y de que todavía se pueden exigir responsabilidades criminales. […]
-Hay quién piensa que, pese a todos los avances, los valores de su tío no gozan de una gran acogida en la sociedad española.
Yo soy muy excéptico, y por eso me ha sorprendido mucho la acogida del libro. Yo pensaba que la muerte de miles de mayas no interesaba, igual que parece no importar la muerte de miles de magrebíes en el mar, sino que lo que importa es que lleguen quince.
-Por la repercusión y acogida, creo que ha errado un poco en el cálculo.
Desde luego. Hace unos días, influido por la jerga periodística, le comenté a un librero que parece que el libro “vende”. El me respondió que “no vende: interesa”. Pese al riesgo de verse relegado a la marginalidad, los medios están hablando mucho de él. Gracias a esa buena disposición ahora sé que el genocidio de miles de mayas interesa, entre otras cosas porque la muerte no se circunscribe a Guatemala, la Justicia tampoco y el dolor no entiende de fronteras.