
Llegó el día. Con unas encuestas donde nadie despega (Zapatero no consigue su “mayoría amplia”, Rajoy no gana), el debate de esta noche y el partido de vuelta del próximo lunes podrían decantar el resultado electoral.
Que se debata es una magnífica noticia. Hay muchos motivos para hacerlo y ninguno para privarnos a los ciudadanos de más información. Coloca a España al lado de otras democracias donde la pasión por la contraposición directa de ideas es algo normal. Por ejemplo, Sarkozy y Royal libraron una dura batalla ante las cámaras antes de las últimas presidenciales francesas. En EEUU, tanto los demócratas como los republicanos se sientan alrededor de una mesa las veces que haga falta (ya van unas cuantas). Y eso que el proceso es todavía de primarias, dentro de cada partido.
En los medios de comunicación se le dedican páginas y páginas a lo que puede pasar esta noche. Decenas de canales de radio, televisión e internet lo ofrecen en directo. Cobertura total.
Pero no nos engañemos. Aunque los debates tienen su valor, lo que vamos a ver no es la eucaristía de la democracia. Todo discurso está estudiado, los candidatos llevan semanas con continuas reuniones, estudiando datos, los argumentos precisos… Utilizarán la técnica del vendedor de coches. Al haber tantos espectadores, lo más probable es que cada uno interprete su papel, tratando de persuadir y seducir más que de convencer. Para ello tienen que ser rápidos y hablar de España y todos sus temas en turnos de dos minutos durante hora y media. ¡Qué locura! ¿Es posible descubrir quién está más capacitado para gobernar España esta noche? Probablemente no. ¿Qué pasa si uno tiene un mal día, o se pone nervioso? Si los debates pueden decidir quien gobierna en España… ¿será por los nuevos aspectos de los candidatos que nos revelen estos debates?
Yo, para decidir mi voto, me fijo más en los programas electorales, los cuatro años de oposición y de gobierno, los puestos en las listas…
Aunque el debate es importante, y más durante la campaña electoral, no podemos olvidarnos de que tiene su parte de espectáculo (en el anfiteatro, animando durante toda esta semana, los medios de comunicación), de horario de máxima audiencia, de superficialidad televisiva.
Lo comentaba hace unas semanas Rafael Reig (igual de faltón que de genial):
Hablando de dogmas, no sé usted, pero yo estoy de los debates cara a cara hasta las narices. Me conmueve tanta fe en un debate, es una especie de superstición, como si fuera la eucaristía de la democracia. Todos, y sobre todo los que hemos estado casados, sabemos lo único que en realidad significa ganar en una discusión: ser más tenaz, más ingenioso, más simpático, tener menos escrúpulos, improvisar con más empaque, usar una retórica más efectiva… Por lo general, no tiene nada que ver con tener razón. Menos aún cuando la discusión se televisa. Uno puede tener razón y no acertar a defenderla en un debate porque es menos “mediático” o porque el otro usa añagazas, como preguntar el precio de un café o un billete de metro. Prevalecer en un debate es como ganar una pelea a puñetazos: el que vence sabe debatir mejor o es más fuerte, ¿y qué?
Tanto su artículo “La razón del debate” como “Que se peguen” ponen una nota discordante y sensata a esta sinfonía acelerada. Veremos quien llega con aliento al compás final.

Si esto es la eucaristía de la democracia, espero que Zapatero y Rajoy celebren una misa negra. Debate poco y televisión, aún menos. No deja de ser curioso que nos vanagloriemos de que vuelva a haber debates y lo defendamos como la prueba de lo avanzada que es nuestra democracia. Al fin y al cabo, los discursos se llevan aprendidos (¡¡hasta escritos!!) y los dos partidos se ponen de acuerdo en casi todo antes de llegar al plató para representar un papel.
Por su parte, Pizarro no fue Pizarro. Al menos el Pizarro que usa esa empatía de pueblo, campechana (de Teruel), para conectar con la gente y convencer a entrevistadores hostiles. Dio la impresión de que le pudo el miedo escénico, que tuvo que recurrir a leer para no echar el debate a perder. Las expectativas se vinieron abajo muy pronto porque Pizarro no nos dio espectáculo sino que se dejó engatusar y llevar al campo de Solbes. No consiguió llevar al ministro a temas sensibles, sensuales y tangibles en los que pudiera haber ganado. Cuando lo intentaba parecía que escapaba de la fortaleza y los temas de Solbes. La presencia estuvo bien. Una mejor imagen que su contricante (no era difícil), a veces relajada por el cruce de pierna a pesar de la dureza que imprimen unos brazos estirados agarrando el atril.