
Dime que no lo has pensado. Que no se te ha pasado por la cabeza ni una vez. Con unas elecciones en tan pocas horas, todo el mundo se pregunta lo mismo: ¿a quién beneficia el último asesinato de ETA?. ¿Qué va a pasar ahora?
Los principales actores políticos -casi todos ellos- tratan de disimular, sin conseguirlo. Están nerviosos, no saben cómo reaccionar. No hay tiempo para errores. Uno solo se traduce en escaños. En los medios los nervios son todavía más aparentes: no tienen que salir tan tiesos en la foto y pueden empezar a instrumentalizar la tragedia desde el primer segundo.
Me sorprende y entristece la manera en que, aun con el cuerpo de Isaías Carrasco caliente, tanto politicucho mediocre como tenemos en España se pueda rifar su cadáver. Cómo PP y PSOE pueden estar tan distanciados que acudirán a las urnas no de la mano, con un punto de encuentro para al menos aliviar a su mujer e hijas, sino completamente igual de dividos que todo este tiempo, aunque quieran guardar las formas para que no se escurran los votos.
Los ciudadanos tienen un papel difícil. Se nos pide que ejerzamos de Salomón entre dos madres que traen un niño muerto y un niño vivo. El muerto es la derrota, la propia derrota de una sociedad que es capaz de permitir mounstros como los terroristas y los miles de personas que los apoyan. Personas normales, no enfermos mentales o asesinos, que cometen el mayor de los pecados: la connivencia. Como esa alcaldesa que se va a tomar un par de días libres mientras se vela y entierra a un compañero de corporación hasta las últmas elecciones municipales. Como todos los que lamentan la muerte de un vecino como si fuera el sida en un país africano que no saben situar en el mapa.
El niño vivo, por el que claman ambas madres, es la esperanza, la posibilidad de enmendar nuestros errores, de creer que nuestras diferencias se pueden enterrar la tiempo que esta última víctima. La defensa de la democracia, las víctimas, nuestro sistema de valores o en definitiva de una creencia muy humana: el que se mancha las manos de sangre no tiene la misma legitimidad. La convicción de que la muerte nunca es un argumento.
Pero no nos confundamos. No podemos ser Salomón e identificar con la amenaza de una espada, con una bisagra que coloca a la puerta en dos posiciones, quien es la madre del niño vivo. No podemos porque el voto será injusto con ambos. Porque los dos han cometido errores de bulto y ambos partidos tienen muchos muertos por el mismo motivo. Para distintas percepciones habrá fallos más importantes y aciertos de más peso. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de descubrir por qué nuestros políticos, nuestra propia extensión democrática, se han dejado trastornar hasta el punto de reprocharse tantas cosas. Descubrirlo y corregir el rumbo.
Ahora, al que pide que se vaya a votar masivamente para reforzar el sistema se le acusa de pro-socialista. Al fin y al cabo, la experiencia nos dice que, si nadie mete mucho la pata, con una alta participación gana la izquierda.
Por la misma regla de tres, quien pudiese pedir que el atentado de ETA no cambie ni un solo voto, ni tampoco drásticamente la participación, puede ser acusado de pro-partido popular. Al fin y al cabo, a menor participación, los fieles votantes populares hacen valer más su poderío electoral.
La pregunta. La dichosa pregunta. La pregunta que condicionará probablemente los próximos cuatro años, hasta que, pensando que esa vez puede haber unas elecciones libres y sin terror, nos demos cuenta de que la estabilidad del sistema no depende de las acciones desesperadas de una banda de criminales, sino de la inmensa mayoría que está por la paz, vote al PP, al PSOE o a cualquier otro partido democrático.
Qué pena que nos estemos acostumbrando a votar introduciendo, tan solo unos días antes de decidir parte de nuestro futuro, una variable tan peligrosa como el terror.