Kjartan saltó a un taxi cuando se rebasaba el umbral (difuso) que separa la noche del día. La sala de una casa alquilada en una ciudad desconocida, se ensombreció.
Patrick se fue hace un mes. Inauguró un rosario de despedidas, noches hasta las tantas esperando junto al pasajero en un vuelo de vuelta definitiva maquillado con un "ya nos veremos". A partir de entonces, cada adiós fue punzando más y más la autoestima de los que se quedaban.
A Luisa le preocupaba el equipaje extra en sus maletas al facturar. No tuvo problemas, pero al mismo tiempo facturó uno de los mejores años de su vida. Todo ello en un país desconocido, con una lengua que no consiguió aprender y en un ambiente irreal del que apenas quedan algunos supervivientes.
Son varias de las historias que se han sucedido en las últimas semanas. Los nombres son figurados. Dejar Noruega produce un cruce de sensaciones curioso. Por una parte, la cabeza está en los retos futuros. Por otra, un ansia histérica y egoísta quiere agarrarse a lo vivido, sobre todo a las personas. Cada despedida provoca, inevitablemente, una lágrima amarga. Tras un "nos vemos en…", "iré a visitarte" se esconde la realidad. El espacio pintado por este intercambio académico no cuadra más allá de los límites geográficos en los que se concebió. Y eso a pesar de los lazos (a veces ’sólidas’ relaciones de pareja) que se establecen.
Nos quedan muchas cosas. El calor de un país que acoge con amabilidad , recursos y una buena educación. Los momentos compartidos por una juventud europea (y mundial) que es creativa, que se aparta en muchas ocasiones de topicazos, que vive de otra manera. Las noches de fiesta, los cumpleaños, los juegos infantiles. Los idiomas, que demuestran su utilidad para unir en vez de separar.
Para muchos, el año Erasmus es uno de los mejores de su juventud. Para mí, aún sin saber cómo serán los que me quedan, también.
Aunque quizás las noches jamás vuelvan a ser tan claras en nuestra vida, el sol seguirá saliendo todos los días. ¡Abrazos a todos!
Sin ir más lejos, ayer, cuando casi presencio lo que sería mi primera pelea desde que llegué a Noruega, precisamente tras una “fiesta española” organizada para mostrar a noruegos, iraquíes o alemanes nuestras canciones más internacionales (léase “La Macarena”, “Antes muerta que sencilla” o “Sarandonga”, tiene coña). Las ironías del destino hicieron que casi brotase también algo muy nuestro: las peleas de bar.