Al final, los dos candidatos se vieron, cara a cara. Y por supuesto los dos ganaron y los dos perdieron, según qué medio se consulte.
La mayoría de los sondeos publicados apenas minutos tras el debate dan como ganador a Zapatero. Incluso el de Antena 3, cadena que por orgullo no lo ha emitido (aspiraba a hacerlo en exclusiva) da como ganador al presidente del Gobierno. No obstante, hemos visto a un Rajoy muy al ataque, superando todas las expectativas que favorecían a su oponente tras la derrota de Pizarro a manos de Solbes.
Los medios, con los suyos. Sólo me ha sorprendido la valiente opinión del subdirector de El País, Vicente Jiménez, que habló de tablas en la Cadena Ser. Rajoy estuvo duro, pero asestó varias puñaladas a Zapatero con los precios o ANV y De Juana Chaos, por ejemplo. El presidente del Gobierno tenía muchos datos y argumentos. La oposición del PP en la primera parte de la legislatura se lo puso fácil. Al mismo tiempo, le perjudicó que los telespectadores ya conociesen esa forma de plantear las razones.
No me ha parecido un debate aburrido, aunque la realización sí lo fue. Hubo tensión, morbo político, ataques. Zapatero interrumpió más que Rajoy, lo que le benefició tan poco como las muecas del presidente del PP, bastante desagradables. El climax llegó con la frase de Rajoy: “Zapatero ha agredido a las víctimas del terrorismo”. Por un momento pensé que Zapatero se iba a levantar e irse, como Isabel San Sebastián. No lo hizo y mostró su talante en el alegato final asegurando no el éxito en la vida de los españoles (no puede, como impedir que llueva), sino la igualdad de oportunidades y derechos.
Al final, Zapatero quedó un poquito como un Ed Murrow y Rajoy como un McCarthy al que le preguntan por un bonobús y responde: ¿qué es?
Campo Vidal, encantado con lo “fantásticamente” que respetaban los tiempos los candidatos. Y atendiendo a los medios como un moderador brillante. Y eso que, a pesar de ser periodista, no fue capaz de formular ninguna pregunta porque los candidatos podían referirse “a lo que consideren oportuno”. Sólo faltaría que hubiera problemas con los tiempos, pactados por los equipos de campaña y base del entrenamiento durante estos días. Su papel fue estar ahí, de manera pasiva, evitando que se lanzaran esas carpetas voluminosas con cientos de gráficos a la cabeza.
¿Se pasó Rajoy con lo de la “agresión a las víctimas”? Puede, y más en televisión, pero no olvidemos que lo mismo, y acusaciones más graves, dice en sus mítines a diario. Desde ese punto de vista, nada nuevo. Más bien antiguo, y por ambas partes, con contínuas regresiones y reproches, con mucho Aznar, Felipe y Guerra. Propuestas de futuro, cero.
A ver qué pasa la semana que viene y, más importante, como afrontan la campaña en el tiempo que resta hasta el próximo cara a cara.
Y tú… ¿Lo viste? ¿Qué te pareció?

Yo, para decidir mi voto, me fijo más en los programas electorales, los cuatro años de oposición y de gobierno, los puestos en las listas…

Si esto es la eucaristía de la democracia, espero que Zapatero y Rajoy celebren una misa negra. Debate poco y televisión, aún menos. No deja de ser curioso que nos vanagloriemos de que vuelva a haber debates y lo defendamos como la prueba de lo avanzada que es nuestra democracia. Al fin y al cabo, los discursos se llevan aprendidos (¡¡hasta escritos!!) y los dos partidos se ponen de acuerdo en casi todo antes de llegar al plató para representar un papel.
Por su parte, Pizarro no fue Pizarro. Al menos el Pizarro que usa esa empatía de pueblo, campechana (de Teruel), para conectar con la gente y convencer a entrevistadores hostiles. Dio la impresión de que le pudo el miedo escénico, que tuvo que recurrir a leer para no echar el debate a perder. Las expectativas se vinieron abajo muy pronto porque Pizarro no nos dio espectáculo sino que se dejó engatusar y llevar al campo de Solbes. No consiguió llevar al ministro a temas sensibles, sensuales y tangibles en los que pudiera haber ganado. Cuando lo intentaba parecía que escapaba de la fortaleza y los temas de Solbes. La presencia estuvo bien. Una mejor imagen que su contricante (no era difícil), a veces relajada por el cruce de pierna a pesar de la dureza que imprimen unos brazos estirados agarrando el atril.