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El otro pecado chino

Sunday, April 13th, 2008

La mujer que ves junto al Dalai Lama se llama Rebiya Kadeer y es una de las voces más críticas con el gobierno chino. Como el líder espiritual tibetano, vive en el exilio porque el partido comunista no le ha dejado expresarse en libertad en su país.

Su pueblo, el uigur, está siendo víctima de un “genocidio cultural”, tal y como ella lo llama, acrecentado con la excusa de los juegos olímpicos. La mayoría de los ocho millones de uigures viven en la región oficialmente llamada Xinjiang, pero ellos reclaman el nombre de Turkestán del este. Tienen su propia lengua, en su mayoría son musulmanes y cultura y literatura propias.

Desde hace medio siglo, China ha utilizado diversos métodos para diluir la identidad uigur dentro de la república socialista. Los métodos son clásicos: educación monolingüe, colonización con habitantes de otras regiones que homogeneicen las costumbres o transferencias forzosas de adolescentes (mujeres, que son las que paren)  uigur a otras regiones de China con el mismo propósito. Sus paisanos están siempre bajo sospecha y, además, gozan de prestaciones sociales muy inferiores a las del pueblo chino en la misma región.

Pero quizás los ataques más indignos son los que se producen en el campo de las palabras y las ideas. Tras el 11 de septiembre, los uigures comenzaron a ser sospechosos de terrorismo. Bajo esos cargos se produjeron cientos de detenciones, de inserciones en ‘campos de trabajo para la reeducación’ y muchos encarcelamientos. Elementos subversivos que perturban el orden, dicen los líderes del partido. Los juegos olímpicos están impulsando nuevas medidas represivas en pro de la ’seguridad’.

La propia Rebiya Kadeer estuvo en la cárcel durante varios años. Salió en 2005 bajo una gran presión internacional. De la cárcel al exilio en Estados Unidos bajo una amenaza: “tú te vas, pero tu familia sigue aquí”. Teniendo eso en cuenta, Kadeer continuó con su compromiso activista, premiado con el prestigioso premio noruego Rafto a los derechos humanos y una nominación al Nobel de la paz. Dos de sus hijos están en prisión.

Oirla hablar sobrecoge. Lo hace con una serenidad firme pero amistosa, con una mirada profunda, otorgando un valor exacto a las palabras. No está en contra el pueblo chino. Por eso que ha pasado de pedir el boycot a los juegos a sólo el toque de atención con una ausencia en la ceremonia inaugural.

Aunque la atención mediática se centre estos días en la lucha por los derechos civiles (y humanos) en el Tibet, existen otros ejemplos de pueblos sometidos. Kadeer es un buen ejemplo de ello.