“Para un escritor, hay dos maneras de profesionalidad: que en cuanto se te ocurra algo corras al cuaderno, al ordenador, a la máquina de escribir, y lo escribas; o que en el momento en que debes escribir algo, invariablemente se te ocurra qué”.
La primera sesión del tercer día habló de columnismo literario. La verdad es que es probable que la mayor parte de los asistentes al curso hayan llegado aquí a remolque de la columna de la contra de El País de los domingos, mucho más que por todas las novelas y crónicas y cuentos. Por eso, la posibilidad de que Vicent desvele hoy algún secreto de ese oficio le da al día un interés especial. Uno se pregunta a cuál de esas dos maneras de profesionalidad responderá. Probablemente un narrador viajero, un escriba de las ciudades, sea más bien de esos de bloc en el bolsillo y boli veloz, pensaba yo. Pero la verdad es que me he quedado con la duda.
Nos cuenta que, en los países germánicos, que un tipo pueda ser al tiempo escritor y periodista es impensable. Son cosas distintas, y su mezcla un sacrilegio. Sin embargo, aquí, “casi todo el que escribe ha bajado a la prensa alguna vez”. Por eso, nos habla del tiempo en que los periódicos estaban poblados por palabras de Unamuno u Ortega. Para contarnos luego como empieza en los sesenta un cambio por el que esa tradición de que los columnistas sean gente que llega de fuera e imparte doctrina se pierde y comienza un tiempo en que los articulistas salen de la propia redacción, algo así como ir dejando a los chicos listos de las noticias un hueco para pensar. Eso sí, aclara, un narrador no es lo mismo que un escritor. “Un narrador lo que hace es encontrar personajes en todo, y su única obligación es ocuparse de ellos a medida que los va creando. “Escritor, sin embargo, es un concepto más amplio: es el que lo convierte todo en palbaras”. De ese modo, claro, “una vertiente de ese escritor es la que va a dar al Periodismo”.
Alguien pregunta si ambos oficios -periodista y novelista, sea en su modo de escritor o de narrador- no pueden perjudicarse mutuamente: “Sí, sí. En esta país rara vez te dejan hacer dos cosas bien. Si eres un buen articuliusta, ya está. (…) El que te lee en los periódicos te tiene ahí, no va a buscarte en la novela (…) Los críticos te ponen una silueta: yo con esto del Mediterráneo llevo una cruz muy pesada, Valencia me da unos disgustos… ¡si lo que más odio en el mundo es la paella!”
¿Y qué tiene una columna que no tenga un artículo? La respuesta es más bien técnica: es un invento más moderno y se le ha dado regularidad y sitio fijo. Parece que todos nos quedamos con cara de que ese no era el truco maestro que esperábamos para saber por qué tanta gente empieza el periódico por Juan Cruz o por Millás, así que, riéndose, dice que su caso es un poco distinto: “el mío es un lector de domingo… ¡no hay derecho a amargarle la vida a esa persona que está tomando el vermú o el café, el único día que puede leer el períódico rascándose la espalda…!” Explica que una columna semanal es en cierto modo más difícil que una diaria, porque, al fin y al cabo, si uno escribe cada día, siempre hay algo a lo que agarrarse, de lo que tirar: siempre hay algo de lo que escribir (¿nos suena esto entre blogs?). Sin embargo, si han pasado varios días desde la última, hay que hacer balance de todo lo ocurrido entre tanto, de lo que otros han dicho al respecto. Una chica pregunta lo que todos tenemos en mente: ¿y el miedo al folio en blanco? “¡No!”, se ríe Vicent, “¡qué va! ¡Al folio en negro es! En un folio en blanco puedes escribir los primeros versos de la Divina Comedia… El que da miedo es el folio recién escrito, el que tienes que mandar a la redacción…”
¿Y en cuanto a escribir con prisa -segundo tópico de la hora-? Dice que el muchas de sus crónicas las ha escrito en los taxis camino a la redacción, muchos de sus artículos de pie teniendo al lado al motorista que debía llevarlos a la redacción. Pero siente que la prisa que impregna esta profesión es buena porque “hay una cierta emulsión del inconsciente, dices cosasque luego no saben de dónde han salido”.
Llegado un momento, empezamos a hablar de peligros. De los escollos que hay que ir sorteando para poder hacer algo medianamente decente en este género de aparente libertad absoluta:
“En el articulismo hay un principio malvado que no se da en otros géneros: que el éxito consiste sólo en ser leído (…) Por muy bueno que seas, por mucha filosofía que tengas, si no eres leído has fracasado. Así que puedes acabar recurriendo a las artimañas más denigrantes para conseguirlo”. La clave está, cuenta, en encontrar una idea y luego una frase que agarre al lector y lo haga ir bajando a través de un eje que nunca se distorsione. Aunque con cuidado con algo más: “el veneno es que el lector te deje a la mitad no porque no le guste, sino porque ya sabe cómo va a acabar. (…) Hay escritores a los que les pillas el truco al principio, y lo dejas. A otros puedes pillarles el truco, pero después de haber leído con mucha atención toda su obra. Y sí, hay algunos a los que no les llegas a ver el truco jamás…” Porque trucos sí que hay muchos: “una cosa que rechaza el lector es el cabreo (…) el moralismo es estragante, porque lo que el moralista quiere es que todos sean como él” ¿Y la ironía? Sí, pero hay que saber manejarla, es un arma cargada: “hay quien no es capaz de percibir la ironía… es como el que no tiene oído musical”. “Los hay que te leen para que les des la razón, otros para cabrearse”. Él lo que pretende es “conseguir que se diluya en el artículo la sensación de ese domingo”.
Y porque de héroes está el mundo lleno, “hay un virus maligno por el que todos los periodistas quieren derribar un gobierno con un artículo, como si eso fuera la medida”. Interesante en estos tiempos de periodismo con ansias de Cruzadas escuchar esto: “el periodista no está ahí para derribar nada. Está para contarlo, y va que se mata.” Muchos deberían ponérselo en un post-it frente al ordenador.
Y entonces, ¿uno escribe para el lector o para sí mismo? “Depende… depende de la personalidad, y de la edad. El joven escribe porque quiere escribir como le gusta, así que no piensa en el lector, si pregunta es a un maestro, para ver si va por buen camino (…) Lo ideal es conservar esa actitud: la pulsión de escriibir cómo te gusta; y la mirada virgen, que se sorprenda por todo”. Porque luego, si llega el éxito, los peligros se multiplican: “son cosas infantiles, pero hay un narcisismo que todos llevamos dentro (…) Un defecto del éxito es creerte que porque lo hayas dicho tú, ya es importante. Si lo haces, acto seguido bajas la guardia; y en cuanto bajas la guardia, metes la pata, dices una estupidez…Lo peor es no tener nada que decir y seguir”.
Por si acaso, mejor cambiamos de tema… El resto del día es puro relax. La tarde, crónicas urbanas, historias de esas que uno nunca sabe del todo si creerse o no que ocurrieran -ni falta que hace-: que la virgen de Fátima era inglesa, que la vida sexual de un notario madrileño viajó por los televisores de todo un edificio por obra y gracia de una antena defectuosa, que Concha Piquer quería creer que todos los pintores del mundo conocían a su sobrino. Pero todo eso está en los libros. Esa sí que fue una tarde de escuchar cuentos.
Como no menos lo había sido la sesión anterior: “viajes, fábulas y otras travesías”. Trasladando a hoy todos los mitos de la historia -Ulises que se hacen hijos de fiesta, Adanes que emigran, Caín y Abel en la guerra de Ruanda- , Vicent nos cuenta que la única vez que intentó un diario de viaje fue en el primero, en San Petersburgo, y hacía tanto frío que no logró escribirlo por no sacar las manos de los bolsillos. Desde entonces, dice, ni se pone a ello. Cuando llega a un lugar, lo vive, luego vuelve a casa, lo deja posar un tiempo. Y la ciudad que aún puede recordar un mes más tarde, ésa es la suya, y ésa cuenta. De lo que cuente durante el viaje, nada sabemos: ¿compañeros de viaje? ¿o mejor viajar sólo? “Pues como todo en la vida. Viajar, con gente que te comprenda, que sepa amoldarse y que ante las cosas sienta al menos parecido que tú (…) El problema de este mundo es que nunca sabes quién será dentro de unos meses ése al que estás dando la mano (…) Lo mejor es andar con gente de confianza, acorazarse con amigos y no alargar más el brazo que la manga…”
Dice que una ciudad se te da cuando vas allí a hacer algo: trabajar, estudiar, amar. En la eterna intención de distinguir turismo y viaje, “ser viajero es la necesidad de explorar una ciudad para encontrarse uno mismo en ella”. Así que entre recuerdos de Sicilia y Praga, cuentos de aviones, confesiones de viajes que hizo siempre por ver si el nombre de la ciudad guardaba lo que resonaba -Estambul, Alejandría- al pronunciarlo, Vicent desentrañó el secreto final de un hombre que va por el mundo sin cuaderno para que la ciudad se le meta dentro, y poder luego contarla bien:
“El mejor momento del viaje es el de decir: me voy. En ese instante, uno manda el alma allá, que vaya delante. Luego es cosa de buscarte al llegar: así es como la ciudad se te ofrece”.
Ténganlo en cuenta, señores, mientras preparan sus mapas de Amsterdam, La Habana o París para este verano. Entretanto, queda un día en Santander y el mundo chiquito del aula en que me cuentan cuentos. Si alguien quiere visitarme, mande el alma para acá: le guardo sitio en los bares.