
Rafael Reig, con su frescura habitual, describe la visión que tenía de los poetas en su juventud. De paso, se da un garbeo por los bares gallegos de Madrid:
“En la Autónoma los poetos y poetas ligaban entre sí, como debe ser, había segregación.
-Esa gente que ni siquiera acaba los renglones -decíamos, mirando por encima del hombro a esa infame turba de personas con inspiración y con sensibilidad.
Nosotros detestábamos la sensibilidad. Abominábamos de la inspiración. El lenguaje musical nos hacía vomitar hasta la primera papilla.
¡Poetas! ¡Esa gente que cuenta las sílabas con los dedos, como quien cuenta monedas! ¡Escriben con la calderilla que los demás dejamos de propina! ¡Revisan las vueltas y pagan con moneda fraccionaria, en lugar de con billetes!
Desafiando todos los prejuicios de género (literario), Almudena y yo ligamos alguna vez, y nos salían tardes multiformes, polimétricas, con trozos narrativos y fragmentos poéticos intercalados, como La Dorotea, de Lope, por ejemplo: un arte nuevo de hacer comedias.
Total, que nos tomamos unas cañas en uno de esos inevitables bares gallegos.
En Madrid, si alguien propone tomar unas cañas, en cuanto te das la vuelta para buscar el primer bar disponible, ese bar de enfrente, aparece un bar gallego que no tiene más remedio que llamarse O’Compañeiro o A’ Casiña o algo así.
Siempre con un apóstrofe y alguna eñe.
Todos están equipados con las reglamentarias raciones de lacón y pulpo, su queso de tetilla en el expositor, sus tazas para caldo y su correspondiente camarera con delantal puesto, mirada prometedora y dedos amoratados de tanto fregar vasos.
Son de toda la vida, pero quizá ahora ya reciban subvenciones de la Xunta, no sé”.

La mujer que ves junto al Dalai Lama se llama 