
Escuchamos duras críticas sobre los periodistas muy a menudo. “Imagínate, si en el campo que controlo pueden equivocarse tanto, los goles que me estarán metiendo en las áreas de las que no sé nada“. Meterse con los periodistas se ha convertido en un deporte nacional, al igual que hasta ahora pasaba con los médicos, abogados o curas. En muchos casos no faltan los motivos y pruebas sonrojantes.
Lo que los que no tienen a un periodista entre sus amigos o familia ignoran lo mal pagado que está el periodismo tanto como conocen los fallos de los que lo ejercen. Y es que, según el sindicato UGT, casi la mitad de los periodistas españoles trabajan en precario.
Precario quiere decir sueldos miserables y a veces en negro, un convenio colectivo como un arma de una novela de ciencia ficción e indefensión total ante las empresas, que lejos de remunerar con dignidad las muchas horas que un periodista trabaja habitualmente se dedican a publicar grandes reportajes sobre los jóvenes mileuristas o el problema de la vivienda.
El problema tiene muchos vértices. Uno de ellos es la sobreabundancia de profesionales que cada año salen de las facultades con una orla y futuro incierto. “No reclames demasiado, que hay muchos esperando” es una de las consignas. Otro es el casi inexistente movimiento sindical de la profesión, que hace que, como grupo, los periodistas pesen poco. Pero quizás la sombra más agobiante sea el miedo a denunciar estas situaciones y su predisposición a pasar por ellas como si de un paso normal se tratase, por tradicional e inevitable.
Sólo así se explica cómo los periodistas somos capaces de denunciar la represión en Birmania (aunque nos afecte poco), la dudosa conveniencia de vender armas al tercer mundo, los derechos de los animales o la emergencia de cambiar de tecla en las emisiones de CO2 pero no seamos capaces de preocuparnos un poquito más por las tropelías laborales a las que asistimos cuando, por otra parte, nos obsesiona nuestra imagen pública y que nuestros artículos tengan el espacio suficiente y visible el los respectivos medios. Y no lo hacemos ni los que tenemos blogs personales, al margen de la actividad laboral, por miedo a que una actividad personal nos mande directamente al paro. Con todo, el problema es complejo, porque no se puede exigir heroísmo al joven que trata de abrirse camino o al que tiene una hipoteca o hijos. Primero es comer y después la filosofía, pero… ¿por qué reclamar dignidad ha de ser un acto heroico?
Resignados a la débil y fácilmente aplastable voz que tenemos, esperamos momentos mejores sin darnos cuenta de que en la calidad de nuestros artículos influye también si llegamos a fin de mes o si estamos motivados. Que en nuestra capacidad para poner comas o comprobar fuentes también importa la seguridad laboral o una carga de trabajo demasiado elevada.
Hoy se celebra la Jornada Europea de Movilización contra la precariedad laboral de los periodistas. Por lo que parece, va a pasar desapercibida, como tantos otros días mundiales o continentales ante los que ya ni pestañeamos. Al menos nos queda la gloria.
Nota: En este post no hay referencias veladas a ningún medio en particular o caso concreto, sino a casi todas las redacciones medianas o grandes (con muy pocas excepciones) y a casi todos los casos, en mayor o menor medida. La excepción suele confirmar la regla.