“El nacionalismo se cura viajando”. Nunca he creído que el nacionalismo sea una enfermedad a erradicar y que, aún sin serlo, amaine o pierda fuelle dependiendo de cuántas puertas de embarque hayas conocido. Sin embargo, muchas veces te tienes que ir fuera para entender las estupideces que algunos (que se dicen nacionalistas) cometen en nombre de la defensa de su tierra.
Sin ir más lejos, ayer, cuando casi presencio lo que sería mi primera pelea desde que llegué a Noruega, precisamente tras una “fiesta española” organizada para mostrar a noruegos, iraquíes o alemanes nuestras canciones más internacionales (léase “La Macarena”, “Antes muerta que sencilla” o “Sarandonga”, tiene coña). Las ironías del destino hicieron que casi brotase también algo muy nuestro: las peleas de bar.
Al final, los motivos poco importan porque además se quedó en un amago (algo muy nuestro, también). Una provocación, una cerveza de más y el lío está asegurado. No deja de ser curiosa esa división maniquea, entre buenos y malos, que se puede hacer desde posiciones políticas escoradas. No hay una paleta de colores. O conmigo o contra mí. Si un catalán no habla en todo momento catalán, es un fascista (¡aunque sus amigos no sean catalanes y no le entiendan!). Al final, hasta los detalles más absurdos como el color de la camisa o los zapatos de un madrileño lo pueden convertir, automáticamente y sin discusión, en un opresor catalanófobo. Seguro que además bebe champán en vez de cava. Si es que ante tales provocaciones…
Los de piel tan fina pocas veces se dan cuenta del flaco favor que hacen a la consecución de sus objetivos superiores, que suelen ser legítimos, expresados por lo general con buenas formas y nunca con violencia. No se dan cuenta de los ojos abiertos hasta la extenuación con que los obsequian los estudiantes de otros países, sin entender muy bien cómo se llega hasta ese punto. No se dan cuenta de que ensucian el nombre de su tierra y sus vecinos de forma estúpida. Y la estupidez, por desgracia, pocas veces se cura viajando.





Que mala es la televisión, qué malos los periodistas, qué malo es internet. Podemos culpar al medio o al uso que algunos (nunca todos) hacen de él. Si hacemos lo primero descargamos nuestra culpa en la herramienta y proscribimos a cualquiera que la defienda (como ejemplos de malas prácticas sobran…). Si asumimos que con todo cuchillo se puede matar, tendremos por delante el apasionante reto de ejercer con responsabilidad su uso, para cortar el jamón lo más fino que podamos, que es como está más rico.

¿Para qué sirven los sobresalientes? En algunas facultades, y