Uno de los grandes dilemas que planean sobre las televisiones públicas (ya sean autonómicas o nacionales) es cómo resolver la tensión entre audiencias masivas y adecuado servicio público. Algunos sostienen que el actual modelo es asimilable al de televisión privada, aunque con matices. Lucha por la audiencia con formatos similares. En esa competición, incluso grandes eventos de ‘interés nacional’ (o al menos así llamados) como la Eurocopa, Wimbledon o los encierros de San Fermín están siendo emitidos por privadas con mejor talonario.
Por otra parte estamos los que pensamos que las audiencias, pese a lo doloroso que es tenerlas encima de la mesa al día siguiente cuando son malas, no deberían regir una casa que se supone ha de informar, entretener, pero también educar o transmitir valores. ¿Por qué la televisión no va a servir para esto? ¿Por qué limitarnos a la ‘caja tonta’, que rara vez aporta algo? Quizás porque, con este espíritu, generalmente te ve menos gente. Conjugar audiencia y buenos programas suele ser caro en dinero y en ingenio, mientras que perseguir a millones de personas con cuatro periodistas destripando a un famoso cuesta cuatro duros.
Comparto la reflexión de Mariola Cubells, que aunque no se refiere a las teles públicas, bien pudiera:
Quizá alguno de ustedes esté entre ese millón de espectadores que suelen ver programas como Callejeros, o series como Mujeres desesperadas, o Betty, o Perdidos. Como sólo somos un millón, los programadores no nos tienen demasiado en cuenta, porque lo que ellos desearían, claro, es que fuéramos cinco. Por eso a veces esos espacios que tanto nos gustan, peligran en la parrilla, porque sólo somos un millón y no lucimos. No se sabe nunca si habrá una segunda entrega y eso hace que uno no quiera enamorarse del todo, por si luego todo se evapora.
¿Cuándo empezarán las televisiones públicas a retirar programas del horario de máxima audiencia porque son malos* y no porque tienen poca audiencia?
*No voy a ser yo quien defina bueno o malo, hasta ahí podríamos llegar, pero a estas alturas me parece demostrado que las audiencias millonarias no siempre son sinónimo de calidad.


Yo, para decidir mi voto, me fijo más en los programas electorales, los cuatro años de oposición y de gobierno, los puestos en las listas…
Si esto es la eucaristía de la democracia, espero que Zapatero y Rajoy celebren una misa negra. Debate poco y televisión, aún menos. No deja de ser curioso que nos vanagloriemos de que vuelva a haber debates y lo defendamos como la prueba de lo avanzada que es nuestra democracia. Al fin y al cabo, los discursos se llevan aprendidos (¡¡hasta escritos!!) y los dos partidos se ponen de acuerdo en casi todo antes de llegar al plató para representar un papel.
Por su parte, Pizarro no fue Pizarro. Al menos el Pizarro que usa esa empatía de pueblo, campechana (de Teruel), para conectar con la gente y convencer a entrevistadores hostiles. Dio la impresión de que le pudo el miedo escénico, que tuvo que recurrir a leer para no echar el debate a perder. Las expectativas se vinieron abajo muy pronto porque Pizarro no nos dio espectáculo sino que se dejó engatusar y llevar al campo de Solbes. No consiguió llevar al ministro a temas sensibles, sensuales y tangibles en los que pudiera haber ganado. Cuando lo intentaba parecía que escapaba de la fortaleza y los temas de Solbes. La presencia estuvo bien. Una mejor imagen que su contricante (no era difícil), a veces relajada por el cruce de pierna a pesar de la dureza que imprimen unos brazos estirados agarrando el atril.