Archive for the ‘Verano’ Category

El verano de la felicidad

Wednesday, August 8th, 2007

Para muchos estudiantes, la felicidad consiste en una palabra: vacaciones. Y esa palabra alcanza su pleno significado en la inactividad mental más orgullosa. No pensar o no leer pueden ser buenos inicios en el camino de la virtud. El verano es precisamente para no hacer nada.

Al hilo, rescato una cita de Séneca que propone Guillermo Pardo en Migramundo. ¡Como para no aprovechar el verano!

“Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices; pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas; y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente la busque, si ha errado el camino; si éste lleva en sentido contrario, la misma velocidad aumenta la distancia. Hay que determinar, pues, primero lo que apetecemos; luego se ha de considerar por dónde podemos avanzar hacia ello más rápidamente, y veremos por el camino, siempre que sea el bueno, cuánto se adelanta cada día y cuánto nos acercamos a aquello a que nos impulsa un deseo natural. Mientras erremos de acá para allá sin seguir otro guía que los rumores y los clamores discordantes que nos llaman hacia distintos lugares, se consumirá entre errores nuestra corta vida, aunque trabajemos día y noche para mejor nuestro espíritu. Hay que decidir, pues, a dónde nos dirijamos y por dónde, no sin ayuda de algún hombre experto que haya explorado el camino por donde avanzamos, ya que aquí la situación no es la misma que en los demás viajes; en éstos hay algún sendero, y los habitantes a quienes se pregunta no permiten extraviarse; pero aquí el camino más frecuentado y más famoso es el que más engaña. Nada importa, pues, más que no seguir, como ovejas, el rebaño de los que nos preceden, yendo así, no a donde hay que ir, sino a donde se va”.

La opinión común y el acierto, transcrito del tratado Sobre la felicidad, de Lucio Anneo Séneca. Versión y comentarios de Julián Marías. Alianza Editorial. Clásicos de Grecia y Roma.

Moreno periodista

Thursday, October 5th, 2006

Dicen que no he vuelto nada moreno, pese a haber pasado calor. Pero el sol de Almería me ha dado en la cara exactamente tres meses, por más que yo pidiera, entre tapa y tapa, algo de tregua. Al final… casi mejor. No paré de escribir, de cubrir actos en la sección cultural de La Voz de Almería, de ir a festivales, de hacer entrevistas… He hecho también mis pequeñas y graciosas aportaciones de gallego a la tele y la radio del grupo, con más de una anécdota para comentar en el bar de enfrente.

De Almería vengo más periodista, con más conciencia de la esencia del oficio, con varios mitos rotos (ya era hora) y muy consciente de mis limitaciones. No va a ser fácil, pero en Almería he encontrado buenos profesores, a los que de alguna manera incorporo ya a lo que soy. Primero las fuentes, la calle, los actos… Segundo los compañeros, que demuestran, pese a las perrerías de la profesión, que se puede vivir de contar lo que pasa, de ser testigo de los acontecimientos, de la tensión de la novedad, del efecto de dar voz al que no la tiene, o además de al político, al que hace algo de verdad.A veces leyendo la prensa el pesimismo se convertía en un gigante. Ya no.
A todos mis compañeros de la sección Vivir, a algún fotologuero y foteros, a varios jefes, a varios cámaras (¡que también tienen alma!) y en definitiva a toda la redacción que me ha enseñado más de lo que merecía, gracias.

La primera foto es del magnífico Cabo de Gata, la segunda es mi brazo orgulloso tras tres meses de aprendizaje, luciendo un espléndido moreno periodista.

Dejo aquí varios reportajes, por si alguien tuviera interés: Los diablos que luchan contra la droga, Almería tiene al rey y Poesía de bar, también hay un reportaje y entrevista en la Cadena Ser (pesa bastante).

El malecón de los sueños (Mitos y ritmos de Cuba V y fin)

Tuesday, October 3rd, 2006

Rincón del viejo Caribe
con la igualdad por cabeza,
madrina de las razones,
de la guajira botella;
cantemos juntos un grito,
venga Guevara y lo vea…

Parecía que La Habana debía ser el momento de alcanzar conclusiones. Último puerto, cierre de maletas. Pero diluviaba y la ciudad se preparaba para el huracán precintando ventanas y ánimos contra el agua y el corte de suministro elétrico. Lo bueno de la lluvia es que al guarecerse en cafés da tiempo a hablar con mucha gente. Por supuesto, eso es en Cuba el mayor antídoto contra las conclusiones definitivas.

La primera impresión es, en cualquier caso, que la Habana es una ciudad de barrios. De partes, como todo en este país. También de que es una ciudad cayendo. A menudo parece que a las casas las sostiene sólo un poco de empeño, y que se vendrán abajo al menor soplo de viento.
Barrios y caída. Si hay tres calles principales, con la cara lavada, cuatro plazas en que la restauración ha hecho milagros, pocos pasos más allá se prolongan las otras, la tristeza de las calles en que las grietas parecen crecer por momentos y la puerta abierta deja ver que dentro vive demasiada gente y entra demasiada agua.
Caída y barrios. Justo detrás del Capitolio hay un parque donde la gente lleva a sus niños a tomar clases de artes marciales al aire libre, un balcón desvencijado en que la ropa tendida se codea con las cúpulas del monumento.

Y si la ciudad son partes, vamos por partes.

La Habana Vieja es, sobre todo, música. Uno camina y nunca hay más de tres zancadas en las que se oiga el ruido de los pies contra el suelo: los segundos de tránsito entre, digamos, la flauta de un bar y la guitarra del siguiente. Los instrumentos y los ritmos se mezclan, dibujan espirales sobre la ciudad.
Es curioso que no sea esta Habana decadente la que hace caerse los mitos. En realidad, esas piedras en equilibrio precario más bien los refuerzan: uno imaginaba esa ciudad así, en colores pastel desconchados, con ventanas desenganchadas, ropa tendida, bicis serpenteando entre coches viejos, autobuses atestados, callejones sin más luz que un hilo, gritos de balcón a balcón que no logran elevarse del todo sobre las notas del son que se canta en la esquina de abajo ni sobre el reggaeton que sale de la ventana de enfrente.

El Vedado es otra cosa. Embajadas, edificios altos, el hotel Nacional. Estamos de nuevo en la zona del dólar. Fue allí donde, en un día de mucho tráfico, un taxista enfadado me hizo ver otra cara más de las cosas.

- Les gusta Cuba, ¿eh? Claro, a mí también me gusta España. Pero yo no puedo ir. De hecho yo no puedo hacer lo que ustedes hacen en mi país. Yo no puedo recorrerlo. No me dejan. Lo más que he ido ha sido a Varadero, a llevar turistas. Y al llegar a la puerta del hotel me dan ya la vuelta, rápido. ¿Cómo? ¿Que si con divisa puedo ir? No, no… Ni con dólares, ni con euros, ni con llibras esterlinas: NO. A mí no me dejan entrar en los lugares de turistas. El país es de ustedes. Nosotros trabajamos para ustedes.

Y entonces, un volantazo y un pitido dan por finalizada la conversación, descargan el mal humor fuera de las palabras. Y el taxista entra en un mutismo pensativo.

Esa misma mañana, desde la mesa de al lado de la heladería Coppelia, una mujer, también enfadada con el mundo, contaba que ella era médico y quería venir a España a un congreso, y que no tenía permiso para ello. Yo recuerdo, decía, que cuando yo era niña aquí había un Corte Inglés: cuando vaya a España iré, primero, al Corte Inglés, ¿cuánto cobra un médico en su país, da para mucho?
Y horas más tarde, paseando Chinatown, un joven se acercó furtivo en un soportal: ¿son vascos, ustedes? Miren, llévenme a España esta carta. Les pido ayuda. Estamos presos. Esto es una revolución socialista, pero estamos presos. ¿Sacarán mi carta?

Lo bueno de los disidentes es que cuando llueve -y llueve mucho, llega Ernesto- se refugian en taxis, bares, soportales y hablan tanto que cuentan casi todo.

Hay algo en Cuba que me sorprende: las matrículas de los coches. Siguen un raro código cromático. Son amarillas para los ciudadanos del país, verdes para los militares, blancas para los mandatarios, negras para el personal diplomático, naranjas para la Iglesia, azules -creo recordar- para los extranjeros residentes. Cada vez que veo una resuena en mi mente aquel ideal comunista que hablaba de una sociedad sin clases. Las matrículas me hacen pensar más bien en el mundo feliz de Huxley, en compartimentos estancos.

Entre las grietas, las matrículas y las charlas, la conclusión habanera se hace imposible, como cabía esperar. Porque pese a todo, hay música en cada esquina de la calle. Pero me llevo la impresión de que va a ser el enfado el que lo salve todo cuando llegue el momento. Aquí nadie va a consentir que las cosas vayan a peor. Para algo llevan años sacando fuerzas de la nada.
El orgullo, las banderas, el pasado, serán con suerte la coctelera de un sabio daiquiri de nuevos tiempos.

Y luego está el Malecón. Se adentra como una flecha en un mar que es al mismo tiempo la frontera y la demostración de que más allá debe haber algo. Por el día, es intrasitable: el sol cae a pleno y no hay modo de cruzar entre cadillacs veloces. Pero al llegar la tarde, el tráfico se relaja, la gente se acerca. Empiezan los bailes, las charlas, las celebraciones de decimoquintos cumpleaños con vestido de princesa. El malecón de los sueños es La Habana en estado puro, el momento en que uno olvida si quería alcanzar conclusiones. Todos conversan, todas las casas tienen de pronto la puerta abierta. Al fondo, la silueta de los edificios pone cierre a la playa y la ciudad, y las banderas negras sólo ondean, sin que se sepa qué colores llevan. Tal vez vuelve a lloviznar, tal vez los coches encuentran charcos. Ahí es cuando uno mira al mar, cuando piensa que quiere volver, cuando teme que al regreso las grietas se hayan hecho más largas y la ciudad haya claudicado antes su evidencia. Todos conversan, sí, y las opiniones hablan de un futuro que es salvable. Imagino a mi taxista enfadado compartiendo un ron con algún adalid del régimen sin que la sangre llegue nunca al mar de fondo. Las olas rompen, la lluvia arrecia. Uno corre a refugiarse, una vez más, sigue la búsqueda de verdades inciertas. Mañana saldrá el avión, veremos Cuba hacerse más pequeñas, en medio del agua.

Una vez, hace tiempo, encontré un reportaje que hablaba de una exposición de arte en algún centro de La Habana. Eran obras con un poco de protesta, con un punto de ese enfado que parece que va a sacar adelante el país, pese a las grietas. Había una, recuerdo, que representaba una moneda nacional. Y la frase inscrita, en un guiño a los lemas de la revolución, rezaba: “patria o suerte”.

Eso cabe desear, para el futuro. Patria, y suerte.
Y, como dice en su canción mi amigo Alfredo,

… que no se caiga La Habana, y a guarachar borracheras.

Historia de tres ciudades (Mitos y ritmos de Cuba IV)

Thursday, September 28th, 2006

Gina, una mujer que conocí allá, repetía, cada vez que contaba una historia, que los cubanos son “ingenieros en la casa y en la calle”. A los supervivientes siempre les toca aguzar el ingenio: muchos tiempos de escasez y derrotas a plazos han entrenado en Cuba las ideas para que nadie se quede ya parado ante los problemas. Nunca faltan remiendos sencillos que poner a los rotos más irremediables.
El caso es que hasta los reductos con más carácter tienen, decíamos, que adaptarse de un modo u otro a los tiempos que corren -o vuelan-. Si algo se le presenta a Cuba es un futuro incierto. E igual que a sus habitantes cuando enfrentan huracanes y embargos, le va a tocar sacar fuerzas de la flaqueza para encajar maneras de ir tirando.

Ya lo hace. En todas las esquinas se inventan maneras de sacar unos pesos extra, artimañas que al cabo son el entrenamiento para la nueva época que va estrechándole las fronteras.
Santa Clara, Trinidad y Cienfuegos son tres de las villas centrales de Cuba. En ubicación, en historia, y en suerte. En cada una de ellas, los años que pasan juegan de una forma diferente. No son Varadero. Mantienen las grietas de sus cristales, la dignidad de sus sonrisas, la lentitud de sus movimientos. Pero ahí andan, sobre la cuerda floja, inventando a su modo remiendos para el siglo XXI.

Empecemos por Trinidad. Una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad tiene que tener las piedras muy bien puestas. Viajar allí no es ir de playa caribeña, exactamente. Sin embargo, el modo de viaje que acoge una villa con título no difiere mucho del que ofrecen los packs de vacaciones. El turismo, por supuesto, está presente en casi todas las opciones de adaptación -el aislamiento se revela cada vez más imposible y en esta isla hace sol-; pero de las tres historias, es la de esta primera ciudad la que más se parece a lo que podríamos llamar una invasión del mundo de afuera en toda regla. Es como Santillana del Mar, como Carcassonne, como Erice. Preciosas ciudades en alcanfor, decorados brillantes que saben a cartón piedra. En Trinidad, como en aquellas, todo es perfecto, todo adoquines, todo colores. Hasta el hombre del burro se para en la esquina que debe. Uno camina entre casas coloniales, ve la iglesia católica y la capilla del santero, prueba el cóctel del lugar, come donde debe. Pasa el calor adecuado, se mete en los charcos exactos. Y de pronto, a la vuelta de la esquina, se encuentra un mercadillo de artesanos.
Los souvenirs tienen, en todo el mundo, la extraña capacidad de ser iguales. La torre Eiffel y la de Londres pueden intercambiarse en imanes y camisetas sin mayor perjuicio. En los mercadillos cubanos de recuerdos, cambia el soporte, pero no el concepto: son maracas, gorritas y collares de cuentas los que sostienen los símbolos. Por lo demás, lo de siempre.
El mercadillo debería tener el contratiempo de romper el decorado. Sin embargo, parece que en las ciudades de alcanfor los souvenirs resultan aderezo indispensable.
El caso es que esa es una opcion, una ciudad, una historia. Disecar un pasado que vende y conservarlo ahumado entre mercadillos y merchandisings.

Luego está Santa Clara. Es, podría decirse, uno de los pilares del régimen, en todos los sentidos. Es conocida como la ciudad de la guerrilla heroica, porque en ella se libró la batalla que marcó la caída definitiva de Batista. En una de sus plazas centrales, un monumento recuerda al tren blindado que los revolucionarios hicieron reventar para que ni un refuerzo llegara adonde no debía. Además, hoy por hoy, Santa Clara es uno de los centros universitarios del país. Pero, sobre todo, la villa es central porque se ha convertido en la patria póstuma del Che.
Es cierto, como decía antes Dani, que la imagen de Guevara ha dado vuelta a sus significado para convertirse en logo comercial ad hoc de casi todo. Yo me temía, camino a Santa Clara, encontrarme delante del mausoleo una tienda con la imagen de Korda repetida hasta una saciedad insoportable. En realidad, ni siquiera lo temía: lo daba tan por hecho que ni me planteaba que fuera a ser de otra forma.
Sin embargo, el alcanfor con que se eterniza el pasado en Santa Clara no es del mismo tipo que el de Trinidad. El respeto a la figura del Che es máximo, Aleida no tendría queja.
El mausoleo alberga una exposición donde ni siquiera se pueden sacar fotos, y un silencio que impone más silencio. La tumba guarda los principios por los que se visita: está camuflada entre otras muchas de sus camaradas muertos, todas con el retrato y el nombre por el que se conocía, con un lirio blanco junto a cada nicho y una llama eterna a los pies de todos. Afuera, lo farónico, el monumento inmenso, las frases lapidarias de Martí. A los pies de la piedra, brigadas de jóvenes, quizá de excursión, comiendo sus bocadillos. Carteles enormes que dicen “queremos que nuestros hijos sean como el Che“. Y ni una postal, ni una camiseta. Ni un guía, ni un ticket, ni una consigna. El mito, el icono de los utopistas, se puede seguir creyendo. Uno casi olvida su conversión a marca comercial. Casi se olvida de su cara, de hecho. De pronto sólo piensa en el Congo, sólo piensa en Bolivia. Sólo piensa en que, icono o no, algo dijo.
(Luego también piensa en qué son los héroes. En que lo mismo de no haber muerto ahora sería otra duda. En que Fidel también luce así en las fotos de la guerrilla, cuando las intenciones no habían tenido tiempo de volverse realidades.)
La segunda historia de ciudad es, entonces, otro alcanfor. En este caso uno que pasa por ideas. Que no hace maquetas lindas sino el recuento de lo que hizo de Cuba un mito que hasta puede no caer, si se trata con cuidado. El respeto de los héroes y lo que aun debe intentar soñarse.

Por fin Cienfuegos, regresando a la costa. Allí, en un palacete convertido en restaurante con marisco, canta cada noche Carmencita Iznaga, una especie de Celia Cruz sin tanta fama. Si uno llega de mañana, la encuentra sin arreglar, pintándose compulsivamente los labios antes de sentarse al piano. De la caja saca, haciendo vibrar las cuerdas, bolsas de plástico llenas de cosas. Rebusca, encuentra un recorte de periódico de una vez que cantó en Moscú, de una vez que llegó a París. Y luego canta, coqueta, tira besos a los hombres que se crucen. Si alguien le compra un CD, se emociona y da las gracias más escandalosas de la ciudad: “¡cuántas cositas voy a comprarme yo con esto, reina!” Aquí no hay alcanfor que valga: la reina del cabaret cienfueguino podría, ya que se pone, cantar a Sabina: no habrá revolución, es el fin de la utopía… que viva la bisutería.

Sin embargo, en la plaza de la ciudad se vive una ciudad bien diferente. Un ejército de batas blancas invade los bancos del parque. Es la graduación, nos explican, de una promoción de medicina. Eso no es poca cosa, allá. Se parece más a una reunión de embajadores. Cuba tiene un programa de estudios que permite a jóvenes de otros países de Latinoamérica ir a su Universidad, si en su país no pueden permitírselo. Estos estudiantes son acogidos en iguales condiciones que los nativos, son subvencionados y casi mantenidos por el Estado durante el tiempo que dure su carrera. Además, en titulaciones en que sus facultades tienen un prestigio, como es Medicina, hay gran afluencia de alumnos incluso europeos o estadounidenses, que sí se pagan sus años allá (y con ellos, imagino, los de estos estudiantes con menos recursos). Pude escuchr un trozo de la ceremonia de graduación desde una esquinita del teatro Terry. Los estudiantes extranjeros daban un pequeño discurso al recibir su título. El agradecimiento a Fidel, la adhesión al comunismo, la convicción en los valores que permitían la solidaridad que los tenía allí eran genuinos. Lógica y evidentemente. Programas como este permiten seguir creyendo, al menos durante un rato. Esos estudiantes, al volver a sus pueblos, pueden prestar un servicio del que habría carencia si no pudieran haberse formado fuera. A cambio, llegan imbuidos de unas ideas determinadas.
No hay alcanfor en Cienfuegos. En su plaza está más claro el mundo de fuera, se oyen otros acentos y se intercambian jóvenes y ciudades. Es otra opción, otra historia, ocupar un lugar en el contexto, cambiar de atalaya. Es quizá la que más se parece a renovarse, a prepararse con propias armas para el cambio.
Ante el futuro incierto, hay sin duda muchas vías que pueden tomarse, sin caer en rendición ni Varadero. Hacer maquetas que resulten bellas y atraigan al dólar y a la Unesco. Guardar en urnas los principios y hacerse un feudo del pasado más glorioso. Adaptar a las nuevas necesidades las viejas propuestas, y hacer de las capacidades una buena baza. Tantas opciones como ciudades e historias, si no se juega al todo-o-nada.

¿Que se corre el riesgo de ser Carmencita, de cantar a coro con Sabina El Muro de Berlin? Pues sí, siempre. Pero en Cuba yo vi en una iglesia una batería a la que no faltaba ni un detalle para el rock.

- ¿Y esto?, pregunté.
- Hacemos las misas más amenas, cantamos rock para que los jóvenes vengan.
- ¿Y vienen?
- Mucho. Son muy creyentes acá.

Loa mayores también, por cierto. Mezclaron la Biblia con sus viejos santos africanos y se montaron a su gusto una religión convincente.
¿En un país comunista?
Claro, ya saben. Ingenieros siempre, decía Gina. Ni Dios renuncia a ir tirando.

(Y llegados aquí, sólo nos queda una jornada… Mañana, señores, desembarcamos en la Habana, con una canción en los labios.)

De la sierra a la Costa: Guantanamera (Mitos y ritmos de Cuba III)

Friday, September 22nd, 2006

(Seguimos viaje. Los incidentes tecnológicos nos han tenido unos días parados, como si de un huracán -de los de aquí o de los de allá- se tratase. ¡Pero ya pasó la tormenta! Regresen a sus asientos, el bus arranca de nuevo…)

Guantanamera. Es difícil, para todos, amoldarse al paso del tiempo; ir cambiando lo que haya que cambiar sin que el eje cambie, mientras pasan los años. Guajira guantanemera… En Cuba siempre suena la música. En cada esquina, restaurante o soportal hay un par de soneros poniéndole, al tiempo que pasa, buena cara. Cuando empiezan su repertorio, hay tres canciones inevitables. Hasta siempre Comandante. La Yolanda de Pablo Milanés. Y eso: Guantanamera.

Aunque en un tema tan cantado hay mucho que decir, y las leyendas se cruzan, las historias populares suelen coincidir en que, cuando Cuba era una tierra de casinos y hoteles por donde las mafias se movían a su antojo, Guantánamo era uno de los puntos fuertes de ese mundo; y en que esa canción que todo el mundo conoce, Guantanamera, fue la ofrenda del cantante a una puta de uno de esos casinos. Que se enamoró y la sacó de allí. De ahí la primera versión, la Guantanamera de Joseíto Fernández, con sus flores y sus buenas intenciones.

Guajira guantanamera. Si uno llegase a Cuba sin saber nada de su historia, quizá diría que la revolución acaba de producirse y justo ahora se están dando los cambios. Por todas partes consignas, pintadas en los muros o en enormes carteles, por todas partes “viva Fidel”. Por todas partes los héroes de la patria, los héroes en postales, los héroes en banderas, merchandising, museos. Cuando la Guantanamera se fue popularizando, se extendió la costumbre de que cada cual la cantase con la letra que le viniera en gana, como los viejos romances. Y alguien tuvo la idea de adaptarla a unos versos de José Martí, padre de la patria. De lirios y jazmines pasamos a muertes heroicas. Igualito que en los campos ahí a la orilla del arcén.

Hoy Guantánamo no es una tierra de casinos y cabareteras. Ni de lirios y jazmines. Ni siquiera de héroes de boina y estrella. Hoy Guantánamo, ya se sabe. La ciudad es un páramo de casas semiderruidas y grisáceas. El autobús la atraviesa como a esos pueblos fantasma que ocultan todo clase de secretos. Las dos veces que pasé por ella, llovía. Se sale de la ciudad y el campo está vallado. “Este es nuestro territorio, este el de ellos”, explican. Señales de peligro apartan la curiosidad de las vallas. Al fondo, junto al mar, se intuye esa base norteamericana que se aferra a una cláusula constitucional no muy clara para seguir sentada en suelo priviegiado y exento de responsabilidades -ojos ue no ven…-. Un escalofrío acecha a la vuelta de una curva, cuando aparece la garita destartalada en que un jovencísimo militar cubano da paso -o no- a quienes viven en los dos pueblos que están dentro del cercado. Uno recuerda noticias, recuerda películas. Y el escalofrío se prolonga, se hace eterno, como los minutos al lado de las vallas, mientras se intuyen las siluetas militares, la torre, los aviones, mientras alguien explica “este es uno de los territorios más minados del mundo. Una vez más, el autobús recorre desde los márgenes una realidad que no soportaría ver más de cerca. Guantanamera. Guajira guantanamera. Quieran o no las cosas adaptarse a los tiempos, a veces los tiempos corren más, y la adaptación deja un saldo de minas, de campos fantasmas. Nadie podría cantar Guantanamera, en Guantánamo. Tal vez se llama nostalgia.

Hay una Guantanamera más, de las que conocemos. Esta vez cantada en celuloide. Esta deja atrás los cuentos, y también las leyendas. Es una historia irónica, crítica, que no sentó muy bien a Fidel. En ella, a un funcionario le toca enfrentar en carne propia las absurdas dificultades de uno de esos programas eficientes, uno que el mismo había diseñado: cómo trasladar a un difunto de un lugar a otro de la isla sin meterse en las competencias ajenas. El cortejo va de Bayamo a Santa Clara, encontrándose problemas, amores, pasados, trapicheos, pasos a nivel que se suben a mano si la guardiana no está demasiado ocupada. Como la vida misma. En los tramos de carretera, esta road movie a la cubana canta una Guantanamera diferente, igualmente llena de bromas entre estribillo y estribillo.
Por supuesto, de esa yo no oí ni una estrofa, allá en la isla.

De la sierra a la costa, en Cuba, uno escucha muchas Guantanameras. Y, como ellas, va bandeándose entre la historia, la leyenda y la ironía. Entre el son y el silencio del escalofrío.

De la sierra a la costa hay, sobre todo, consignas. La carretera la flanquean todo el tiempo frases revolucionarias, mensajes de apoyo al Comandante, moralinas e instrucciones. En las paredes de las casas, en el suelo, en pancartas que salen de entre los arbustos. Cualquier lugar es bueno para las profesiones de fe.

 

En Cuba no hay ni una sola valla publicitaria. Se agradece la ausencia de Motorola y Flex. Uno es feliz viendo consignas, tan bienintencionadas siempre. “Un mundo mejor”, se dice, contento. Ni Coca Cola, ni Dove: “viva Fidel”. Uno recuerda aquello que le explicaron de la diferencia entre propaganda y publicidad. Pega la nariz al cristal, observa todo con gran interés. Dos días más tarde, se ha acostumbrado a los nuevos carteles del paisaje. Trata de recordar cómo era aquello que le explicaron, la diferencia entre propaganda y publicidad. Mira los carteles. Parpadea confuso.

Por todas partes, los héroes. Castro, Cienfuegos, Guevara. Las postales de los centros turísticos son fotos en blanco y negro de los revoucionarios, de los discursos. Marcadores, camisetas. No hay ni un sólo museo que no sea, al menos un poco, museo de la revolución. Y luego están los otros héroes. Los de ahora. Por todas partes -sobre edificios, bajo ascensores, la frase: “los cinco héroes volverán“. Son cinco compatriotas detenidos en EEUU por presunto espionaje. De la sierra a la costa, ya se codean con el Che y con Camilo. Vuelvan o no, ya son parte del imaginario de los carteles.

Pasar por ciudades es, casi siempre, bajar de las nubes. Sigue habiendo carteles, en mercados o autobuses. Pero las miradas no siempre dicen exactamente lo mismo que esas letras. Hay veces que los niños sonríen. Hay veces que los adultos echan cortes de manga. Todas las consignas siguen insistiendo en que “patria o muerte, venceremos”. Pero han pasado ya cincuenta años. Decíamos que es difícil caminar al mismo paso que los tiempos. Decíamos que al llegar a la isla uno diría que la revolución acaba de tener lugar.

Los logros son muchos, pero no han pasado cinco años. Han pasado cincuenta. Y aunque todas las consignas insisten en que “la cultura nos hace libres”, ninguna librería ofrece textos más allá de Marx, Martí y García Márquez.

Historia, leyenda, ironía. En ninguna parte se escucha la tercera Guantanamera. Y el Che y Camilo están muertos, mal que nos pese -a nosotros y a las utopías-.

Llueve mucho, en Cuba. Las gotas de agua resbalan por el cristal y dan a la ventana del ómnibus un efecto de caleidoscopio. Los verdes, rojos, naranjas del paisaje se difuminan, se mezclan. Todas las ciudades podrían ser la misma. Y todos los carteles. De la sierra a la costa, va habiendo cada vez menos consignas.

La sierra son montes tupidos que escondieron a los revolucionarios. Pueblos pequeños por los que se sigue andando a caballo. Escuelas para tres niños en medio de la montaña. Hospitalidad y cascadas. Allí las pintadas son a mano y hablan de que otro mundo mejor es posible.
La carretera se asfalta cada vez más camino a Occidente. Los carteles son de imprenta y hablan más de Fidel, menos del pueblo. Ciudades fantasma y propinas al que te cante, guantanamera.
La costa son cayos y calas inmensas. Hay autopisas sobre el mar, las llaman pedraplenes, que unen los resorts con la isla sin que el tipo más frecuente de turista tenga por qué ver un solo cartel, del aeropuerto a la playa. Sin duda un negocio cómodo: el extranjero deja la pasta sin pisar la realidad. Uno se entera más tarde de que los cubanos no tienen permitido el acceso a estas zonas, dominio del peso convertible. Ni en Varadero ni en Cayo Coco verá usted un nativo, si no es uno que trabaje allí. Sigue sin haber vallas publicitarias, al menos, pero tampoco aquellas otras que decían que todos iguales.

Historia, leyenda, ironía. Guajira guantanamera.

En una pared de Santiago leí que “revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado”. En cincuenta años, creo, da tiempo a bastante. A lo mejor el problema es de concepto. Cuando “revolución” pasa a ser un estado de cosas, algo no marcha -cuando Juventud Rebede es un periódico oficial, algo no marcha-.
La tercera Guantanamera, la de celuloide, contaba en voz en off un cuento antiguo:

Obbatalá hizo la vida, pero se le olvidó hacer la muerte. Pasaban los años, y los hombres y las mujeres cada vez se ponían mas viejos, pero no se morían…La tierra se llenó de viejos que tenían miles de años y que seguían mandando de acuerdo a sus viejas leyes; los jóvenes tenían que obedecerlos y cargar con ellos, porque siempre habían sido así las cosas…

En una pared de Baracoa leí que Cuba nunca volverá al capitalismo.
¿Historia? ¿Ironía? ¿Leyenda?

Guajira guantanamera.

 

Baracoa, la aislada (Mitos y ritmos de Cuba II)

Friday, September 8th, 2006

Cuando los aruacos, los primitivos habitantes de Cuba, empezaron a dar forma en su extremo oriental a una ciudad, le pusieron el nombre de Baracoa, “la presencia del mar”. Y por estar junto al mar estuvo en el lugar en que atracaron los españoles al llegar a la isla, y se convirtió en la primera villa fundada en este nuevo territorio y su centro político y religioso. Pero cuando el adelantado Diego Velázquez trasladó, unos años más tarde, su residencia a la cercana Santiago, el aislamiento de Baracoa llegó para quedarse.
Durante siglos, su situación y malas comunicaciones la mantuvieron aislada del resto de la isla. Aun hoy, el acceso a la ciudad es en sí una odisea que serpentea entre montañas y puentes colgantes, a través del llamado viaducto de La Farola.
La huella de ese aislamiento no sólo se deja ver en lo peculiar de calles y edificios. Hay algo más, un poso en el aire, que da a la villa primada un sentido especial, una personalidad que escapa a todas las tipologías que puedan encontrársele al país.

Cuando llegué allí pensé en Macondo. En realidad pensé porque en la ciudad sólo hay tres fábricas, y una es de hielo. (Las otras dos fabrican chocolate y dulce de coco, respectivamente). Pero también podría haber pensado por los colores de las casas y la calma de la gente sentada en sus puertas. Pensé en Macondo, que es como decir que pensé en en el realismo mágico que rezuma cualquier pueblo sudamericano que linde un poco con el Caribe y al que queden fuerzas para pedalear entre partida y partida de dominó.

Pero lo cierto es que, si se intenta encajar en el molde que funden los pueblos rurales en países vecinos, Baracoa resbala y se escapa. Y es que allí no hay nadie que no tenga que comer.
Por ser un ecosistema tan pequeño y puro, en esta ciudad los logros de la revoución se ven muy bien.

A media mañana de un día cualquiera, la tienda de ultramarinos -¿cómo se llaman allá?- se ve vacía. Sus estantes desnudos angustian. Pero un par de días al mes, los que toca, los camiones llegan y la bodega se llena. Es entonces cuando todos y cada uno de los habitantes de la ciudad pueden acudir allí con sus libretas de racionamiento -racionamiento que, recordemos, no es capricho del régimen sino imposición de la escasez que se sufre por, entre otras cosas, el bloqueo- y llevarse a casa lo que corresponde según sus necesidades. Tanto de arroz, tantos frijoles, tantos huevos. Tanto de leche si hay niños, la pastilla de jabón de cada uno. En Cuba, el salario mínimo permite adquirir todos los bienes necesarios para subsistir. Y nadie está fuera o por debajo de ese salario: jubilados, impedidos, todo el mundo cumple un papel en la sociedad, y recibe a cambio el dinero que le corresponde. Hasta los estudiantes universitarios, si no dependen de sus padres, tienen derecho a él.
De ahí en adelante, sí hay diferentes sueldos, claro. Como en todas partes. Un neurocirujano no cobra lo mismo que un auxiliar de enfermería. Pero ese “plus” de dinero en ningún caso urge: lo básico está cubierto. Ése lo que hace es facilitar unos, digamos, lujos. Y quizá sea este momento para recordar que al hablar de nivel de vida es necesario cambiar los ojos y mirar las cosas con los de allá, baremar según sus valores y contexto.
La cuestión es que el día que toca reparto, todos y cada uno de los ciudadanos de Baracoa pasan por la pequeña tienda de la calle central y llenan su despensa.

Y no es sólo comer. En una esquina no lejos de la plaza central está el hogar de las embarazadas. Las jóvenes que estén a punto de dar a luz pueden acudir allí un mes antes del parto, y quedarse un mes después. Así se asegura que estén bien alimentadas, que tengan tiempo para cuidar de sí mismas y del pequeño que viene. Se sientan en sus mecedoras mirando a la calle, leen, descansan.
Y es que dicen que en Cuba la muerte de un niño es la mayor de las tragedias. Ellos sí que son los protegidos del régimen. Como quería Platón, durante la infancia uno pertenece a la comunidad, el niño es de todos y todos se alían para que le vaya bien. Por ejemplo, en el país hay escasez de leche y de carne de res, pero la casa en que viva un niño recibe puntualmente su buena ración. Ningún vecino se negaría a cuidar al crío de otro en cualquier momento, en criarlo incluso si fuera necesario.
Por no hablar de las escuelas. En lo alto de las montañas, en los pueblos más recónditos, en todas partes uno encuentra una escuela, así sea para tres alumnos; y los campamentos donde esos pequeños “pioneros” se entrenan para parecerse a los héroes nacionales salpican el paisaje de la isla. Todo lo que tenga que ver con la educación se cuida sobremanera. La Universidad es accesible para gran parte de la población, y se cuenta con multitud de ayudas para poder estudiar fuera de la propia ciudad, o para hacerlo a la vez que se trabaja, o cuidando al tiempo de una familia. Y para los menos aplicados, una suerte de formación profesional con la que el Estado se encarga de que cada cual reciba una formación adecuada a sus capacidades.

El buen funcionamiento del sistema educativo, como el del sanitario se basa en gran medida en una fuerte conciencia de lo social, en una mentalidad moldeada desde pequeños para servir a la comunidad y poder recibir lo que ella ofrece. Los primeros años de trabajo, por ejemplo, hay que ponerlos al servicio del Estado. Eso supone ir al lugar que a uno le toque y cumplir la función que más falta haga -sea dentro del país o fuera, como está ocurriendo últimamente con contingentes de médicos enviados como cooperantes a distintos lugares-. Este servicio se entiende como una retribución al país por la inversión que ha hecho en uno.

Esa mentalidad es en sí un logro. El cubano es un pueblo convencido de los ideales en los que vive, convencido de que “otro mundo es posible”. Habrá tiempo a hablar de consignas y contradicciones, pero lo cierto es que la gente de la calle, en general, cree en los valores que sirven de pilar ideológico al régimen, y su ilusión por ellos es firme hasta el punto de desafiar las evidencias. Se agarran contra viento y marea a la convicción de que la revolución, su revolución, es el mejor de los modos de vida.
En Baracoa, esto es cierto. Este pequeño Macondo junto al mar, aislado sin que le importe, unido al mundo de las otras cosas por once puentes colgantes, es una isla Utopía donde las cosas van bien.
Si toda Cuba es un mundo aparte, especialmente este pedazo se me aparece como aquel poblado en el que vivía Astérix:

(…) Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil (…)

Sobre el pueblo de Asterix había una lupa. Uno se va de Baracoa con una sonrisa amarga. Por un lado, al mirar con la lupa ve que las ideas podían funcionar, y que a ese lado de los puentes colgantes casi existe la Utopía. Por otro, retira la lupa y ve que funciona por microsistema, por aislado. Como un ensayo de probeta que se mantuvo puro por circunstancias inducidas.
Pero qué bueno si cada aldea fuera un reducto resistiendo ahora y siempre al invasor. Qué bueno si cada pueblo de África, de Ámerica, tuviera una bodega que se llenase puntualmente dos días al mes.

(La misma realidad admite siempre distintas palabras. Ricardo Menéndez Salmón, un compañero en este viaje, publicó ayer en El Comercio las que para él cuentan la que encontramos en Cuba. Os recomiendo que os paséis a verlas, su mirada siempre estaba atenta a huecos insospechados).

Santiago o la duplicidad (Mitos y Ritmos de Cuba I)

Wednesday, September 6th, 2006

No sé hasta qué punto es buena idea empezar por Santiago un viaje a Cuba. La idea de que este país es en realidad muchos, y que en el mito de tierra de la igualdad no es oro todo lo que reluce, acaba, me temo, por ser inevitable tras varios paseos tranquilos por la isla. Pero puede que sea Santiago el lugar donde esa realidad azota al foráneo de manera más violenta.

Nunca antes en un viaje me había ocurrido como allí que la distancia entre el viajero y el nativo resultase insalvable. Todo lo que rodea al turista se convierte en una suerte de parque temático, una irrealidad acorazada que parece no ir a permitir nunca entender nada en absoluto sobre qué se cuece realmente allí.

El hotel es Occidente: tv, agua mineral, aire acondicionado. A sus pies se extiende la ciudad, con sus techos de ropa tendida y la insignia inconfundible del cuartel Moncada, blanco amarillo de batallas históricas, enfrente de casi cualquier ventana. El camino que los une, hotel y calles, es traquetear unos minutos en bici-taxi o uno de esos Chevrolets recuperados que se quedaron anclados en la isla cuando los ricos se fueron. Pasados esos minutos, se ha cambiado de mundo y de tiempo.
Uno desembarca en el centro de la ciudad. Digamos la plaza de la catedral. Y entonces descubre que la calle comercial de la segunda ciudad de Cuba es un paseo empedrado con paredes desconchadas.
Apenas tres segundos más tarde, todo extranjero tendrá a sus espaldas una avalancha de santiagueros pidiendo una ayudita.

Ahí es cuando los mitos empiezan a pedir auxilio. Si parte del leiv motiv del aterrizaje allá había sido encontrar un reducto donde aun hubiera otros valores y deseos, oir peticiones de pintalabios o camisetitas lindas -de las que ninguna mujer escapa- resulta cuando menos chocante. Y si eso no funciona, modelo b: un euro, un dolar. Con el cable totalmente cruzado, el recién llegado intenta procesar en su cabeza por qué en un país donde todo el mundo tiene la manutención asegurada existe esta clase tan rara de mendicidad. Porque es rara: quien te pide es alguien que al mismo tiempo tal vez te habla de la carrera que está estudiando en la universidad, alguien vestido correctamente, alguien que tiene casa y come a diario.
Uno no entiende nada hasta que por fin comprende cómo diablos hay que leer realmente los precios en los escaparates.

Se trata simplemente de un sistema monetario ad hoc creado por Fidel Castro para mayor beneficio del régimen. En el país conviven dos monedas. La nacional es el peso. En ella cobran sus salarios los trabajadores, y con ella compran los productos básicos, regulados por una cartilla de racionamiento. Y luego está la moneda que funciona como divisa, la que deben utilizar en el país todos los extranjeros. Hasta el 2004, era el dólar el que cumplía esa función. Pero como todo lo americano es non grato para Fidel, en noviembre de ese año se puso en circulación otra moneda, el peso convertible, en principio de valor equivalente a aquel.

La gracia del asunto es que el peso convertible equivale a veinticuatro pesos cubanos. Y que, aunque todo lo que se supone de primera necesidad pueda adquirirse en moneda nacional, todo producto de importación lleva su precio en divisa. Y al precio que paga quien paga en divisa. De este modo, la ropa, los zapatos, y todo aquello que se considere producto de lujo tiene un precio abusivo para el cubano, que ahorra para comprarlo en una moneda veinticuatro veces más débil.
De ahí la picaresca. Los ciudadanos se lanzan sobre el turista porque la moneda que él suelta tan fácilmente no vale para ellos lo mismo, sino lo que resulte al cambio. Una propina pensada en euros es mayor que el sueldo diario del que la recibe, que piensa en pesos. Por otra parte, bienes nimios para el extranjero, como un bolígrafo o una pastilla de jabón, allí constituyen productos de lujo, porque, al ser siempre de importación, su precio se dispara para la moneda nacional.

Evidentemente, el turista sólo puede moverse por los lugares que estipulan el valor en convertible. Bares, hoteles y tiendas se convierten en terreno inaccesible para los cubanos; y los locales de estos están prohibidos para el turista, que comete una ilegalidad si maneja moneda nacional.

De pronto, el vertiginoso abismo que uno percibía entre extranjero y local muestra sus razones más evidentes. Y al orgullo de haber entendido el porqué se le mezcla una temprana amargura: acceder a los secretos de esta tierra no sólo es intrínsecamente difícil, además es institucionalmente difícil. Va a haber que andar siempre esquivando la frontera entre dos mundos.

Tal vez al final si era buena idea escoger Santiago para empezar trayecto: bautismo de fuego. Mejor si los mitos se tambalean ya los primeros días y algunas claves de comprensión van ocupando el hueco que han dejado en la mente.

En cualquier caso, encontrar consuelo al desasosiego no es difícil. A los lados de las calles hay siempre un árbol de flores naranjas que se ve perfecto entre el azul del mar, y al fondo de la ciudad se alzan el castillo del Morro y las historias de piratas. Santiago, heroica siempre según dicen los carteles, es la patria chica del Comandante, y se muestra orgullosa de ello. Me duermo con imágenes de Chávez en la 6 y despierto con imágenes de Chávez en la 7. Veo los huecos de las balas de las paredes del Moncada, los primeros cantantes de la nueva trova. Empiezo a entender de qué modo el ron quita el calor; y vuelve a sorprenderme que los muertos se cuiden más que los vivos cuando en el cementerio de Santa Ifigenia veo tan grande el mausoleo de Martí, custodiado por jóvenes guardias, y cuando salgo, venerado ya el idealista, me cruzo las casas más pobres de la ciudad. Hago un par de amigos y me cuentan que el Granma ni lo busque, que el papel es escaso y al sur no llega casi nada que lo use.
Un tal Eduardo se asusta, una noche en el mirador, de que en España sea posible comprar todo lo que uno quiera, sin cartillas de racionamiento. Sonríe al saber que en España puede pasar que si uno no tiene dinero no tenga qué comer. Luego me hace asustarme si comenta que a Raúl Castro le ha parado los pies su hermano porque nada le gustaba más cuando le dieron este trocito de poder que ponerse a hacer volar aviones militares de un lado a otro de la isla; que es un loco de la guerra. Me hace sonreír cuando me explica que allí lo que va mal es porque Fidel no lo sabe; que él es como un dios, que le despliegan alfombras rojas para que pase. Un tal Eduardo se sorprende de que en España todo el mundo pueda, si tiene el dinero, entrar en todas partes.

Santiago deja, más que nada, una profunda sensación de irrealidad. De duplicidad a cargo de un espejo convexo. De mirada a través de una ventana de un ómnibus climatizado del que no siempre es momento de bajarse, que se aleja de allí.

Esténse atentos, porque seguimos viaje.
De Este a Oeste, como siempre se hizo la Revolución.

(De repente me encuentro, con mi post ya a medias, un artículo en Le Monde que va por los mismos derroteros. En francés, pero aquí os lo dejo).

Regreso y anuncio

Saturday, September 2nd, 2006

A cada rato, de repente, una bofetada húmeda de aire del Caribe me recordaba que, en efecto, tras tanto tiempo de esperar ese viaje, estaba en Cuba justo en el momento en que los ojos del mundo se clavaban en ella más aun de lo corriente.

Esa ha sido una de las razones de mi prolongada ausencia. Llegué a la isla más o menos cuando Fidel mostraba su chándal al mundo; cuando aun ni siquiera se hablaba de los pasos de Ernesto. En principio, la idea era ir contando sus historias entonces, mientras yo me movía por el país y ellas se acumulaban en la trastienda de una libreta marrón. Pero si algo aprende uno en ciertos lugares es a bandearse cuando la imprevisión se convierte en norma: poco a poco las circunstancias mutaron el propósito de breve crónica a largo reportaje, y a mí no me quedó más opción que acomodarme a ellas y seguirles la corriente.

Fundamentalmente, porque encontrar un cyber allí es tarea imposible -fuera de las zonas agresivamente turísticas, claro: en éstas, pagar veinte dólares por hora de conexión es lo más sencillo del mundo-. Y de igual modo que buscar Internet es una quimera, saber qué ocurre mas allá de las fronteras que marca el mar se convierte allá en un lujo reservado a momentos de suerte: no hay posibilidad de encontrar ningún tipo de prensa internacional, y los canales de televisión que escapen a las emanaciones de Telesur son también patrimonio exclusivo de los hoteles de alto standing. Lo que no quiere decir que uno se entere especialmente de lo que ocurre de puertas adentro. La prensa escasea y se agota pronto, y en cualquier caso tampoco se caracteriza precisamente por ser muy informativa; y en cuanto al canal nacional de Televisión, tiene más de instrumento oficial, por un lado, y servicio a la comunidad, por otro, que de vocación periodística.
Así, durante todo mi viaje tuve la sensación de que cabía la posibilidad de que, en efecto, Fidel hubiese muerto y el mundo entero estuviese especulando con el futuro, y en Cuba todo siguiera sucediendo a su ritmo cadencioso y tranquilo. Allí, las reglas de la realidad son otras. Así que algo le dijo a mi mente, por lo demás acostumbrada al frenetismo de la información continua, que si quería contar ese país, debía dejarlo que posara, esperar a que estableciera su mapa vital entre mis ideas. Acostumbrarme a sus normas y ritmos, tratar de mirarlo con sus propios ojos y no con todo lo que los míos llevaban en la recámara. Y acercarme a una pantalla de ordenador durante mis días allí sólo habría servido para dificultar mi aclimatación y contaminar las impresiones. El mero hecho de abrir el correo habría supuesto acercar al viaje un pedazo demasiado grande de casa.

Y total, al fin y al cabo, quién iba a tener prisa, siendo precisamente de Fidel enfermo del que no iba a poder contar ni palabra.
Ahora he vuelto, han pasado suficientes días y páginas como para poder pensar con calma. Mis excusas en forma de jetlag se quedaron viejas, las vacaciones terminaron, Chávez en su papel de cariñoso visitante ha vuelto a sacar a Cuba a los titulares.
Me parece buen día para ponerme a la tarea de empezar a darle forma a una pequeña serie de posts sobre lo que me encontré por allá.
Mañana, pues, empezamos el viaje. Les espero en Santiago de Cuba.

(Por lo demás, septiembre ha llegado golpeándome en el hombro con cara de Pepito Grillo: se acabó el tiempo de trenes.
Regreso al blog para quedarme, la normalidad ha vuelto.)

El gran bazar

Tuesday, August 22nd, 2006

Todos los colores se encuentran en la misma paleta, que está boca arriba mientras las pinturas se van mezclando, poco a poco. Con mucho abanico y mucho tinto de verano (o rebujito) la feria de Almería va alcanzando su ecuador, y por lo tanto el lienzo se va volviendo anárquico.

Para el que viene de fuera puede resultar fatigoso, pues desde media mañana hay fiesta en Almería, y la hora de recogerse no la marca ningún reloj. En la feria de Mediodía luce el sol, que le da aspecto de realidad a una hipérbole de sentimientos aletargados el resto del año. La feria de Almería, en realidad, no existe. Y no porque los servicios de limpieza sean muy eficaces, que también, al menos en esta edición. El año pasado la ciudad permaneció sitiada por la piel muerta de la juerga, pero este año la diversión más o menos irresponsable tiene una conciencia (todavía) más frágil.

  • Abanicos de todos los colores

Verdes: Como los que vende La Voz de Almería, Localia y Cadena Ser (ah! las promociones del papel de pago), que en estas fechas viven en continuo estrés. Varias horas de televisión y radio en directo, un cuadernillo especial que abraza a la edición habitual del diario (va dentro de la información de feria) y muchas fotos. Es la semana del año de más venta del periódico porque, si no sales en La Voz es que no has estado en la feria. Y todo el mundo quiere estar, y salir; claro. Además, hay decenas de actos que cubrir y mil personas a las que entrevistar. Es aquí donde se comprueba la verdadera identidad de un periódico local, con esfuerzos como estos. El periódico se vuelve más cercano, pegado a la gente… y busca ser el reflejo de la ciudad (casi todas las páginas del especial de feria van en color).

Amarillos: Las calles engalanadas se emborrachan también con cerveza en vaso de plástico, como todos los propios y extraños. La gran feria de agosto trae a muchos visitantes y a muchos retornados. Junta a muchas familias con miembros en la emigración, que han cruzado el charco que separa a esta provincia del resto de España, fundamentalmente de las grandes ciudades. También hay mucho ‘guiri’ que se lo pasa en grande reforzando sus prejuicios sobre España o simplemente disfrutando el momento.

Rojos: La afición taurina se deja sentir en la ciudad. Muchos han comprado sus abonos para toda la semana, donde torean maestros locales y foráneos. La plaza revienta con las oreja de Ruiz Manuel, el arte de ‘El Juli’ o Enrique Ponce. Ayer estaba Acebes, luciendo bronceado en un espectáculo que da repelús a la progresía y vigor a los patriotas, según a quién le salte la sangre, según quién escuche las estocadas.

Blancos: El postín y la política juegan un buen papel en la feria. En el recinto de casetas, hasta la CNT o el CSIF tiene la suya, muy cerquita de la de los bancos o las grandes empresas. Algunos, como los jóvenes comunistas, resisten colocando al Ché en la puerta y a la bandera tricolor en el corazón, bajo un paraguas que lleva bastante mal el paso del tiempo. El poderío del PP y el PSOE se ve en dos casetas enfrentadas, separadas por una calle, mientras los guardias de seguridad de la puerta se miran, ajenos al protocolo y los paseos en caravana de líderes locales y familiares adyacentes. El teatro político se escenifica, por una vez, en un espectáculo que sólo tiene una semana de función.

 

 

Azules: Mis preferidos, porque son los que llevan las parejas o grupos de amigos que escapan del tiempo y del trabajo para vivir el momento, con un brindis al sol, a la vida o a lo que tercie. Azules que hacen juego con el mar de Almería, que en estos días se enfría por los soplidos del Poniente, como si fuese una gran sopa. Las parejitas y los amigos (que me lío) aprovechan estos últimos días de agosto para festejar sin motivo, que es la mejor manera de festejar, igual que no hacer nada debe de ser la mejor manera de descansar. Por eso no pesan las ojeras, las voces roncas o las manchas en las camisetas. El motivo (esa feria que decimos es ficticia) no tiene fin concreto.

  • Sol y luna

Sol de mediodía son las callejuelas del centro donde, vayas donde vayas, te gritan desde la nada fiestas y gente, mucha gente, tratando de invitarte. No es un cóctel para la élite (que es, paradójicamente, la que mejor se lo pasa), porque a veces suena el reaggeton o la estrella local de rizos perfectos, pero las tapas de migas o paella saben, junto a una caña o un tinto de verano, como si fueran viandas del mejor banquete griego. Las peñas de amigos se hacen camisetas para la ocasión, y no es difícil ver a los voluntarios de tal o cual obra social de gran calado (y bla bla bla) bañados en vino que sale de botas a toda velocidad. O al cura de turno dejándose seducir por el demoníaco silbido de la música. Todo es posible.

 

 

La luna, pese a su atrevimiento, acaba siendo la más tímida de todas, porque para atrevidos ya están los chiringuitos y casetas del recinto ferial, lejos del corazón de la ciudad y la feria del mediodía. Aquí todavía el enredo todavía es mayor. Adornos que no falten, a ver si cuela el cuento: millones de tómbolas, puestos de turrón (que aquí, como en toda Andalucía, preside el postre de las grandes comidas), atracciones de ruido ensordecedor o casetitas donde muñecos articulados te ofrecen vino de batalla. Y luces, muchas luces, que hacen pensar que las fiestas de pueblo permanecen en la misma forma durante siglos. Creo que las tómbolas (y las voces de los tomboleros, que son siempre idénticas unas a las otras) tienen éxito desde que los dinosaurios gobernaban los destinos del planeta. La feria de noche es más bien una metáfora, que hace seguir creyendo al visitante en la inocencia de la fiesta de algodón de azúcar o de churros llenos. Eso sí, siempre que se lleve la cartera llena. Por lo demás, la feria de noche está llena de casetas, de asociaciones, hoteles, partidos, medios, discotecas, donde la gente (más o menos joven) funde un poco de su noche, haciendo vida social, política o simplemente divirtiéndose. Hay algunas, como la de Localia, que tienen parqué, mesas, sillas pijas y hasta aire acondicionado. Nadie dijo que fuera discreto.

Día tras día, los colores se van mezclando, gastando, y tras diez días de feria, llegará el momento en que el batiburrillo de pigmentos sea tal que haya que ir pensando en una nueva paleta y unos nuevos colores para el año que viene. Eso sí, comprados en la misma tienda.

(Ya sé que es largo, pero estando donde estoy, era necesario. La primera y la tercera de las fotos son del gran Fran Leonardo, un científico de la fotografía y capturador de realidades y emociones; la segunda es de Ricardo García, una joven promesa).

Santa Patrona de la Foto y el Café

Monday, July 17th, 2006

Existe una iglesia donde al acabar las oraciones puede decirse, en lugar de “amen”, “así son las cosas y así se las hemos contado”. En serio.

En la City, zona de encorbatados ejecutivos en el corazón de Londres, hay unas calles que son, según todas las guías y un par de novelas, tierra de periodistas. Allí están, en efecto, las míticas oficinas del Sunday Post y los bares donde se emborrachaba Rupert Murdoch.

Y, en una esquina, la iglesia de Saint Bride -lo que entiendo como Santa Brígida, corríjanme si me equivoco-. Como había leído que tal templo era el patrón de los de nuestro oficio, qué menos que pasarme, aprovechando a la vez un rato de sombra y la posibilidad de algún tipo de inspiración divina que aprovechar en el futuro. No es que sepa yo mucho de iglesias con advocaciones profesionales, la verdad. Pero si todas están ambientadas tan ad hoc a los fieles como la nuestra, voy a empezar un tour, porque la cosa es curiosa.
Me explico, y teniendo en cuenta -sin que sirva de precedente- que en casos como este una imagen vale más que mil palabras. En las paredes no había escenas bíblicas ni de santo alguno, sino las captadas a lo largo del tiempo y el mundo por fotoperiodistas de renombre. En sus paredes, los nichos de otros colegas difuntos, con, en lugar de epitafio, la especificación de dónde y de qué trabajaron en vida: “Fulano de tal, tal año, tal año, redactor jefe en el periódico cuál”:

Lo más curioso, a mi entender, los bancos reservados. Uno acostumbra a verlos aderezados de nombres de nobles y obispos, pero estos tenían, para guardar el sitio, las plaquitas de los distintos medios nacionales (lo que daba al religioso lugar un curioso aspecto de tribuna para ruedas de prensa):

Obviaré el hecho de que a la entrada había unos cortinajes de colores, pero no el cartel que anunciaba vigilias “para apoyar a nuestros compañeros en las ajetreadas noches de la redacción”: ya se sabe que el estereotipo del periodista tiene mucho de crápula, miren qué alternativa tan maja a la perdición, si la jornada se prolonga.Más cosas: un rincón dedicado a los periodistas fallecidos en Irak, con placas, esquelas y más fotos.

Y para homenajear a los muertos en servicio -informativo- en las Guerras Mundiales, una cripta subterránea con retablo fluorescente:

Como el buen periodista nunca descansa, la congregación tiene una revista, justo al lado de los misales (y una página web, por si alguno quiere saber más):

Por lo demás, una oración preparadita para ahuyentar los pecados que nos acechan:

[Dios Todopoderoso, guía y fortalece,
te rogamos, la voluntad de aquellos
cuyo trabajo es escribir lo que muchos leen,
y hablar lo que muchos escuchan.
Que seamos capacecs de enfrentar
la maldad y la injusticia; entendiendo y
compadeciendo la debilidad humana;
rechazando de igual modo la media verdad
que engaña y la palabra interesada que
corrompe. Que el poder que tenemos,
para lo bueno o lo malo, sea siempre empleado
con honestidad y valentía, con respeto e
integridad, de tal modo que, cuando aquí
todo hay sido escrito, dicho y hecho, podamos,
sin avergonzarnos, encontrarte cara a cara,
por medio de Jesucristo Nuestro Señor, Amen.]

Prometo que no es novelar la historia si os cuento que el único fiel que vi por allí -no eran horas de estar fuera de la redacción, en efecto-, llevaba en la mano un vaso enorme de café.

Así que ya saben. Becarios agobiados, profesionales sin vacaciones, titulados a la caza de trabajo: encomiéndense a Santa Brígida, sigan este rezo café en mano. La patrona vela por nosotros, y durante toda la noche, en una esquina de Fleet Street, entre fotos y capillas fluorescentes.