Archive for the ‘Verano’ Category

Despertar

Friday, July 14th, 2006

Tras casi dos semanas de julio, la actividad del blog se ha reducido mucho, entre otros motivos porque ni Laura ni yo seguimos los horarios del curso. Yo estoy en Almería, trabajando en una redacción multimedia donde estoy haciendo de todo: radio, tele y sobre todo periódico. Es mucho trabajo, pero estoy contento. Le he dado vueltas a varias ideas:

  • Tratar con las fuentes, aportar ideas, desarrollar (en la manera de lo posible) temas propios hace que un estudiante de periodismo recobre la ilusión por la profesión. Pese a todo, uno se encuentra a menudo con gente dispuesta a hablar, a contarte una historia, a darte ideas. Eso siempre que se te ocurra preguntar. Cada vez estoy más convencido de que si la mayoría de los medios están como están es por intereses que, llegado el caso, pueden cambiar. El periodismo declarativo y para las fuentes no es un imperio infranqueable.
  • Lo que nos enseñan en la facultad sirve, y no sirve. En algunas facultades, los planes de estudio no están adecuados a lo que se necesita para ejercer bien el periodismo. Depende de los profesores que te toquen. En tres días de trabajo he aprendido más que en muchas asignaturas anuales. Y eso es inconcebible. Vale que se puedan aprender saberes a distinto nivel, que quizás no tengan una aplicación práctica inmediata (me refiero a saberes que te hagan pensar, que te amueblen la cabeza fuera de lo puramente instrumental), pero cada vez está más claro que las universidades fallan, si no en su primer siglo de vida, definitivamente en sus primeros cincuenta años.
  • La vida de becario no es fácil, pero depende mucho la suerte que tengas. Siempre se trabaja mucho, generalmente más (o mucho más) de lo que pone el contrato. Pero el mito de las fotocopias suele ser falso, a poco que demuestres interés. En muchos lugares los becarios trabajan como uno más. Si tienen suerte no serán unos subordinados, levantarán el medio como un redactor más. Eso sí, las condiciones favorables deberían (en algunos medios más que en otros) mejorar. Hay testimonios en muchas redacciones realmente preocupantes.
  • Una redacción es un lugar de aprendizaje. Un pequeño taller en el que todos los días modelas un texto, una imagen. Poder meter la cabeza en una redacción te hace aprender mucho, y en gran medida mucho sobre tus carencias. A menudo la Universidad es una gran probeta en la que la solución no sale nunca del material de estudio. Con un par de días de trabajo “de campo” te das cuenta ya no de lo que sabes, si no de lo mucho que te queda por aprender. Por leer, por limar, por escuchar.
  • Una redacción es una escuela de “relación”. El contacto personal, los líos, los jefes, los buenos y malos compañeros… Una “institución” socializadora más donde los jóvenes de hoy (cada vez más criados en Internet-sólo en Internet-, en la TV, los videojuegos…) se la juegan cada día. Además, la competición, los malos rollos, los momentos de coña… Todo se comparte, durante muchas horas.

Estas son algunas pinceladas, sobre temas en los que ya pensaba y a los que he incorporado mi experiencia y la de más estudiantes en varias redacciones. Como diría una serie de culto, la verdad… sigue estando ahí fuera

Lazos para terminar (Un curso con Vicent, IV y final)

Friday, July 7th, 2006

A mi amigo le pareció bien la respuesta que Vicent, sin saberlo, dio a su conflicto. Sin embargo, me comentó que por más que escribir para el córtex esté muy bien, “también tiene su mérito dirigirse a esa parte del cerebro que procesa los sentimientos“. Me comentaba que, aunque manipular los sentimientos sea algo bastante sencillo, ”es cierto que esa unión sentimental entre todos los mamíferos existe para darle una emoción irracional a la vida”. La recta final del nuestro curso ha atendido a esa parte del cerebro y las páginas: las que se ocupa de emociones, recuerdos, colores y estampas.

Después de que hablase durante un rato de sus novelas, alguien le preguntó a Manuel: ¿por qué son tan importantes para ti los sentidos? “Porque son el conocimiento”, contestó sin dudarlo. Por eso, empieza hablando de Contra Paraíso, una novela que se desenvuelve en el terreno de sus memorias de infancia, en el tiempo en que naturaleza y conciencia eran lo mismo. En ella, dice, se propuso contar “las sensaciones de antes de crecer, cuando la memoria no embellece la verdad. Porque más tarde “parece que uno quiere embellecer su pasado, pero no es así: es que la memoria y la imaginación llega un punto en que se confunden“.

Nos había quedado pendiente saber si Vicent era de los que escribían en cuanto algo se les pasaba por la mente o de los que al que nunca carecen de ideas a la hora en que presiona el editor. Ayer quedó claro: lo suyo es la presión.

Antes de escribir otra novela anterior, La Balada de Caín, estaba, cuenta, volcado a escribir en el periódico. Viajes, retratos, reportajes: el caso es que “el acicate de la imaginación era la última llamada desde la redacción, ahí salía lo bueno (…) si hasta la columna del domingo acabé decidiendo escribirla el sábado de doce a una…” Total, que cuando le proponen escribir una novela para presentar al Nadal, descubre que, si no recupera la prisa de la preofesión de periodista, no saldrá nada. De este modo, esa novela, y también Contra Paraíso, son escritas a base de estética y sentidos, para nada afines a este oficio, y, sin embargo, aprovechando como fórmula la experiencia de reportero: cada tantos días, enviar al editor tantas páginas. Y seguir escribiendo sin releer lo anterior, hasta que la historia terminara. Igualito que la Historia del mundo que cuenta la prensa, entonces: a su ritmo, fugaz, disparatada y sin memoria más allá de lo inmediato.

¿Otras cuestiones de estilo? Dos importantes. Una ya la concluimos hace un par de días: “es importante evitar la batallita personal, elegir aquellas compartidas por todos”. En estos cuatro días, hemos visto que es posible y deseable contar el mundo a través de una historia muy concreta, toda la Historia en un cuento medianamente pintoresco.

La segunda, esa sí es deformación profesional de la parte periodista del maestro: “de noche, todos los filósofos son pardos; lo difícil es decir las cosas claras“.

Por lo demás, ayer y hoy sí han sido ya sin más Literatura, porque lo de que la claridad y la belleza o las ideas no tienen por qué estar necesariamente en guerra también es uno de los mandamientos que nos llevamos de Santander. Pero aunque nos ha quedado claro a todos que las fronteras entre géneros son difusas, lo cierto es que los cuentos de hoy (los devaneos saxofonistas de la Balada de Caín; “la maldición de crecer, el nudo de la infancia, que se deshace a lo largo de la vida” de este Contra Paraíso; los ritos iniciáticos para una vida que reúne Tranvía a la Malvarrosa; los nombres resonantes -Pasionaria, Solanas y Bustelos- que paseaban por el combativo Jardín de Villa Valeria; el modo en que el amor cambia de dueño en Cuerpos sucesivos; las olas -o tan mitológicas al cabo- de Son de mar) no vienen tanto a cuento por aquí. Probablemente tampoco los de la última sesión, “La experiencia cinematográfica”: los problemas de ir escribiendo un libro pensando en que sea película – “en cine, cada adjetivo cuesta tres millones (…) si piensas así, en vez de un submarino acabas poniendo una zodiac”-, o los de que tu libro se haga fotogramas (pasó con su son y su tranvía); las leyendas de rodaje.

Mejor, supongo, hacerse eco de aquel consejo que decíamos ayer, y parar antes de seguir sin rumbo. Los dos últimos días la labor no ha ido hacia el córtex, pues, sino a esa otra mente que se ocupa de crear lazos entre seres racionales. Los psicólogos tienen claro que se aprende mejor lo que se recuerda con sentimientos que apetezcan: cuatro días de cuentos y verdades de un escritor que a mí me sigue pareciendo un marinero acumulan sin duda muchas lecciones que se graban mejor que todas las asignaturas de las que nos hemos examinado hace apenas un par de semanas.

Ya se acaba esto de desayunar al lado de Goytisolo o Subirats, de tener entradas gratis para casi todo lo que ocurre en la ciudad con el carnet de alumno, de que en los pasillos no haya quien no quiera siempre hablar de algo. Uno se va con esa ilusión que a veces flaquea bien repuesta, con una voz certera en mente y con ganas de escribir todas las historias que quepan en las páginas de un mundo.

La Universidad era esto, ¿no?

En fin, al menos en vacaciones se encuentra.

 

(Más fotos de todo esto, en nuestro huequito Flickr, por cierto. Ahora, a recoger mi alma en alguna ciudad, unos días de descanso absoluto: como os decíamos… ¡paciencia! El ritmo habitual volverá pronto. .)

 

La columna del domingo y un cuaderno de viaje vacío (Un curso con Vicent III)

Thursday, July 6th, 2006

“Para un escritor, hay dos maneras de profesionalidad: que en cuanto se te ocurra algo corras al cuaderno, al ordenador, a la máquina de escribir, y lo escribas; o que en el momento en que debes escribir algo, invariablemente se te ocurra qué”.

La primera sesión del tercer día habló de columnismo literario. La verdad es que es probable que la mayor parte de los asistentes al curso hayan llegado aquí a remolque de la columna de la contra de El País de los domingos, mucho más que por todas las novelas y crónicas y cuentos. Por eso, la posibilidad de que Vicent desvele hoy algún secreto de ese oficio le da al día un interés especial. Uno se pregunta a cuál de esas dos maneras de profesionalidad responderá. Probablemente un narrador viajero, un escriba de las ciudades, sea más bien de esos de bloc en el bolsillo y boli veloz, pensaba yo. Pero la verdad es que me he quedado con la duda.

Nos cuenta que, en los países germánicos, que un tipo pueda ser al tiempo escritor y periodista es impensable. Son cosas distintas, y su mezcla un sacrilegio. Sin embargo, aquí, “casi todo el que escribe ha bajado a la prensa alguna vez”. Por eso, nos habla del tiempo en que los periódicos estaban poblados por palabras de Unamuno u Ortega. Para contarnos luego como empieza en los sesenta un cambio por el que esa tradición de que los columnistas sean gente que llega de fuera e imparte doctrina se pierde y comienza un tiempo en que los articulistas salen de la propia redacción, algo así como ir dejando a los chicos listos de las noticias un hueco para pensar. Eso sí, aclara, un narrador no es lo mismo que un escritor. “Un narrador lo que hace es encontrar personajes en todo, y su única obligación es ocuparse de ellos a medida que los va creando. “Escritor, sin embargo, es un concepto más amplio: es el que lo convierte todo en palbaras”. De ese modo, claro, “una vertiente de ese escritor es la que va a dar al Periodismo”. 

Alguien pregunta si ambos oficios -periodista y novelista, sea en su modo de escritor o de narrador- no pueden perjudicarse mutuamente: “Sí, sí. En esta país rara vez te dejan hacer dos cosas bien. Si eres un buen articuliusta, ya está. (…) El que te lee en los periódicos te tiene ahí, no va a buscarte en la novela (…) Los críticos te ponen una silueta: yo con esto del Mediterráneo llevo una cruz muy pesada, Valencia me da unos disgustos… ¡si lo que más odio en el mundo es la paella!”

¿Y qué tiene una columna que no tenga un artículo? La respuesta es más bien técnica: es un invento más moderno y se le ha dado regularidad y sitio fijo. Parece que todos nos quedamos con cara de que ese no era el truco maestro que esperábamos para saber por qué tanta gente empieza el periódico por Juan Cruz o por Millás, así que, riéndose, dice que su caso es un poco distinto: “el mío es un lector de domingo… ¡no hay derecho a amargarle la vida a esa persona que está tomando el vermú o el café, el único día que puede leer el períódico rascándose la espalda…!” Explica que una columna semanal es en cierto modo más difícil que una diaria, porque, al fin y al cabo, si uno escribe cada día, siempre hay algo a lo que agarrarse, de lo que tirar: siempre hay algo de lo que escribir (¿nos suena esto entre blogs?). Sin embargo, si han pasado varios días desde la última, hay que hacer balance de todo lo ocurrido entre tanto, de lo que otros han dicho al respecto. Una chica pregunta lo que todos tenemos en mente: ¿y el miedo al folio en blanco? “¡No!”, se ríe Vicent, “¡qué va! ¡Al folio en negro es! En un folio en blanco puedes escribir los primeros versos de la Divina Comedia… El que da miedo es el folio recién escrito, el que tienes que mandar a la redacción…

¿Y en cuanto a escribir con prisa -segundo tópico de la hora-? Dice que el muchas de sus crónicas las ha escrito en los taxis camino a la redacción, muchos de sus artículos de pie teniendo al lado al motorista que debía llevarlos a la redacción. Pero siente que la prisa que impregna esta profesión es buena porque “hay una cierta emulsión del inconsciente, dices cosasque luego no saben de dónde han salido”.

Llegado un momento, empezamos a hablar de peligros. De los escollos que hay que ir sorteando para poder hacer algo medianamente decente en este género de aparente libertad absoluta:

“En el articulismo hay un principio malvado que no se da en otros géneros: que el éxito consiste sólo en ser leído (…) Por muy bueno que seas, por mucha filosofía que tengas, si no eres leído has fracasado. Así que puedes acabar recurriendo a las artimañas más denigrantes para conseguirlo”. La clave está, cuenta, en encontrar una idea y luego una frase que agarre al lector y lo haga ir bajando a través de un eje que nunca se distorsione. Aunque con cuidado con algo más: “el veneno es que el lector te deje a la mitad no porque no le guste, sino porque ya sabe cómo va a acabar. (…) Hay escritores a los que les pillas el truco al principio, y lo dejas. A otros puedes pillarles el truco, pero después de haber leído con mucha atención toda su obra. Y sí, hay algunos a los que no les llegas a ver el truco jamás…” Porque trucos sí que hay muchos: “una cosa que rechaza el lector es el cabreo (…) el moralismo es estragante, porque lo que el moralista quiere es que todos sean como él” ¿Y la ironía? Sí, pero hay que saber manejarla, es un arma cargada: “hay quien no es capaz de percibir la ironía… es como el que no tiene oído musical”. “Los hay que te leen para que les des la razón, otros para cabrearse”. Él lo que pretende es “conseguir que se diluya en el artículo la sensación de ese domingo”.

Y porque de héroes está el mundo lleno, “hay un virus maligno por el que todos los periodistas quieren derribar un gobierno con un artículo, como si eso fuera la medida”. Interesante en estos tiempos de periodismo con ansias de Cruzadas escuchar esto: “el periodista no está ahí para derribar nada. Está para contarlo, y va que se mata.” Muchos deberían ponérselo en un post-it frente al ordenador.

Y entonces, ¿uno escribe para el lector o para sí mismo? “Depende… depende de la personalidad, y de la edad. El joven escribe porque quiere escribir como le gusta, así que no piensa en el lector, si pregunta es a un maestro, para ver si va por buen camino (…) Lo ideal es conservar esa actitud: la pulsión de escriibir cómo te gusta; y la mirada virgen, que se sorprenda por todo”. Porque luego, si llega el éxito, los peligros se multiplican: “son cosas infantiles, pero hay un narcisismo que todos llevamos dentro (…) Un defecto del éxito es creerte que porque lo hayas dicho tú, ya es importante. Si lo haces, acto seguido bajas la guardia; y en cuanto bajas la guardia, metes la pata, dices una estupidez…Lo peor es no tener nada que decir y seguir”.

Por si acaso, mejor cambiamos de tema… El resto del día es puro relax. La tarde, crónicas urbanas, historias de esas que uno nunca sabe del todo si creerse o no que ocurrieran -ni falta que hace-: que la virgen de Fátima era inglesa, que la vida sexual de un notario madrileño viajó por los televisores de todo un edificio por obra y gracia de una antena defectuosa, que Concha Piquer quería creer que todos los pintores del mundo conocían a su sobrino. Pero todo eso está en los libros. Esa sí que fue una tarde de escuchar cuentos.

Como no menos lo había sido la sesión anterior: “viajes, fábulas y otras travesías”. Trasladando a hoy todos los mitos de la historia -Ulises que se hacen hijos de fiesta, Adanes que emigran, Caín y Abel en la guerra de Ruanda- , Vicent nos cuenta que la única vez que intentó un diario de viaje fue en el primero, en San Petersburgo, y hacía tanto frío que no logró escribirlo por no sacar las manos de los bolsillos. Desde entonces, dice, ni se pone a ello. Cuando llega a un lugar, lo vive, luego vuelve a casa, lo deja posar un tiempo. Y la ciudad que aún puede recordar un mes más tarde, ésa es la suya, y ésa cuenta. De lo que cuente durante el viaje, nada sabemos: ¿compañeros de viaje? ¿o mejor viajar sólo? “Pues como todo en la vida. Viajar, con gente que te comprenda, que sepa amoldarse y que ante las cosas sienta al menos parecido que tú (…) El problema de este mundo es que nunca sabes quién será dentro de unos meses ése al que estás dando la mano (…) Lo mejor es andar con gente de confianza, acorazarse con amigos y no alargar más el brazo que la manga…”

Dice que una ciudad se te da cuando vas allí a hacer algo: trabajar, estudiar, amar. En la eterna intención de distinguir turismo y viaje, “ser viajero es la necesidad de explorar una ciudad para encontrarse uno mismo en ella”. Así que entre recuerdos de Sicilia y Praga, cuentos de aviones, confesiones de viajes que hizo siempre por ver si el nombre de la ciudad guardaba lo que resonaba -Estambul, Alejandría- al pronunciarlo, Vicent desentrañó el secreto final de un hombre que va por el mundo sin cuaderno para que la ciudad se le meta dentro, y poder luego contarla bien:

El mejor momento del viaje es el de decir: me voy.  En ese instante, uno manda el alma allá, que vaya delante. Luego es cosa de buscarte al llegar: así es como la ciudad se te ofrece”.

Ténganlo en cuenta, señores, mientras preparan sus mapas de Amsterdam, La Habana o París para este verano. Entretanto, queda un día en Santander y el mundo chiquito del aula en que me cuentan cuentos. Si alguien quiere visitarme, mande el alma para acá: le guardo sitio en los bares.

 

Periodismo es contar la Historia (Un curso con Vicent II)

Wednesday, July 5th, 2006

Me comentaba el otro día un amigo uno de los mayores problemas que asaltan a todo el que se pone a escribir: alejar de uno los sentimientos hasta el punto que las vivencias propias interesen al resto, se hagan universales. Me contaba el conflicto de coger el boli haciendo que los pensamientos que sólo se mueven dentro de su propia cabeza cobren suficiente vida como para dar la vuelta al mundo.

Creo que a mi amigo le habrían gustado las sesiones de ayer. Aunque a Vicent le han contratado para hablar de su vida, eso supone a menudo hacer la crónica entera de una época en la Historia de España. Supongo que esa es exactamente la cuestión: cómo hacer que lo que uno vive en un momento y lugar concretos se convierta en reflejo exacto de la Humanidad, durante un rato.

El ponente nos hablaba de la vida de los primeros setenta a través de un conducto que conseguía por una vez salirse al menos un poco de los tópicos que coresponden inevitablemente a esos años: iba describiendo el mundo a través de las estéticas con que se difrazaban los jóvenes. Estaban los beatniks, cuya vida se basaba en caminar; los hippies, que decidieron asentarse y abosrber karma. Y los progres, que “llevaban revistas bajo el brazo“. Así empezamos a entrar en harina, porque las revistas-aderezo en cuestión eran precisamente aquellas en las que Vicent, según contó, colaboraba con exaltado entusiasmo. Por un lado, Triunfo, capitaneada -y escrita casi por entero por un Haro Tecglen que “se había convertido en el paradigma del progre: nadie opinaba antes de leer sus artículos”. Por otro, Hermano Lobo, una suerte de experimento en que se habían reunido Forges, el Roto y algún optro para echarle humor a un tiempo que casi nunca tenía tanta gracia. Así, a través de sus artículos, sus sustos, sus triunfos, todas y cada una de sus pequeñas historias, Vicent va contándonos la Historia más contada de este país, con un aire un poco distinto del habitual, político y crispado que configura para nuestra generación el aire sin duda mítico de aquellos años. Entre los alumnos, la boca abierta de los que no lo vivimos contrasta con las sonrisas ladeadas de los más mayores, que sí pueden recoger todos los guiños.

Y así llegamos al nacimiento de El País (el hombre tira para casa), que, parece, pasa a ser lo que toca llevar debajo del brazo para ser alguien a quien reconocer, causando la muerte por agotamiento de aquellas otras revistas. Cuando nos cuenta que nace esquivando el entierro de Franco -cuando ya ha pasado, para no contarlo-, llega la inevitable pregunta, desde algún lugar en la segunda fila: ¿y en qué cree usted que ha cambiado en estos años? Dado el debate que tenemos por aquí con lo que pasa entre sus páginas, aguzo especialmente la oreja en esta parte: “antes, como se vivía menos, había héroes: no daba tiempo a cambiar de ideología, ni de mujer, ni a que se te cayeran los dientes… ahora es otra cosa, hay que ir ensamblando vidas, pasando crisis”. Pero, dice, “será muy decantado… pero al menos aún es un periódico que no te averguenza leer“. Y nos explica por qué:

Dice que la primera condición de un buen periódico es la capacidad de distinguir bien información de opinión. Y que cuando “Aznar y Telefónica montaron esa operación para llevar a Cebrián y Polanco a la cárcel y arruinar al grupo, El País tuvo que bajar a la calle para pelear con navaja, y ahí perdió un poco de esa seriedad”. Pero en la segunda condición sí que lo salva: “un periódico serio es el que, para empezar, no considera idiotas a los lectores”. Su idea es que hay que recordar que hay tres cerebros en el hombre. Uno, el que compartimos con los reptiles y se ocupa de los instintos (entre los que incluye el territorial, gracia que no cala demasiado en el amplio sector catalán del alumnado). Otro, el que compartimos con todos los mamíferos y procesa sentimientos. Y por fin el córtex, racional y humano. De ahí tenemos que “es que el córtex es al que hay que dirigirse. No a las emociones, que son muy fáciles. Y por supuesto no al reptil. Hay periódicos que se dirigen a los otros cerebros. Y eso te avergüenza”. Evidentemente, a nadie le gusta sentirse tratado como lagarto o ratón.

Le damos vueltas a esta lección durante el café y volvemos para enterarnos de que la siguiente clase habla del dilema entre periodismo y literatura. Digamos que me froto las manos con la esperanza de respuestas.

“A todos los becarios que me entrevistan les pido por favor que no empiecen con esa pregunta, con que cuál es la diferencia. Siempre lo hacen, es un clásico”. La seisón empieza así, y no sé si saber que cometo el mismo error que todos me asusta o me alegra. Poco a poco me doy cuenta de que lo que ocurre es que, en realidad, para Vicent no hay diferencia:

Todo lo que dicen los periódicos es mentira, como se ve al leer cualquier noticia que a uno le ataña. La realidad es otra cosa”. Porque se fragmenta, porque hay errores, porque hay visiones, porque todo está sobrecargado. “Es un magma irreal, la realidad filtrada por algodoncitos azules y rosas”; “el cadáver no es del tamaño del cadáver real”. Eso, asegura, ya empieza a ser literario: “todo periodista que escribiendo un telegrama dude un adjetivo, ése ya es un escritor”.

¿Y por qué, Manuel, importan siempre más las malas noticias? “Por un lado, consuelan porque no te ha moridido a ti el azar con la desgracia, esta vez son los otros. Por otro, porque permiten ser piadoso. (…) Si la Tv sólo diera buenas noticias, todo el tiempo gente a la que le haya tocado la lotería, la romperías del cabreo, diciendo: ¿y yo qué?”

Pero decíamos que habíamos llegado al punto enque decíamos que el periodismo tenía algo de falso, y algo, pues, de literario. Por una vez, desde la tarima habla una voz que no escupe por todas partes el mito de la objetividad. Nos lee un par de noticias escritas de modo literario, contenidas en uno de sus libros. Boquiabierta aún por que un periódico permita (está claro, no obstante, que hay que tener una firma de mucho peso para estas cosas) contar el mutuo asesinato de dos viejitos a través de la historia del cuchillo del crimen, no puedo evitar una pregunta: nos hablaba ayer de que la belleza cura, ¿cree que si este modo de escritura abuindara más en los medios por los que nos enteramos de que pasa en el mundo sería más fácil curar algunas realidades, algunas miradas?

Se ríe con gesto de yo-también-tuve-veinte-años: “verás, si en una calle han atropellado a tres niños y tú haces un cuento sobre ello, si lo haces bien, la gente se quedará en la belleza de lo escrito y olvidará que los niños han muerto realmente. Pero si escribes una noticia al uso, y lo haces bien, lo mismo consigues que el alcalde ponga un semáforo en ese cruce. (…) Lo que sí hace la belleza es refinar la sensibilidad, hacer que sientas más eso de lo que te enteras. Pero aunque Kant haya cambiado las mentes del mundo, el aceite de oliva ha hecho feliz a mucha más gente que toda la filosofía del mundo”.

Definitivamente, Vicent no ve que sea necesario distinguir. Por la tarde nos habla de su experiencia como cronista en las Cortes. De nuevo, sus pequeñas vivencias consiguen hacer el mapa de lo que ocurría en el hemiciclo y en España en los tiempos convulsos en que se redactaba la Constitución, Carrillo y Fraga se cruzaban sin saludarse y en el bar del Parlamento “los comunistas sólo bebían café con leche”. Por árido que parezcan el género, también de ahí sacó Literatura. Queda entonces demostrado que no hablamos de géneros sino de actitudes, no de estilos sino de miradas. Habiéndonos explicado antes que “siempre que escribes de política te da la impresión de que tienes que bajar dos grados el nivel de inteligencia”, ahora nos cuenta que “yo estaba allí para escribir del aire; lo que decían los diputados apenas me importaba“. Exploraba el modo en que poco a poco tal diputado se apartaba más o menos para dejar o no paso a otro, según el aire. Del aire que hacía enamorarse a las periodistas jóvenes de los políticos y llevarlos luego a casa en el transportín de su vespa; del aire turbio que empañaba las ventanas y los discursos, del aire de circo que envolvía todo aquello y le parecía “una peligrosa frivolidad”.

No estuvo en el 23-F, por variar. Pero nos lo contó a través de la huida de los estorninos de Valencia.

Vicent nos demostró a lo largo de todo el día de ayer que la frontera entre Periodismo y Literatura es sólo otra ficción del que escribe, que no sabe hacer más que reinventar el mundo. También que se puede contar la vida de un país con la vida de un hombre. No sé si esto va a servirle o no a mi amigo para esperanzarse, como yo, pensando que tal vez cuando tengamos casi setenta años y perspectiva en los ojos aprendamos a hacerlo.

 

Cómo amar a dos y no estar loco (Un curso con Vicent I)

Tuesday, July 4th, 2006

La Universidad de verano es quizá la Universidad que uno querría en invierno. Tras un año de dudar y protestar en torno a la Complu, en un julio que se supone útil para aclararse yo he venido a Santander a que me cuenten historias.

La Universidad que uno querría encontrar cuando llega a otra ciudad en el septiembre de los dieciocho años, entonces. Se trata sólo de un grupo pequeño de gente, veinte o treinta, que, de entre una lista amplia, escogen con quién quieren aprender. Buscan una asignatura o un tema acerca del cual estar charlando una semana con alguien que les parece que puede enseñarles lo que buscan. Charlando una semana quiere decir clases-coloquio mañana y tarde, comedores donde los profesores se mezclan con los alumnos. Profesores quiere decir los tuyos o los de otros: tal vez el ejecutivo del programa de calidad de la primera planta o los juristas chiflados del cuarto. Alumnos quiere decir gente que aterriza en un aula porque realmente le interesa lo que se cuenta, sean jubilados o doctorandos, fans del ponente o estudiantes confusos. Quiere decir que toda la gente es de fuera y comparte cuartos y paseos con desconocidos, que no hay quien no busque la manera de colarse en alguna clase más que las suyas (¡!), por ver qué se cuentan los otros. Por ósmosis también se aprende.

La Universidad Menéndez Pelayo sólo funciona en verano. Es un palacete en un parque, sobre una colina, mirando al mar.

Pero yo he venido, decía, a que me cuenten historias. De la lista en cuestión me decanté por el curso impartido por Manuel Vicent. Quizá porque estoy de vacaciones y me apetece que me hablen del viajes e islas. Quizá porque quiero saber cómo amar a dos y no estar loca: del curso espero salir con una ligera idea de cómo se las apaña este señor para haber vivido tantos años a caballo entre el periodismo y la literatura y aun así conservar voz de cuentacuentos y mirada de marinero.

Las primeras sesiones, las de ayer, eran una búsqueda de los motivos que le llevan a uno a escribir. “¿Qué es lo que hace que a alguien de pronto le dé por meterse donde no le llaman de tal manera?”, se preguntaba el ponente. Historias de infancia, novelas vividas, libros encontrados, cuentos que nunca se lograron encontrar. Al final, los motivos de casi todo el mundo son los mismos, a la hora de empezar con este lío de poner palabras a las cosas: la necesidad de inventar un mundo que no se encuentra. “Un escritor es un tipo que, ya que no sabe hacer nada, decide que va a salvar a la Humanidad”.

Con su estilo que media siempre entre la ironía y las imágenes de delfines azules, que sabe recortar en el aire siluetas de personajes que alguna vez vivieron, que se las apaña para que nadie respire en una hora y que todos se rían cada cinco minutos, Vicent sigue repasando una vida en que todo conduce a los libros para contar su llegada a Madrid, “una ciudad en la que, si nadie quiere morirse allí, debe ser por fuerza una ciudad para vivir”, el Madrid de los 60, con su Gijón y su Boccaccio y sus tantos escritores borrachos, poetas malditos.  Y así llegamos al fotograma narrado que casi tenemos en la cabeza al escoger este oficio: las primeras noches en un diario que pasa la censura, que cuenta lo que puede, donde los periodistas nunca están pero siempre cumplen, donde la pasión por contar lo que pasa desborda los peligros y las cárceles.

Y es contando esos inicios periodísticos como llegamos a la pregunta que planteábamos: ¿cómo el que quería escribir ficciones, el que ganaba premios de novela, se traslada a los entresijos de un diario apresurado? Dice Vicent que lo que le gusta de la prensa es el tempo, los ritmos. El que la gente lea las palabras de uno mientras vive la realidad, en el metro o el desayuno. Que el hecho de que al día siguiente hayan olvidado tu artículo te mueva a estar siempre escribiendo, para que no te olviden del todo. Por la cura de humildad de “ver un domingo en un café que alguien está leyendo tu columna y…. vaya…. dobla el periódico antes de haber llgado a la mitad…”

Cree que la belleza cura, que detrás de la destrucción está lo que puede salvarnos. Por eso, si las cosas se cuentan bonito, se llenan de la luz que se trae de los mares de Levante, sí que se puede salvar a la Humanidad como sueña todo niño que escribe.

“Si pudiera escribir literatura en este soporte, cotidiano y que se mueve…”

Aunque el coloquio sigue hablando del mercado del libro en la economía de mercado, de best-sellers y caras be, de “hay autores, obras, que no venden nada pero son los auténticos: qué tiempos aquellos en que no vender era un timbre de gloria”; para alguien que ha venido aquí a averiguar cómo amar a dos y no estar loca, y a que le cuenten historias, la charla se queda suspendida en esa frase llena de ironía, delfines azules y voz de marineros cuentacuentos.

(Hoy las clases irán de vivencias de periodista. Mañana, de relatos de viajes. Pasado, de novelas y cuentos. A ver si averiguamos o no recetas, aunque sea por ósmosis.)

 

Un dragón de hierro ya danza sobre el techo del mundo…

Sunday, July 2nd, 2006

Ahora que empieza el verano, se ha puesto en marcha un nuevo sueño para viajeros. El Qingzang realiza desde la mañana de ayer su viaje inaugural para unir el sur de China con el Tibet a través de la línea ferroviaria más alta del mundo.

Dos mil kilómetros de trayecto, de los cuales la mitad transcurre por encima de los cuatro mil metros; y una cuarta parte, avanzando sobre hielos perpetuos. Desde Qinghai, un pueblo situado al pie de la meseta tibetana, “un dragón de hierro danza sobre el techo del mundo“, según dicen. Cruza la cuenca del Río Amarillo, el nacimiento de los ríos Yangtsé y Mekong, saluda al pasar a los enormes guerreros de terracota de Xian, se pasea largo rato por encima de las nubes. Bajo los asientos hay mascarillas de oxígeno, y los vagones van presurizados, como en un avión, para evitar los mareos del mal de altura. Serpenteando entre antílopes y santuarios budistas, llega a Lhasa, la “ciudad de los dioses”, donde descansan los lamas.
Hu Jintao está encantado de la vida por haber logrado hacer realidad la proeza que Mao soñó hace medio siglo. Como a lo largo de toda la historia, las locomotoras son buenos vehículos para la propaganda -sobre todo si en los vagones se pintan los ocho honores y deshonras de la moral socialista-. La vía de Qingzang va a atar entre sí los pueblos del Tibet, a unirlos con China, a acercarlos a la frontera con la India. Extenderá el comercio y dará trabajos. Todo esto, que se ensalza desde Pekin como señal de desarrollo y progreso para la más conflictiva de sus provincias, no se ve tan claro fuera de los círculos gubernamentales. Se habla de que es otro intento de control del Tíbet por China, de meterlo más dentro de sus costumbres… y de su mercado. Que también facilitara la migración china a Tibet, con merma para la identidad local, y que, además, los trabajos que el ferrocarril proporcione irán precisamente para esos inmigrantes. Que el medio ambiente sufre y la demografía se desequilibra; que mejor habría sido gastar esos dos mil seisicientos millones en educación o sanidad. Aunque las autoridades de Lhasa sí creen que el tren va a beneficiarles. Las protestas vienen más bien de los tibetanos en el exilio. Como siempre, a los países con ganas de ser imperio las obras faraónicas les vienen muy bien.
Proeza o colonización, lo cierto es que cuando una vía cruza un pueblo, la vida cambia. Llegan viajeros con cámaras y nuevas visiones, es más fácil irse. Los niños que sueñan viendo pasar los trenes saben que las fronteras están ahí al lado.

De Linares-Baeza a Alcázar de San Juan, Aves que vuelan, Talgos que se van… El Transiberiano y el Orient Express son mis cofrades del chemin de fer”, dice la canción. Empieza el verano. De todas partes salen trenes. Viajar es subir las maletas a un estante imposible, abrir un diario y saber que hay por delante semanas en que el mundo será distinto.

El tren que sube a Macchu Picchu desde Aguascalientes tiene dos versiones. En la de los turistas sirven mate de coca que no puede beberse porque el traqueteo lo tira inevitablemente sobre el vecino; en el de los peruanos, amarillo y con bancos de madera por asiento, los gritos quechuas y el pan con queso amenizan un viaje mucho más largo hacia las escaleras que conducen a las ruinas. Los trenes que unen ciudades pequeñas en Hugría son un vagón rojo y hueco. Sólo hacen el trayecto de una estación a la siguiente, hay que cambiarse cada vez. Los viajeros de Interrail se hacen amigos entre sí en Termini para vigilar mutuamente que no se acerquen a las mochilas los hombres de aspecto raro con los que comparten noche en la estación. Por la de mi pueblo pasa a las cuatro el Transcantábrico, con las cortinas siempre corridas, y una rendija entre telas permite ver las mesas con la comida lista y las literas apetecibles como toda cama de hotel. Dicen que África puede recorrese en un tren azul.

¿Quien se atreve a recorrer el Transiberiano, hacer transbordo en Siberia para tomar el Transmongoliano hasta Pekín y de ahí coger el Camino al Cielo con destino a Lhasa? (preguntan en El País)

Empieza el verano. Salen los trenes.

…Bon Voyage…

Nos vamos de vacaciones…

Friday, June 30th, 2006

… para seguir haciendo cosas.

Tanto Laura como yo cambiamos de ciudad, de ámbito, de actividad… Pero esperamos seguir manteniendo porsilasmoscas.net. Eso sí, este fin de semana será un poco caótico, por las mudanzas y traslados. Tened paciencia… ¡Y buen verano!
Ardiendo a un clavo, de Quique González

Ahora no se si tendré que esperar
el eclipse de luna,
la última copa en el último bar
o el veneno de lluvia,
un taxi libre o quizás invitar
a beber a la rubia
o disfrutar de la virginidad
de una página en blanco.

Y si me agarro a tu aplauso
como ardiendo a un clavo
si me aferro al brillar de tu risa
que sostenga un cigarro
encendido en mis labios
si no tengo billete de ida.

Aun no he podido arrancarme
la lanza que abrió mi costado
dicen que solo camino
los que por mi sombra se han guiado,
aun no comprendo
como los bomberos
han tardado tanto
en sofocar el fuego
que ambos provocamos.

Y si me agarro a tu aplauso

Ya se que es fácil decirte
no dobles jamás la rodilla
que es preferible nadar en quimeras
a esperar en la orilla,
que una marea consiga dejar
dormidas las ideas
a los que crecimos
en la misma escuela.

Y si me agarro a tu aplauso…